(Por Enrique Flores Álvarez – 1950)

 

La historia de Dédalo e Icaro constituye la mas antigua y clásica leyenda conocida por la humanidad relativa a la ambición del hombre por volar. La iconografía griega y romana se inspiró en este relato mitológico y bajo su influencia irresistible los artistas del siglo XVII crearon diferente símbolos alusivos al vuelo.

 

Transcurridos dos siglos, correspondió a Chile anunciar a los países de América la grata nueva de la incorporación de un nuevo símbolo de vuelo, gracias a la sensibilidad e imaginación de uno de sus mas grandes escritores: Pedro Prado.

 

En Septiembre de 1930, Pedro Prado ofrecía a los “Caballeros del Aire” un libro suyo recién terminado, en cuyas páginas relataba la vida de Alsino.

 

Este personaje original representaba la sublime aspiración del hombre por volar y su encarnación espiritual en un mundo que anhelaba de perfecciones supremas.

 

image001El magnífico poema de Pedro Prado, escrito al comienzo de su brillante carrera literaria, tuvo la virtud de dar vida al símbolo de Alsino, figura propia y criolla del campo, la montaña y los cielos chilenos.

 

Alsino ambicionaba volar desde niño. Una caída sufrida en sus intentos, desde el mas alto árbol de la comarca en que vivía, lo dejó jorobado, pero la Divinidad provocó el milagro del crecimiento de un par de alas sobre sus hombros golpeados, con los cuales logró satisfacer sus anhelos de imitar a los cóndores.

 

Con admirable sencillez el poeta relata el nacimiento de las alas de Alsino y sus primeras emociones precursoras del vuelo:

“Ya a mis alas no puedo seguir ocultándolas. A menudo tiemblan y se estremecen, aunque sobre ellas pesan mi camisa, mi chaqueta, mi manta. Y que pena me da ver ajadas y revueltas las finas plumas grises. Con qué delicia, ahora, las extiendo lentamente y abro el varillaje de sus pequeños abanicos. Una y otra vez las cierro y las despliego; y cuando desentumecidas, fluye a ellas cómodamente mi sangre, vibran como si pasara el zumbido del viento”.

 

Pronto al milagro de las alas se sumó el del vuelo. “Sin darse cuenta de sus actos, se encontró con sus grandes alas desnudas, abiertas y temblorosas. Las plumas agitadas hacían un rumor semejante a los pajonales. Dio un grito ahogado y terrible; lo estranguló a medias la angustia que le oprimía la garganta, y sus alas enardecidas con un furor de éxtasis o muerte, engancharon en el aire. Elevando el cuerpo, mientras los ojos se entrecerraban y la cabeza, en desmayo, echada atrás, recibía el roce de blandos vientos, ellas prosiguieron rítmicas, serenas, poderosas”.

 

“Es su semi-inconcsiencia, Alsino sentía el vértigo del abismo del cielo hacia el cual, elevándose, caía. Llenábanse de lágrimas sus delicados ojos con la alta y fría atmósfera, que rasgaban en un choque fortísimo y continuo. El aire inmóvil se trocaba para él en un viento de tempestad”.

 

Cuando todos sus sueños parecía realizados, la intervención del Destino dejó ciego a Alsino y con la razón perturbada se dispuso a emprender su vuelo final. Y agrega Pedro Prado: “Pero, ¿qué es esto? Es preciso salvarse. ¡Vamos! No podré volar. ¿Qué engaño! Ensaya correr entre los árboles. Llevado por su poderos instinto, logra salir volando, aire arriba, por un claro del bosque. Alsino, ciego y febril, recto hacia la alta noche negra asciende, agitando sus alas enormes en un vuelo poderoso y trágico”.

 

“Hace ya horas que Alsino asciende sin cesar. Se encuentra a una altura vertiginosa, dos veces mayor que la que alcanzaron los últimos cóndores. Y sigue, sigue en su vuelo imperturbable”.

 

“El aire, extraordinariamente delgado, lo fatiga; pero él continúa en arrebatada furia. Los golpes de su corazón corren por su cuerpo como los tañidos ensordecedores de una campana. En su estruendo se aturde su conciencia enloquecida. Una mortal sensación de ahogo lleva al último destello de su mente la sensación de ser presa de la mas espantosa pesadilla”.

 

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Pedro Prado, creador del símbolo de Alsino

“Y como quien desata sus ligaduras, extiende temblorosamente sus manos, echando sus alas hacia adelante y hacia abajo; en su desesperación las toma y aprieta entre sus brazos como en un círculo de hierro. Súbitamente cae con una velocidad espantosa, que se va acelerando al infinito”.

Y termina la leyenda con esta idea inmortal del símbolo de Alsino:

“Antes de que a él vuelva el sentido de la realidad, el roce de su cuerpo con la atmósfera, cada vez más densa, comienza por encender sus alas, y, rápido como un vértigo, el fuego se apodera de él y lo consume.”

 

“Era el mes de mayo, mes de estrellas fugaces. Confundido entre las que cayeron esa noche, nadie fuera capaz de distinguirlo. Una legua antes de llegar a tierra, de Alsino no queda sino ceniza impalpable. Falta de peso para seguir cayendo, como un jirón de niebla, flotó sin rumbo hasta la madrugada. Las brisas del amanecer se encargaron de dispersarla”.

 

“Cayeron al fin, sí; pero el soplo más sutil las volvía a elevar. Deshechas hasta lo imponderable, hace ya largo tiempo que han quedado, para siempre, fundidas en el aire invisible, vagabundo”.

 

A la belleza del poema, Pedro Prado brindó a los aviadores chilenos, como algo imperecedero, la creación de un símbolo propio del hombre que vuela, de nuestros “Caballeros del Aire”.

 

El poeta creador de Alsino mereció con el tiempo el Premio Nacional de Literatura de 1949, como un justo reconocimiento a su talento y brillantes condiciones de escritor.