El terremoto del 21 de Mayo de 1960 exigió la mas amplia movilización de todos los medios de transporte disponibles para socorrer las regiones amagadas. Esto fue particularmente válido para la aviación militar, comercial y civil que concurrió con sus aviones y tripulaciones a hacer frente a la catástrofe y auxiliar a las poblaciones severamente afectadas. Tampoco debe olvidarse el generoso e importante apoyo ofrecido por la Fuerza Aérea de los EEUU con aviones Douglas C-124 Globemaster que junto con los DC6 de LAN serían los que inaugurarían el uso de la pista del aeropuerto Tepual que aún no había sido entregado para la operación regular. Fue precisamente un DC6 de LAN al mando del Comandante de Aeronave Jorge Jarpa el que partió desde Los Cerrillos temprano al día siguiente del terremoto, cargado de ayuda con destino a Puerto Montt no obstante las adversas condiciones meteorológicas pronosticadas. Como en El Tepual no se contaba con ningún implemento de protección al vuelo (Radio ayudas a la navegación ni Torre de Control), el piloto sólo al quinto intento logró posar su avión en la rústica pista. Se comenta que el primer “Controlador de Tráfico” fue improvisado por un oficial de la Fuerza Aérea transmitiendo desde su avión Mentor estacionado en tierra.

Se voló muchas veces sin tener las condiciones mínimas meteorológicas y de apoyo terrestre requeridas para una operación aérea normal. LAN en esa oportunidad puso en vuelo incluso sus aviones Martin 202, que ya habían quedado al margen de sus operaciones regulares (LAN además puso a disposición de la operación, sus 17 Douglas DC3 y 7 DC6-B). El aporte de LAN en esta emergencia nacional contó con el reconocimiento de la Fuerza Aérea de Chile a través de una medalla de cobre conmemorativa que fue entregada a cada uno de los pilotos con su nombre grabado.

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A la derecha los pilotos Hernán Tapia, Patricio Rebolledo, Ricardo Fuenzalida y Abraham Acevedo.

 

Falta aún recopilar los testimonios de esos pilotos que hasta la fecha sólo se han mantenido vivos como historias transmitidas en forma oral. Invitamos a todos ellos, en su mayoría socios de nuestra Asociación de Pilotos Retirados de Lan Chile, a enviarnos sus particulares experiencias de aquella época, enriqueciendo así nuestra historia y nuestra tradición como servidores públicos.

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A continuación nos permitimos reproducir un artículo publicado en la Revista Camaradas (Año 2005-N°90-Mayo-ISSN0717-4535-Fuerza Aérea de Chile) alusivo a aquella jornada épica de la aviación chilena.

Incansables ante la adversidad

Han pasado 45 años desde que la zona sur fue azotada por un devastador terremoto. La labor de la Fuerza Aérea de Chile resultó fundamental para salvar vidas de nuestros compatriotas.

“” El día 21 de mayo de 1960, Chile fue víctima de un devastador terremoto que desoló la localidad de Valdivia y sus alrededores. Más de dos mil muertos, otros tantos de viviendas destruidas y miles de chilenos damnificados fueron los resultados de esta verdadera catástrofe.

Hoy, cuando se cumplen 45 años desde aquella tragedia que requirió organizar un puente aéreo que, partiendo desde Santiago, llevaría alimentos y objetos de primeros auxilios para socorrer a los damnificados, Revista Camaradas quiso recordar la labor realizada por muchos de los miembros de la Institución, cuyo temple, valor, esfuerzo y entusiasmo ayudó a mitigar en parte la desolación de miles de compatriotas afectados por el desastre.

“Yo estaba en la Academia de Guerra Aérea cuando me avisaron que tenía que partir de inmediato al Grupo de Aviación N°10, que en ese tiempo estaba ubicado en Cerrillos”, recuerda el Coronel de Aviación (A) Jorge Juica Morey, quien en ese momento tenía el grado de Comandante de Escuadrilla.

Al mando de uno de los tres C-47 de la Fuerza Aérea de Chile que participaron de las operaciones de rescate, el Coronel Juica partió rumbo a Valdivia. Su misión era despachar material desde la bodega de carga, aunque la gravedad de la situación lo obligó a sobrevolar la zona y evacuar a los damnificados. Cuando llegó, lo que más le impresionó fue el dolor e impotencia de la gente que había perdido prácticamente todo.

“Recuerdo que iba pasando por Valdivia cuando me avisaron que trasladara a unos niños que se encontraban ahí. El mal tiempo reinante en la zona no dejó que entrara y tuve que seguir con destino a Santiago”, cuenta con tristeza, pero con el consuelo de haber ayudado a rescatar a otras personas que se encontraban aisladas.

Diez aviones, 489 vuelos de ayuda, cerca de 500 mil libras de carga trasladada, más de 4 mil personas evacuadas, 5.800 horas de vuelo y 125 operaciones fue el apoyo otorgado por la Fuerza Aérea de Chile para enfrentar esta tragedia.

Un enorme esfuerzo por parte de la Institución, si se toma en cuenta que en esos años la Fuerza Aérea no contaba con los aviones que existen hoy y que debió concurrir a lugares donde casi nunca iban en tiempos normales.

Pero además del desastre dejado por el terremoto -cuya intensidad superó los siete grados de magnitud en la escala de Richter- se produjo otro hecho con consecuencias aún más graves para Valdivia. Debido a los derrumbes de tierra, se formaron tacos de barro en el río San Pedro que normalmente lleva el cauce de aguas desde el Lago Riñihue hasta el mar. La obstrucción produjo una gran inundación que amenazaba con sumergir gran parte de la ciudad.

-Un nuevo desafío para la Institución, la que debió disponer inmediatamente de nueve helicópteros y dos aviones livianos que operaron día y noche de manera intensa para ir en ayuda de las comunidades amenazadas. Trabajos de emergencia para tratar de controlar las salidas de las aguas hacia Valdivia, abastecer especialmente de combustible y lubricantes a la maquinaria que trabajó en el lugar durante un mes, abastecer de víveres, medicamentos y repuestos a los diversos campamentos de obreros, trasladar a personal técnico y evacuar a enfermos y heridos, fueron parte de las operaciones realizadas por la FACh, que también sirvieron de soporte para cimentar la confianza en los pobladores sumidos hasta ese momento en la incertidumbre.

Titulares como “Alerta en el Aire”, “La Fach ha cumplido bien su Misión a favor de la Zona Sur”, “Clase de Geografía”, “El Puente Aéreo más grande de Tiempos de Paz es el Chileno”, coparon las portadas de los periódicos de la época, reafirmando el reconocimiento de la ciudadanía a la Fuerza Aérea que se transformaba en digna servidora de su Patria, al disponer de todo el material humano y aéreo para enfrentar una emergencia de tal magnitud.””

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Otro de los testimonios registrados de aquel terremoto, es el que nos legó el muy recordado y querido Radio Operador Januario Lazo (QEPD), en sus interesantes y pintorescas “Memorias”. Era el tiempo en que las tripulaciones de los vuelos hacia el sur solían incluir tambien a un Radio Operador.

Januario lo recuerda así:

“” Recién había sacudido a Valdivia un violento terremoto y el Jefe de la Oficina de Roles, dispuso que la tripulación de turno saliera esa misma tarde a la ciudad de Valdivia.

Agradable sorpresa tuve cuando nos encontramos en la camioneta con el piloto Guillermo Esquivel y apenas arribados a Los Cerrillos, subimos al Glenn Martin que seria nuestro avión, máquina que había permanecido por largos meses fuera de actividad y que la prepararon en Maestranza para este vuelo no programado oportunamente.

No pasó por la mente de los tripulantes – que eran los dos pilotos más el radio operador -, la necesidad de llevar alimentos abordo para nuestra alimentación, pensando que nuestro regreso seria apenas hubiéramos subido a pasajeros terremoteados, sobretodo, ancianos, niños y mujeres.

Cuando arribamos al aeródromo Las Marías, nos atendió el despachador de esa ciudad, un jovencito de unos 20 años y que de repente, en lo mejor de nuestra conversación para imponernos del tipo de pasaje que embarcaríamos, pega la carrera y desaparece de nuestra vista. ¿Qué pasa? decimos, pues nada hemos sentido ni palpado. ¿Estará viendo visiones este funcionario?

Pero nada que ver con nuestras opiniones, pues todo se debía a que este joven tenía el oído muy aguzado y sencillamente, sentía cada movimiento de la tierra por liviano que fuera.

Corno es eso, dijo el piloto, si yo no he sentido nada. Ante este reproche el joven despachador no puede contenerse y larga el chorro de lágrimas. Quizás Esquivel pensó que era mejor darle una reprimenda, pero dio resultados a la inversa, ya que el despachador descargó todo su terror por tantos sustos pasados allí en Valdivia que seguía remeciéndose, pese a que nosotros nada sentíamos y sí el despachador que salió disparado dos o más veces.

Lo curioso de todo, fue que al tratar de carretear hacia la cabecera de pista, nuestro avión no quiso hacerlo, paralizando su batería que al parecer, estaba a punto de descargarse cuando hicimos el aterrizaje. O bien, ¿quiso el destino que conociéramos lo qué son los temblores a cada instante?

Tuvimos entonces, que cambiar los planes de la salida y pernoctar en esa ciudad, por lo que el mecánico de la Posta se encargó de nuestro avión, dejando en carga la batería, y la tripulación partió hacia la ciudad que en la oscuridad que se hacía espesa, apenas nos permitía ver algunos fuegos a la distancia.

Como se nos indicó que tuviéramos gran cuidado al pasar por el puente sobre el río Valdivia que estaba quebrado a causa del gran sismo, y todo estaba muy oscuro, no pude menos que aproximarme al piloto Oscar Boetto que hacía de segundo, pues mi vista parece que no es muy buena en horas nocturnas. Efectivamente, grande era la quebradura en el gran puente y no viendo casi nada, tuve que tomarme de la manga de Boetto y así, poder pasar ese momento negro y tenebroso, pues se sentía fuerte el ruido del agua bajo la masa de cemento destrozado.

Atravesamos a pie todo el sector del puente y fuimos avanzando poco a poco hacia las luces de llamas que divisamos. Pensé que estarían preparando asados y habría mucho olor a carne, pero a medida que fuimos pasando por ellas, comprobamos que eran fogatas que encendían los pobladores entre los escombros que dejaban al medio una parte de la calle. Todo, todo estaba sobre el suelo.

La catástrofe era de grandes proporciones. Nada de olor a comidas, ni cosa parecida pues en un caso como éste, ¿quién iba e disponer de alimentos?

No recuerdo por quién, pero alguien nos llevó al Regimiento de la ciudad de Valdivia y allí nos acomodaron, aumentando los problemas que ya tenia en exceso la autoridad. Pronto nos sentamos a una gran y extensa mesa para sus 20 o 30 personas, y allí, junto a otros comensales, fuimos servidos con lo poco que se podía disponer. Cuando menos lo pensábamos, veíamos salir disparados prácticamente al resto de los comensales. Esto sucedió varias veces, mientras que nosotros no oíamos absolutamente nada, pero los temblores eran numerosos, aunque muy débiles según nuestro parecer.

Al día siguiente, ya cargada la batería de nuestro avión, ayudamos a asegurar nuestros pasajeros que fueron muchos, especialmente niños y personas mayores, y despegamos arribando un poco más tarde en Los Cerrillos. “”

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También hubo pilotos que en ese momento no pertenecían a Lan pero que gracias a su disponibilidad se prestaron como pilotos de seguridad para asesorar y volar en aviones del extranjero: Amaro Bamón en un DC-3 uruguayo asistiendo “la entrada” visual a Valdivia con mal tiempo y Carlos Riderelli asistiendo en las comunicaciones a un Globemaster norteamericano que hacían un “puente aéreo” a Puerto Montt.