ERNESTO SILVA ROMAN se desempeñó en 1952 como Secretario General de LAN. A sus condiciones de funcionario unía las de periodista, novelista y cuentista. Había sido compañero en el Ejército del padre de nuestro asociado Comandante Amaro Bamón. Por eso, siguiendo la costumbre de la época, fue su contacto dentro de LAN para lograr alguna ayuda para su ingreso a la empresa. Pero Amaro sólo consiguió saber que había un concurso al que podía postular rindiendo los exámenes correspondientes. Se trataba del concurso en que participaba el curso de nuestro asociado Comandante Pedro Gasc y en el que finalmente Amaro no quedó (a pesar de don Ernesto … !). Mejor suerte correría otro asociado nuestro, el Comandante Julio Benavides, que nos confidencia que don Ernesto tambien fue su contacto para ingresar a LAN, ya que su padre compartía con él la calidad de “amigo, correligionario y hermano”…

Nos complacemos en presentar uno de los cuentos publicados por don Ernesto en la Revista ESPACIOS durante el año 1952.

EL MUNDO ESTA DETRAS DE LA NIEBLA

(Junio 1952)

Los muchachos lo miraron con cierta curiosidad compasiva. Era el recuerdo, ingenuo y candoroso, que regresaba del pasado.

Abúlico, marchito, extraño al ambiente, decía palabras inútiles y hacía amplios gestos vagos en aquel salón del Casino.

Tenía los cabellos blancos y la mirada lejana. Parecía ausente. Talvez el fracaso acorralaba su espontaneidad. Les dio pena. Les dio lástima. Y, sin ponerse de acuerdo, lo rodearon de afecto. Era en el fondo, un afecto alcohólico; pero. para ciertos individuos, tanto da este afecto como cualquiera otro.

El baile, en todo su esplendor. hacía grato el instante:

 – ¿Un whiskey? …

  Sí. Desde luego…

Una sonrisa. suave y dulzona, le iluminó el rostro:

 -¿Acaso la juventud de hoy no baila? …

 -Desde luego, mi Comandante; pero, como dueños de casa, debemos dar ciertas facilidades a los civiles…y a los jefes…

Se rió, comprensivo y fraterno. ‘

Un Teniente, exageradamente joven, le advirtió, lleno de importancia:

 -Desde que empezó el baile no hemos dejado descansar a las chicas y el Director nos  ha advertido que tenemos invitados y que los “viejos” desean tener su oportunidad.

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 -Veo que los tiempos no cambian.

 -Desde luego que sí – replicó un alegre Subteniente. Ahora tenemos aviones que ustedes no soñaron en aquellos años. ¿Usted voló en Bristol, no es verdad. Pues, ahora poseemos aviones a chorro, que desarrollan 1.600 kilómetros por hora. En la actualidad, es fácil dar vuelta al globo terráqueo sin aterrizar. Este vértigo de velocidad ha creado una nueva era, una nueva época, con otros sentimientos y con otras reacciones. Hoy vivimos una existencia que no pudo prever en 1918…

 -¿Acaso más intensa?… – preguntó bondadosamente el viejo Comandante.

La afirmación fue rotunda:

 -Desde luego, mucho más intensa.

Con gesto amable, que a nadie pudo parecer despreciativo, el Comandante se encogió de hombros:

 -En realidad – expresó -, hay mucho de verdad en lo que ustedes advierten. Nosotros, los aviadores de hace treinta años atrás, no conocimos estas aeronaves extraordinarias.

Los aviones que constituían la dotación de la .Escuela poseían características muy reducidas.

Alguien intervino, conciliador y afable:

 -Pero, en cambio, ustedes superaron las dificultades con grande y magnífico empeño…

 -Un momento, muchacho, no me vengan con aquello de la época heroica. Soy enemigo personal de esa frase. En aviación todos los tiempos son iguales y semejantes. Nosotros, es claro, volábamos en armazones ridículas y absurdas. En nuestro tiempo ignorábamos todo lo concerniente al arte aéreo.

Pero, en cambio, ustedes vuelan en aeronaves de una sensibilidad prodigiosa. El olvido del detalle más insignificante puede provocar un descalabro. Pongamos en la misma balanza la endeble fragilidad de nuestros aviones con la tremenda grandiosidad de vuestras aeronaves de seis motores y de dos puentes, y llegaremos a la conclusión que unos y otros son aparatos difíciles de controlar y manejar.

Se quedó pensativo y habló casi para consigo mismo:

 -Sin embargo, en algo no cabe comparación posible. Indiscutiblemente nosotros fuimos más sentimentales que ustedes. Es muy posible que los nuevos aviadores estén poseídos por bellos y hermosos ideales… Pero, nosotros fuimos escandalosamente románticos… Acaso esta actitud nuestra pueda parecer ahora un tanto pueril. Mas, nosotros observamos cosas que ustedes no verán nunca. Quizás todo sea cuestión de velocidad… Y de imaginación. Ustedes están ahítos de realidades. Juegan con las latitudes, con los países y con los continentes. Para los muchachos de ogaño, la Cordillera de los Andes alcanza la misma altura que la valla para el atleta. En quince minutos de vuelo, la gran Cordillera de los Andes es sólo un grato recuerdo. En cambio, en aquellos tiempos, el macizo andino era otro planeta. Un mundo desconocido. Una aventura fantástica. Para llegar a las altas cumbres,. teníamos que luchar bravamente. A veces, cruzar la Cordillera significaba dos y tres horas de dura pelea con la turbulencia o con los vientos huracanados de lo alto. Cada kilómetro era una excursión llena de atractivos y de infinitos descubrimientos: Por otra parte, los valles cordilleranos, las profundas y negras simas, nos atraían con la misma inexcusable atracción de las cumbres luminosas. En nuestros vuelos, solitarios muchos de nosotros creíamos encontrar países extraños. AcasoShangri – La…la Ciudad de los Césares…

Se quedó pensativo y lejano:

 -Pero, los estoy aburriendo -dijo melancólicamente.

 -No, no – murmuramos -. Por favor, siga usted…

Alguien llenó su vaso de whiskey por décima vez.

 -El curso de 191…: fue uno de los más afortunados. Al principio sólo perdimos al Líder. Diez años más tarde, se fueron los demás. A él, como a todos nosotros, le gustaba volar sin acompañante: por sobre la Cordillera de los Andes: Era un hombre extraordinario. Pleno de vida. Alegre, vigoroso.. Un verdadero semidiós griego. Fue siempre el mejor de nuestros compañeros. Sin embargo, un día se aisló del grupo. Le vimos preocupado, ausente, absorto. Dejó de animar y alentar nuestras pequeñas diversiones en la Escuela y se dedicó, con mayor entusiasmo que nunca, a explorar la Cordillera.

Hizo una larga pausa. Talvez para ordenar sus confusos recuerdos.

 -Aquella mañana estuvo radiante. Jamás le habíamos visto más encantador, Bromeó con todos nosotros y estuvo largo rato mirando con evidente ternura las “gracias” de Cachupín, aquel cóndor famoso, que el cuidador de una viña asesinara porqué estaba comiendo un racimo de uvas. Después partió. En realidad. en esa oportunidad, no nos dimos cuenta de nada. Más tarde descubrimos. con demasiada evidencia, que el Líder se había despedido de nosotros. Horas más tarde desapareció, para siempre, en el misterio de la Cordillera de los Andes…

Sus discípulos y amigos, lo buscamos afanosamente. Recorrimos todos los contrafuertes cordilleranos. Pero, jamás pudimos encontrar el menor rastro de aquel gran aviador.

Pasaron los años hasta que llegó el décimo aniversario de nuestra graduación como pilotos de guerra. Nos reunimos en la Escuela. Yo, por ese entonces, era Adicto Aéreo en La Paz. Esa noche hicimos todas las locuras propias de los cadetes. El único ausente de nuestro Curso era el Líder, pero, su sitio estaba ahí. Le pusimos “su” silla y “su” cubierto. Un mozo, que había sido su asistente, le sirvió todo el “menú”, vinos y licores.

A las cinco de la madrugada nadie podía discernir con claridad lo que ocurría a nuestro alrededor. Una espesa neblina desdibujaba los objetos y transformaba los rasgos de las cosas. Alguien se abrazó a mí y me dijo. Gritándome, al oído:

 -¿Cuánto somos? …

 – Doce – le dije, con. gran esfuerzo.

 -No – me contestó-. Somos trece…

Los he contado infinidad de veces…

No puedo negar que tuve que efectuar un penoso esfuerzo para contar a los compañeros. En realidad, éramos trece, ¿Quién era el otro? ¿Por qué había uno sentado en el sitio del Líder? Ese asiento era sagrado. Nadie debía profanarlo. Menos aún un intruso. Me levanté como pude y avancé hacia la testera de la mesa. Ahí está él. Elegante, magnífico, sonriente. Nos dimos un largo y estrecho abrazo. Había vuelto después de tantos años de ausencia.

 -¿Por qué no avisaste tu llegada? – lo interrogue.

 -Deseaba darles la sorpresa del siglo – me contestó.

Y claro que la sorpresa fue grande. Todos se pusieron de pie para festejarlo. Revivimos todas las tonterías del pasado, y gritamos y cantamos, una y cien veces, nuestro himno famoso. ¿Quieren que se los cante? Era hermoso, cálido, sugerente. Se hundió en el pasado. Quizás fue demasiado exclusivo. En fin, ahora hay otro que no es malo. Me gusta cantarlo cuando estoy solo. Pero, esta vez podría cantar los dos. ¿Vamos? Inició algunos compases, pero su voz no le acompañó. Torvo y ceñudo, calló un instante. De pronto lanzó una carcajada..

 – Mí gran aventura -murmuró-. La única oportunidad de ser feliz para siempre. Soy un cobarde, miserable y estúpido…

Nos costó un gran esfuerzo obtener que prosiguiera su narración. No deseaba hablar más del asunto:

 -Cuando pudimos serenarnos -dijo- quisimos oír la historia de su larga ausencia. No se hizo rogar demasiado. Aquel día dijo, salí con el deliberado propósito de comprobar varias observaciones que había hecho en mis anteriores andanzas andinas. En diversas oportunidades creí ver cosas extrañas. Incluso percibí valles y sendas que no aparecían en nuestras “cartas”. Algo existía que incitaba prodigiosa mente mi imaginación. Ese amanecer recorrí el macizo que se extiende al norte del Aconcagua. De improviso sorprendí una curiosa conformación cordillerana. Traspasé uno de los contrafuertes más abruptos de la zona y me sorprendí sobrevolando un valle maravilloso. Arriba, un manto de grandes nimbus – mamatus impedía toda visibilidad. No supe resistir la tentación y realicé un aterrizaje perfecto en un pradera llana y suave como un campo aéreo. Salté a tierra y me dirigí a un bosquecillo desde donde se escuchaba una agradable música y en donde había visto a un grupo de seres humanos. Antes de alcanzar a los primeros arbustos, salió a mi encuentro un grupo de muchachas extraordinariamente hermosas. Vestían túnicas griegas y calzaban sus pies con sandalias. Nos entendimos desde el primer momento. Hablan nuestro idioma y son maravillosamente hospitalarias y gentiles con los extranjeros. Allí no se envejece y la existencia es edénica. Yo vivo en un pabellón aislado y tengo a mi servicio tres muchachas encantadoras. A la Princesa reinante le hablé de ustedes y me concedió el permiso necesario para venir a buscarlos. ¿Quieren ir conmigo? Allá los esperan con los brazos abiertos.

Saltamos de alegría. En menos de una hora volábamos en demanda del Aconcagua.

Juro que no sé cómo pasó aquello. El hecho es que de improviso las montañas se abrieron y a dos mil metros bajo nosotros se ofreció a nuestra vista un valle de ensueño.

El Líder picó rectamente hacia abajo. Todos le siguieron…Menos yo. En el último instante el terror se hizo presa de mi corazón. La verdad se abrió paso en mi espíritu. Todo aquello era sobrenatural. Éramos víctimas de una tremenda ilusión. No había tal valle. No existían tales mujeres. Lo Desconocido nos rodeaba por todas partes.

Eché atrás el bastón y mi fiel  “Verpal” remontó a la altura. Volé un tiempo en grandes círculos. Todavía los vi allá abajo. Fueron aterrizando uno a uno. El espectáculo me atraía como un imán poderoso; pero vencí la tentación.

Fui a aterrizar a Ovalle.