(Por Jorge Rivera Alonso – HORAS DE LOSA Vol I – Instituto de Investigaciones Histórico Aeronáuticas de Chile – Marzo 2000).

De todos es ampliamente conocida la abnegada y sacrificada labor que cumple el personal de la Armada destacado en el faro Evangelistas.
Importante ayuda a la navegación marítima, ubicada en un islote de uno de los mares más tormentosos del mundo.
Igualmente son sabidas las dificultades que periódicamente. debe enfrentar la Armada para abastecer por mar al personal que presta servicios en el faro. Ocasiones en que no es extraño que el buque destinado a tal efecto, deba esperar semanas a que mejoren las condiciones que le permitan acercarse a Evangelistas.
De ahí el nombre de Puerto de los Cuarenta Días.
Corría el mes de Junio (27) de 1948 y las condiciones del tiempo en Magallanes eran extremadamente malas. Los sistemas frontales se sucedían uno a otro, produciendo fuertes marejadas, agua nieve y visibilidad y techos muy reducidos.
Situación que desde hacía largo tiempo una vez más impedía al buque efectuar el reabastecimiento del faro, con grave peligro para su personal, cuyas provisiones se encontraban próximas a agotarse.
En busca de una solución de emergencia, la Armada solicitó al Servicio Regional de LAN CHILE en Punta Arenas, estudiar la factibilidad de abastecer por aire a sus hombres en Evangelistas.
Junto a los pilotos Palacios y Salas estudié esta petición y después de obtener el apoyo del Grupo de Aviación N°6 de la F ACH, en cuanto a comunicaciones y búsqueda y salvamento, llegamos a la conclusión que la operación, aunque peligrosa, era factible.
Contando sólo con un bimotor Lockheed Electra ID-A, el que no disponía de defensas antihielo y cuyo precario instrumental le impedía el vuelo por instrumentos, presentamos nuestro plan de vuelo al Jefe de Operaciones del Grupo de Aviación N°6, Teniente Domingo Vásquez.
Caballeroso oficial, que luego de estudiarlo atentamente, lo aprobó, deseándonos buena suerte en este arriesgado vuelo y reiterándonos que contábamos con el apoyo de la Fuerza Aérea.
En líneas generales, el vuelo sería a estima, vía Seno Otway, Cutter Cobe, Estrecho de Magallanes, Cabo Pilar y luego de sobrevolar el Océano Pacífico llegar a Evangelistas.
El regreso sería la ruta inversa y en caso de escasez de combustible, directo a Punta Arenas vía estrecho.
En cuanto al abastecimiento del faro, lo haríamos lanzando ocho bultos con provisiones, en caída libre, sobre una pequeña planicie ubicada en sus inmediaciones.
Bultos que no eran otra cosa que tarros parafineros en los cuales se colocaron los víveres, envueltos en papel de diario y bastante paja.
Tarros que a su vez fueron introducidos en sacos paperos rellenos con paja.
Una vez sobre el faro, haría tres pasadas en el sentido del lanzamiento para observar la deriva del viento, luego entregaría el mando del avión a Raúl Palacios y a una orden mía, Hernán Salas abriría la puerta del avión.
Yo, que en ese momento iría tendido en el piso del Electra, sacaría la mitad del cuerpo fuera de la cabina y lanzaría los bultos de a uno o dos por pasada.
El vuelo mismo se realizó de acuerdo a lo programado, debiendo soportar pésimas condiciones meteorológicas, con agua nieve y muy bajo techo, lo que nos reducía enormemente la visibilidad.
En medio de una fuerte turbulencia pasamos por la rivera sur del Seno Otway, sorteando las dos ensenadas que tiene, debiendo realizar frecuentes y bruscos virajes escarpados. Sobrevolamos el terminal de embarque de Cutter Cobe, luego con rumbo 110° alcanzamos el costado este de Isla Riesco. Llegados al estrecho, viramos a los 150° y sin perder de vista la costa volamos al SSW de Isla Riesco.
Un fuerte viento NW estimado en más de 100 Km/hora, dificultaba la navegación, logrando finalmente llegar al Cabo Pilar, desde donde entramos en contacto con el patrullero Lautaro, el que había logrado acercarse lo más posible a Evangelistas, dándonos las condiciones meteorológicas en el lugar.
Aquella fue la parte más preocupante del vuelo ya que el fuerte viento de proa no dejaba que el pequeño bimotor desarrollara una velocidad superior a 120 Km/hora.
A bordo nos acompañaban el Teniente de la Armada Charles Borrowman Sanhueza, un farero de esa institución y un periodista de la Prensa Austral de Punta Arenas.
Demás está decir la alegría de los farero s al ver aparecer el Electra, quienes felices agitaban sus manos al paso del avión mientras yo efectuaba las pasadas para determinar la deriva.
Con Raúl Palacios al mando, debidamente amarrados, ordené a Salas abrir la puerta cosa que mucho le costó luchando contra la fuerza del viento, mientras yo enfrentando el ventarrón en mi cara fui lanzando uno a uno los bultos.
Tarea a la cual con gran sacrificio colaboró el Teniente Borrowman, el farero y el periodista.
Cinco pasadas más efectuamos, logrando dejar caer el noventa por ciento de los bultos en las cercanías del faro.
Cansados pero satisfechos retornamos en vuelo directo a Bahía Catalina, trayecto que hicimos en menos tiempo que a la ida debido al fuerte viento de cola y con una turbulencia que nos acompañó hasta el aterrizaje.
En la Base nos esperaban el personal de LAN CHILE, autoridades de la FACH, de la Armada, periodistas y público en general, con quienes nos estrechamos en un fuerte abrazo en cuanto abrimos la portezuela del Electra N° 008.
Cincuenta años han pasado desde entonces y hoy quiero recordar a Raúl Palacios Pinochet y Hernán Salas Reyes, camaradas de promoción de la Escuela de Aviación, pilotos de LAN CHILE, caídos años más tarde en el cumplimiento del deber.
A Charles Borrowman Sanhueza, distinguido aviador naval, también ya fallecido, al farero y al periodista, quienes tanto ayudaron durante el vuelo.
A todo el personal de la Fuerza Aérea, de la Armada y a mis compañeros de LAN CHILE. Estoy cierto que sin la cooperación coordinada de todos ellos este vuelo no se habría realizado con el éxito que tuvo.