La identificación con nuestra Asociación ojalá no se agote sólo en el pago de las cuotas ni a la asistencia bianual a nuestras asambleas / eventos sociales. Pero hay que reconocer que a la mayoría nos cuesta luchar contra el acentuado individualismo que suele imponer el ejercicio de nuestra profesión como pilotos, que ha solido desembocar, con cualquier descuido, en francos antagonismos, como lo hemos comprobado no pocas veces a lo largo de la agitada historia de los pilotos LAN. Por eso reconforta cada vez que nos vemos estimulados con la contribución que recibimos para enriquecer las páginas de nuestro sitio www.pilotosretioradoslan.cl.

Abraham “Pocho” Acevedo es uno de ellos, que desde diversos ángulos nos evoca sucesos de nuestro rico (a veces folclórico pero tambien a veces deplorable) pasado e invitándonos a empeñarnos a salir del marco de lo mediocre y estrictamente cotidiano, incursionando con finura en los deleites de la espiritualidad. Incluso a veces es sano recorrer los ásperos caminos de nuestra historia que quizás quisiéramos olvidar. Ojalá se multipliquen nuestros colaboradores siguiendo el ejemplo no sólo de “Pocho” sino de todos los que ya han dejado su testimonio en estas páginas que pretenden ser la cara visible de nuestra Asociación. Sigue habiendo mucha riqueza escondida en la memoria de nuestros asociados, esperando ese chispazo que decida derramarla sobre una hoja de papel o de Word, acompañándola con una de los innumerables testimonios gráficos que todo piloto guarda en algún rincón de su casa y que hoy se pueden tan fácilmente compartir por la web.

Caballeros del aire

“Pocho” es de opinión que la imagen que se difunde de los pilotos a veces acierta, otras veces falla. Se cae frecuentemente en lo superlativo, lo extraordinario e incluso en consideraciones filosóficas. La egolatría que nos suele aflorar, nos hace olvidar que los pilotos somos seres humanos comunes y corrientes y que el simple hecho de volar o haber volado no nos hace superiores a nadie, ni siquiera, necesariamente, un “Caballero del Aire”. Personas comunes y corrientes que, sin embargo, saben elevar su espíritu por el ejercicio de la camaradería y el sincero reconocimiento y afecto por sus iguales.

“Pocho” siente esto con particular intensidad y emoción, cuando recuerda a esos pilotos que para él, sí supieron ser verdaderos “Caballeros del Aire”. Esos pilotos que en el alma de cada uno de nosotros, quedaron grabados con letras indelebles.

 

Caballeros del Aire

Donde están los caballeros, los caballeros del aire,
Los del cuello, la corbata y el perfumado pañuelo,
Donde están me lo pregunto y vuelvo la vista al cielo,
Porque allá espero encontrarlos para conversar con ellos.

Espero poder contarles cómo han cambiado los tiempos,
Que las hélices de antaño han ido desapareciendo,
Que Los Cerrillos apenas es un hermoso recuerdo
Y en la vieja marquesina penan los vivos y los muertos.

Cuando yo deje este mundo, he de salir a su encuentro.
Los  buscaré entre las nubes cerca del azul de cielo,
entre los rayos del sol, en los viejos aeropuertos
y en pistas de verdes pastos o de tierras en barbecho.

Cada vez que los recuerdo los voy nombrando en silencio.
Y se me nublan los ojos cuando pienso en estos viejos.
Resulta que lo que soy, se lo debo a todos ellos.
Y hay que ser agradecido, justo, noble y muy derecho.

Que Dios le de larga vida a estos viejos caballeros.
Que su recuerdo perdure en este agitado tiempo.
Y a esos que ya partieron dignamente y en silencio,
un sincero muchas gracias, y que disfruten del cielo.

Abraham Acevedo Campos (2010)

Uno de los chascarros del “Pato Peñaloza”
(Por Abraham “Pocho” Acevedo)

El reloj despertador sonó justo a las 5 de la mañana, había dormido placenteramente y aún disfrutaba de mi primer vuelo como copiloto a Punta Arenas desde donde había llegado el día anterior. Después de aterrizar en Los Cerrillos dejando atrás ese largo pero hermoso vuelo, al pasar por movilización, tenía un mensaje de la oficina de roles donde me preguntaban si al día siguiente podía ir a Osorno en el vuelo 410 ya que el copiloto designado estaba enfermo. Acepté feliz y me acosté temprano para estar en buena forma.

En Punta Arenas había permanecido una semana volando entre Bahía Catalina, Porvenir, Cerro Sombrero y Puerto Williams, había comido centolla y cordero como nunca antes en mi vida. De hecho, en cuanto a centolla, era la primera vez y me encantó. Allá, sin soñarlo, “pinché” dos despegues, aunque asistido por el capitán. Me solté como copiloto, comprobé lo bueno que era el DC 3 para operar en pistas de tierra con viento cruzado y conocí a los radio operadores que volaron conmigo. Practiqué leyendo esos “meteos” donde tanto el nombre de la estación emisora como el estado del tiempo, tendencia y pronósticos, venían en códigos. Conocí las Estaciones Aéreas, pueblos, lagos, lagunas y estancias de la pampa argentina y chilena, divisé avestruces (ñandúes), guanacos, flamencos y una cantidad increíble de ovejas. Me familiaricé con todos esos nombres que sólo había escuchado en mis clases de ruta, conocí despachadores, Jefes de Estación Aérea, mecánicos, secundarios, chóferes, aduaneros, meteorólogos; en fin, me fui “enchufando” en lo que era volar en la LAN de esa época.

Me recogían a las 06:45 y rápidamente estuve listo con mi maletín de vuelo y mi maleta, esperando la camioneta que llegó a la hora exacta. Apenas partimos noté que había una espesa neblina y don “Cata”, el chofer, circulaba lentamente por la escasa visibilidad. Recogimos al Capitán de mi vuelo y luego pasamos a buscar al “Pato Peñaloza” mi compañero del Curso de Copilotos, quien iba a Copiapó. Bajando por la calle San Joaquín, el Capitán hizo parar la camioneta frente a una panadería, se bajó y volvió a subir con unas marraquetas que estaban tan calientes que costaba tomarlas. Nos repartió una a cada uno incluyendo al chofer; estaban exquisitas. A pesar de la neblina, llegamos al Edificio Lan en Los Cerrillos, sin mayor atraso.

Ahí dejamos al Capitán que debía retirar el Plan de Vuelo y firmar el despacho y el resto seguimos al edificio del Aeropuerto notando que ahora la neblina era cada vez más espesa, a tal punto, que era imposible ver los aviones estacionados en la losa.

Hacía mucho frío y nos sentamos en la única mesa desocupada que quedaba en la cafetería. El “Pato”, con mucho más cancha que yo, trajo un par de sillas para esperar al Capitán y pedimos un café con tostadas. Recién comenzaba a aclarar. En eso estábamos cuando vimos pasar una morena estupenda luciendo, terciada, una cinta blanca en la que se leía con elegantes letras doradas, “Miss Copiapó”. Acompañada de dos señoras y un joven, ocuparon una mesa donde la esperaban dos personas más. Sentí un poco de envidia porque era pasajera del “Pato”.

Apenas se sentaron, mi compañero me comentó que en sus tiempos de sobrecargo le había tocado llevar de pasajera a Miss Punta Arenas en un DC 3, vuelo 890, el mismo que yo terminaba de hacer el día anterior. Ella regresaba a su ciudad después de un concurso de belleza y recordaba de paso, que tal vuelo había sido una verdadera odisea.

Que Miss Punta Arenas era un poco suficiente, que no “inflaba” a nadie, viajaba sola y era espectacular, un metro 80 de altura, rubia de ojos claros; se notaba muy segura de si misma. Trató de conversarle entre Santiago y Temuco pero no había respuesta. Cruzaron la Cordillera por el paso Aluminé y sobre San Martín de Los Andes quiso mostrarle la ciudad, la invitó a la cabina de Pilotos, pero nada. Como después pasó lo mismo sobre Bariloche, no insistió más hasta llegar a Coyhaique donde antes del aterrizaje le tuvo que ayudar a ponerse el cinturón de seguridad, y eso fue todo hasta ese momento.

Que despegando de Coyhaique, el ascenso fue muy movido y así siguieron durante todo el viaje hasta Chile Chico. Pero, al pasar el sector de El Portezuelo entre Balmaceda y el Lago General Carrera, hubo un período de unos diez minutos en que todo volaba dentro del avión incluido un pasajero, vendedor viajero amigo del radio operador Camú, a quien fue a visitar mientras volaban este tramo y tuvo la mala ocurrencia de regresar a su asiento cuando el avión comenzó a moverse en forma descontrolada.

Me decía el “Pato” que su preocupación era la Miss Punta Arenas pero que a ella sin embargo, no se le movió un músculo y mantuvo su serenidad en todo momento. El pasajero aporreado, se bajó en Chile Chico, que era su destino, pero tan machucado que tuvieron que sacarlo en silla de manos y dejarlo inmediatamente dentro de la camioneta LAN.

¡ Pero faltaba lo mejor, el tramo Chile Chico – Bahía Catalina !

Apenas despegaron comenzó una turbulencia fuerte que los acompañó durante todo el ascenso. A veces parecía que una mano gigantesca tomaba el avión lo subía rápidamente y de repente esta misma mano lo lanzaba hacia abajo y hacia atrás. Los pasajeros ya comenzaban a dar muestras de mucha preocupación e incluso la “Miss” se veía cada vez más pálida. El piloto cambió de nivel varias veces pero todo seguía igual, se acercaban y se alejaban de la cordillera pero no había caso, algunos pasajeros comenzaron a vomitar, otros rezaban, ya nadie por cierto aceptaba un jugo o un sándwich. Como Sobrecargo, “Pato” iba a cada momento a la cabina de pilotos para preguntar hasta cuando se movería esta cosa, pero en realidad era imposible asegurar algo medianamente concreto.

A todo esto la cabina de pasajeros era un asco, un olor nauseabundo lo inundaba todo. La mayoría de los pasajeros estaban entregados a su suerte y vomitaban sin cesar, las bolsas de mareo se habían terminado hacía rato y nadie hablaba.

Regresando de uno de sus tantos viajes a la cabina de pilotos, se dio cuenta de que Miss Punta Arenas no estaba en su asiento por lo que supuso que estaba en el baño. Pero después de más o menos cuarenta minutos, viendo que su asiento seguía desocupado, fue al baño y golpeó la puerta sin recibir respuesta. Después de una espera prudente, volvió a golpear y al no volver a obtener respuesta, la abrió y se encontró con un inesperado espectáculo. La lejana y suficiente “Miss”, con todos sus atributos de reina de  belleza, estaba en el baño desmayada, vomitada de arriba abajo, balbuceando por ayuda. El intento de cambiarse su ropa manchada, quedó a medio camino por tanto malestar y movimiento… La flor de gasa que había adornado coquetamente su pelo, flotaba en el piso, impregnada del líquido desinfectante de penetrante olor que había sido impulsado fuera de la taza del baño. Como Sobrecargo, le correspondió al “Pato” socorrerla en tan ingrato e indiscreto trance…

Fue al “galley”, trajo un montón de servilletas de papel, sacó varios apoya cabezas de los asientos, los empapó con agua caliente que tenía en un termo  y comenzó a limpiar con estudiada prolijidad a la “Miss”, con cierta sensación de triunfo y de desquite. Pero, profesional y caballero al fin, tuvo la delicadeza de cubrirla con una frazada porque, además, hacía un frío espantoso. Fue imposible no enterarse de las prendas que forzosamente la joven tuvo que desechar por estar absolutamente contaminadas con los derrames del baño y de la propia “Miss”, en su penosa respuesta a la fuerte y sostenida turbulencia. Una vez separadas las prendas la envolvió en una servilleta y limpiando el único zapato que encontró en el baño, la regresó con la ayuda del radio operador, a su asiento donde encontró el otro zapato. Luego trajo otra frazada limpia para envolverla, dejando la primera frazada para envolver su ropa sucia. y las prendas interiores, forzosamente desechadas, en un bolso que encontró en el piso junto a la cartera, la blusa y la flor del pelo. Tras ponerle los zapatos, aún semiinconsciente, la taparon y al menos, un poco más limpia. Desde la sombrerera colgaba la franja donde decía Miss Punta Arenas, la dobló y la puso cuidadosamente en su lugar. En ese momento, como por milagro, todo se tranquilizó y el vuelo prosiguió sin un signo de turbulencia.

Don “Pato” trató de servir algo a sus pasajeros pero nadie aceptó nada. Ordenó como pudo la cabina, enrolló la alfombra del pasillo que estaba inmunda, limpió el baño y después de menos de una hora comenzó el descenso, aterrizando en Bahía Catalina bastante tarde, pero aún de día.

Bajaron los pasajeros, todos agradecidos del vuelo a pesar de la turbulencia. Mi amigo buscaba a la “Miss” y se le acercó para ver si le decía algo pero seguía muda, retiró su equipaje y al pasar frente a “Pato” lo miró a los ojos, se encogió altiva de hombros y desapareció. Se había vuelto a colocar la cinta terciada donde decía Miss Punta Arenas, se había maquillado y peinado y se veía estupenda, como si nada hubiera pasado, aunque tanto ella como el “Pato” compartían el secreto de la ausencia de esa prenda interior de la que ninguna mujer normalmente puede prescindir…

Me contaba que pasó más de un año y no podía creer la experiencia que le había tocado vivir. Que evitaba contársela a cualquiera, no sólo porque al fin y al cabo se consideraba un caballero, sino porque además lo mas probable era que lo tildaran de mentiroso, en circunstancias que había sido una experiencia absolutamente verídica.

Alrededor del medio día llamaron a embarcar por fin mi vuelo y alcanzamos a cumplir el servicio a Pampa Alegre, el antiguo aeropuerto de Osorno con escalas en Concepción, Temuco y Valdivia y regresar por la noche a Santiago.

A mi amigo “Pato Peñaloza”, como cariñosamente le decíamos a Hugo Salgado Ramos, hoy desaparecido, le dedico este relato, que con el paso de los años el “Pato” se había acostumbrado a incorporar, al pedido insistente de los que sabían de su existencia, en su repertorio de animación en las reuniones más íntimas de la familia de los tripulantes LAN.

Así eran nuestros vuelos y quizás sea esta apenas una más de las tantas historias pintorescas de la aviación de aquellos tiempos, historias que por ahí yacen ocultas a la espera de que alguien las traiga de vuelta.