(Por Sergio Barriga Kreft)

 

Conversar con él es adentrarse en facetas desconocidas de la historia. De carácter bonachón y sencillo a su lado el tiempo pierde su importancia y la conversación salpicada de anécdotas fluye espontánea.

Aunque en innumerables oportunidades debió arriesgar la vida como piloto del correo aéreo, por extraña paradoja no fue sino cumpliendo la que estimaba sería una tranquila misión diplomática, donde estuvo mas cerca de encontrar la muerte.

Nacido en Santa Fe, provincia de Bio-Bio, finalizada su educación secundaria, Darío Bobadilla Cabello, se presentó voluntario a efectuar su servicio militar. En Abril de 1928 como Aspirante a Oficial de Reserva reconocía cuartel en el Batallón de Comunicaciones N° 3 del Ejército.

Quiso la casualidad que en esa misma época asumiera la Dirección de Aviación el teniente Coronel Arturo Merino Benítez.

Comprendiendo Merino que l sistema operante de reclutar alumnos para la Escuela de Aviación, no satisfacía en plenitud las necesidades del arma aérea, dispuso se ofreciera la posibilidad de ingresar a ella jóvenes con educación secundaria completa, que a la sazón se encontraran efectuando su servicio militar como aspirantes.

La presencia de una comisión de la Escuela en el Batallón despertó el entusiasmo de Bobadilla, quien desde niño había sentido atracción por los aviones.

Arduo trabajo le costó que el Comandante de la unidad autorizara su pase a la aviación, a la que finalmente junto a otros muchachos se incorporó en Diciembre de ese año.

Completado el período de conscripción en la Escuela, con el grado de Sargento 2° Aspirante a Oficial de Reserva, en Abril de 1929 dieron inicio a la instrucción de vuelo, debiendo aprobar primero una etapa de determinación de aptitudes en los Bristol Lucifer.

Sorteada con éxito aquella primera valla, su instructor el Teniente Gregorio Bisquert Rubio, lo adentró en el manejo del Havilland Cirrus Moth.

Enorme fue su alegría cuando el 26 de Abril, bajándose de la cabina delantera y palmoteándole suavemente el hombro, sorpresivamente el teniente Bisquert  le dijo “ya váyase solo y hágase tres aterrizajes. estaré mirándolo desde la losa”.

Aquella es una fecha que no olvidará.

En Agosto eran nombrados Sub Tenientes de Aviación de Reserva, e incorporados al Servicio de Aviación del Ejército permaneciendo en la escuela Hasta el término del aprendizaje.

Comisionado al Grupo N° 3, en Temuco, al año siguiente durante dos meses permaneció en la Base Aérea Maquehue recibiendo instrucción en los Vickers Vixen. Aún mantiene vívido el recuerdo del Comandante del Grupo, don Florencio Gómez, quien luciendo elegante, guerrera azul, parches amarillos y botas chantilly del mismo color, distintivo de los aviadores militares de entonces, los recibió a su llegada a la ciudad del Cautín.

Terminada esta etapa fue destinado al de Aviación Grupo N° 1 en la Base Aérea de Los Cóndores de Iquique, donde volando los Curtiss Falcon y los Curtiss Hawk aprendió el empleo bélico del avión.

Habiéndose creado la Fuerza Aérea Nacional, poco después obtenía el nombramiento de Alférez de Aviación en la Rama del Aire y el título de Piloto de Guerra.

Queriendo el Comandante Merino demostrar el poderío alcanzado, por el arma a su mando, en septiembre ordenó concentrar en Santiago todos los aviones de la FAN, para participar en la parada militar.

Grande fue su sorpresa al momento de retornar a Iquique, al enterarse que por enfermedad del líder se le ordenaba tomar el mando de la formación y volver con ella a Los Cóndores. Inquieto por el casi nulo conocimiento que tenía de la ruta partió hacia el norte y haciendo escalas en Copiapó y Antofagasta, finalmente llegó sin novedad a destino.

No imaginaba que meses después aprendería a conocer como la palma de su mano aquellas serranías y el desierto.

Por su capacidad y experiencia alcanzada, en Marzo de 1931, era destinado a la posta Santiago de la Línea Aérea Nacional, pasando a integrar el selecto grupo de pilotos en quienes Merino confiaba la apertura del correo aéreo al norte.

En los Cirris Moth DH-60X y en los Fairchild FC-2 le correspondió cubrir el tramo Santiago – Copiapó – Antofagasta y posteriormente hasta Arica.

Tiempos en que un incipiente servicio de comunicaciones y meteorología brindaba un débil apoyo a los lentos aviones que de postra en posta iban transportando su preciosa carga de pasajeros y el saco con correspondencia.

Era la aviación comercial que iba creciendo sustentada en la audacia y coraje de sus pilotos, años en que el mejor regalo con que se podía llegar a destino era algún diario capitalino. Vuelos en que para desentumir las manos en aquellas cabinas abiertas de los Cirrus, el único remedio era colocarlas sobre el tubo de escape que pasaba por el costado del fuselaje.

Si duda el trayecto más peligroso lo constituía el cruce de la Sierra de Vicuña Mackenna al sur de Antofagasta, donde los frágiles monomotores quedaban a merced de la fuerte turbulencia de la tarde, tornándose prácticamente incontrolables.

Para evitar aquel trayecto, aunque eso los obligaba a distanciarse de la línea del ferrocarril, la mejor ayuda en caso de aterrizajes de emergencia, muchos veces los pilotos optaban salir al mar frente a Taltal y sobrevolando la costa se reinternaban en el desierto a la altura de la estación Varillas.

Si los estratos cubrían la ruta se aterrizaba en cualquier lomaje, y sentados bajo un ala, junto a los pasajeros esperaban que el cielo despejara para poder seguir.

Generalmente aquello implicaba volar el tramo a Portezuelo en completa oscuridad, ya entrada la noche, confiados que en la posta el mecánico Augusto Sandoval Pradel, atento al ruido del motor del avión iluminaría la cancha con los proyectores Pintch y marcaría el umbral con tarros encendidos con huaipe y parafina.

Noble camarada ya desaparecido a quien todos los pilotos recuerdan con cariño por la abnegación con que atendía los aviones del correo.

Repasando las páginas de su bitácora van apareciendo los nombre de Illapel, Ovalle, El salvador, Pueblo Hundido, Taltal y tantos otros lugares marcados por vivencias que se grabaron en su alma.

Misiones en que muchas veces se cruzó con el famoso piloto de Panagra Warren Smith, que cubría el correo aéreo entre los estados Unidos, Chile y Argentina. Caballero del Aire de quien llegó a ser un gran amigo y cuyo nombre hoy recuerda una calle de la Comuna de Las Condes.

En Junio de 1932 queriendo LAN incursionar  en el campo internacional programó vuelos a Argentina. En un trimotor Ford 5 – AT – C, acompañando como copiloto al piloto Emilio Larrain, les correspondió trasladar a Mendoza una delegación de futbolistas que iban a competir al país hermano.

Al regreso la cordillera les enseñaría lo terrible que es la turbulencia y solo al tercer intento y tras elevarse a considerable altura, recién el trimotor de metal corrugado sería capaz de remontar los picachos andinos. Tres horas y media demoraron en aquella oportunidad en cubrir la distancia a Santiago.

Considerando el alto mando que su instrucción militar requería de una mayor especialización, ya que como oficial no había egresado de la Escuela Militar antes de ingresar a la Escuela de Aviación como se estipulaba entonces, lo destinó a la Escuela de Infantería a realizar el curso regular de Teniente.

Llevando en su corazón un recuerdo inolvidable de su paso por las alas comerciales, en Febrero de 1934 se presentó al alma mater de la infantería chilena donde permaneció durante un año.

Tras su regreso a la Fuerza Aérea y luego de efectuar el curso correspondiente en la Escuela de Tiro y Bombardeo de Quintero, fue asignado al Grupo de Aviación N° 4, unidad de guarnición en el entonces denominado Cantón El Bosque, donde hoy está ubicada la Empresa Nacional Aeronáutica (ENAER).

A los mandos de los trimotores de bombardeo Junkers R-42 conoció una nueva faceta de vuelo.

En posesión del grado de Teniente en Marzo de 1939 postuló voluntariamente a la Academia de Guerra del Ejército. En 1941 se graduaba con el título de especialista en Estado Mayor, pasando a servir en el estado Mayor institucional.

Cuatro años mas tarde , habiendo ascendido ya a Capitán de Bandada fue puesto a disposición del Ministerio de Relaciones Exteriores, para desempeñarse como adicto aéreo a la Embajada de Chile en Bolivia.

Lleno de ilusión, acompañado de su familia, partía hacia La Paz, cumpliendo la que consideraba sería una agradable y placentera misión.

Sin embargo el hermano país vivía horas de convulsión y el gobierno nacionalista del Presidente Gualberto Villarroel sufría los embates de la oposición, lo que en Agosto de 1946 llevaría al populacho incontrolable a asaltar el Palacio Quemado.

Habiéndose tomado la casa de gobierno, las hordas exaltadas asesinaron al Presidente, a su Edecán Militar y a un secretario civil. Arrojando los cadáveres a la calle desde el segundo piso, los colgaron de unos faroles.

Interesado en conocer exactamente  lo que ocurría para mantener informado a nuestro gobierno, el embajador ordenó a Bobadilla que recorriera las calles y tomara nota de los acontecimientos.

Vistiendo de civil orientó sus pasos a la botica de un amigo, cuando de improviso violentamente entró al local uno de los grupos armados que deambulaban por La Paz en busca de partidarios del Presidente depuesto. Sin mediar palabras, cogiéndolo lo arrastraron fuera para ejecutarlo.

Solo la decidida y valiente intervención del boticario logró convencer a los enardecidos revolucionarios de que no era otro que el adicto aéreo de Chile.

No bien repuesto del susto que tan insólita experiencia le había ocasionado, ya con las primeras horas del atardecer se dirigió al Palacio Quemado y  entremezclado con la multitud pudo contemplar el macabro espectáculo de los tres cuerpos colgados.

Una violenta y sorpresiva tormenta de lluvia y granizos que súbitamente se desencadenó, ahuyentó a los curiosos que asustados por la visión fantasmagórica que los relámpagos daban a los ajusticiados, corrieron e todas las direcciones.

Momento que la Junta Revolucionaria que había asumido el poder. aprovechó para descolgar a los cadáveres y llevarlos a la morgue.

cansado de tan traumáticas experiencias retornó a la embajada, encontrándose con la sorpresa que la Junta había solicitado como acto de caridad, que los adictos militares de Chile y Argentina, acompañados del Nuncio Apostólico, sepultaran aquella misma noche los restos de Villarroel y sus compañeros de infortunio.

recorriendo en forma secreta y sigilosa las calles de la capital, a fin de despistar las patrullas revolucionarias que vigilaban en busca de opositores, lograron llegar a la morgue. Recibidos los cuerpos prosiguieron al cementerio, el que cubierto de nieve mostraba un aspecto lúgubre y tenebroso.

En la mas absoluta oscuridad, silenciosamente transportaron ellos mismos  los ataúdes a un sector alejado donde manos piadosas habían abierto tres fosas.

Con intranquilidad constataron que no cabían en ellas, por lo que con palas y picotas que encontraron debieron agrandarlas hasta dar cristiana sepultura a las víctimas de la política.

Las primeras luces del alba lo vieron regresar agotado y embarrado nuevamente a nuestra sede diplomática, estimando que era acreedor de un reparador descanso.

Empero una nueva sorpresa le deparaba su suerte.

Refugiada en la embajada se encontraba la esposa y la hijita del ministro Víctor Paz Estensoro, prestigioso político boliviano que había debido huir para salvar su vida, que corría serio peligro en las circunstancias por la que atravesaba el país.

Impuesto de la situación, el embajador le encomendó la misión de trasladarse por ferrocarril a Argentina, acompañando a ambas mujeres, a las que el gobierno de ese país había otorgado asilo político.

Largo, tenso y agotador fue el trayecto entre La Paz y localidad fronteriza de La Quiaca.

En cada estación revolucionarios armados subían al tren registrando los carros en busca de contrarios, ante los cuales debía identificarse e impetrar con energía su fuero diplomático.

Sin embargo, al llegar a la frontera una turba armada los hizo descender y amenazándolo con sus fusiles le exigían la entrega de sus protegidas. Aterrorizada la esposa de Paz Estensoro, se aferraba a su brazo implorándole las salvara.

Ante el cariz que tomaba la situación, tras repetidos pitazos, cruzando el límite el tren siguió su marcha a Villazón dejándolo abandonado en la estación.

Esta vez si le pareció llegado su último momento pues estaba dispuesto a defender con su vida a quienes se había entregado a su cuidado.

En medio de gritos, insultos y empujones finalmente el Prefecto de Policía compendió que ello podría derivar en un incidente diplomático de consecuencias impredecibles, dejándolos seguir.

A pie pasaron el puente ferroviario que separa Bolivia de Argentina donde con angustia los esperaban las autoridades del país transandino. El capitán Bobadilla les demostró que un oficial chileno cuando recibe una orden, la cumple.

Cosas del destino, diez años mas tarde, ya como General de la Fuerza Aérea, regresaría a La Paz integrando la embajada especial de Chile a la transmisión del mando presidencial, que precisamente recibía don Víctor Paz Estensoro.

No obstante, las rígidas normas protocolares solo le permitieron en esa oportunidad intercambiar frases de cortesía con el estadista, quien en el intertanto había enviudado y vuelto a casar.

Al término de su adictaje sirvió en diversas unidades hasta que como Comandante de Grupo, siendo Director de la Academia de Guerra Aérea, fue comisionado a la Base Aérea de Maxwell en los estados Unidos, donde realizó un curso de Estado Mayor en la Universidad del Aire.

A su vuelta, habiendo asumido nuevamente la jefatura de la AGA, promovió un cambio sustancial en sus planes de estudios, a los que con la experiencia obtenida en la segunda Guerra Mundial y el conflicto de Corea, se les otorgó un carácter netamente aeronáutico.

Después de desempeñarse como Inspector General de la Fuerza Aérea, Comandante de Unidades Aéreas y ocupar en interina el puesto de Comandante en Jefe, como General del Aire, grado equivalente al actual de General del Aviación, en 1959 se acogió a retiro.

Mientras revisamos antiguas fotografías manifiesta su interés por los cadetes de la Escuela de Aviación, los que tendrán la responsabilidad el mando del arma aérea del siglo XXI. “Deben prepararse a conciencia”, acota.

Sin duda, el nombre del General Darío Bobadilla Cabello, “ un hombre que añora con nostalgia el tiempo pasado”, ya ha quedado grabado en los cielos de la patria.

NOTA.

El piloto Emilio Larrain que menciona el General Bobadilla era uno de los oficiales que en 1929 fue designado para cubrir el servicio aeropostal Santiago – Arica y no debe ser confundido con Emilio Larraín Peró que proveniente del Club Aéreo ingresó posteriormente como piloto de planta de LAN y se accidentaría fatalmente el 18 Enero de 1943 en el Potez N° 2 que se precipitó al mar a una milla de Caleta Quebrada Honda (Norte de Punta Teatinos).

El General Bobadilla, piloto pionero tambien de nuestra LAN, está por cumplir, este año (2009), la respetable edad de cien años.