Por Abraham Acevedo C.

 

Desde hace años, la autoridad aeronáutica está preocupada de resguardar la seguridad de la aviación comercial. Lo podemos ver a diario en los aeropuertos y sus alrededores, instalaciones aeronáuticas y pistas. Pero esto no siempre fue así.

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Antiguamente no se daban las condiciones como para tomar tantas medidas de seguridad como sucede en la actualidad. Por eso vale la pena recordar un episodio que con el paso de los años se convirtió en un detalle pintoresco que involucra al desaparecido aeródromo de Cavancha de la ciudad de Iquique. Un aeródromo que ya no existe pero que dejó recuerdos imborrables como aquellos despegues nocturnos que hacíamos a bordo de nuestros DC-6 B.

El aeródromo estaba enclavado en el corazón de Iquique, era parte de la ciudad y su cercanía ayudaba a que el iquiqueño se sintiera identificado con “la cancha de aterrizaje”, como le llamaban. Era tan central su ubicación que en pocos minutos uno podía desplazarse desde el centro, del puerto, del Morro, del Colorado, de la plaza, del paseo, de la playa, o del lugar que fuera, para llegar caminando hasta el borde mismo de la pista.

Los aviones, aun respetando las alturas mínimas, se veían pasar tan bajo que se podía leer incluso, su número de matrícula. Sin embargo esta maravilla que era motivo de real orgullo para el iquiqueño, estaba condenada a desaparecer; como finalmente ocurrió. La ciudad se estiraba a lo largo y a lo ancho, la aviación progresaba a pasos agigantados y había que pensar en grande, en un aeropuerto, con mayores facilidades, más seguro, sin importar cuán lejos estuviera. De hecho, el actual, está cuarenta y cinco veces más lejos que aquel inolvidable aeródromo de Cavancha.

La vieja pista, que al centro tenía un notorio desnivel con respecto a los cabezales, parecía que se iba hundiendo y al momento del aterrizaje, dependiendo del lugar donde se pusieran las ruedas, teníamos la sensación de estar sobre un trampolín. Además las pistas de aterrizaje y de carreteo parecían que iban a terminar ahogadas ante la creciente y agresiva extensión urbana con construcciones mayoritariamente precarias que se habían instalado en el margen mismo de la pista.

Como límite por el norte, estaba el casco antiguo de la ciudad, al poniente el RC 1 Granaderos y el estadio regional, al sur el camino al que por la costa se podía acceder hasta el puerto de Tocopilla y donde, con el paso de los años, fue necesario instalar un semáforo que regulara el tránsito entre los vehículos terrestres y los aviones…! Era el único sector libre de construcciones u obstáculos, salvo el nutrido tráfico vehicular que obligaba a extremar las precauciones al momento del despegue o aterrizaje. Por el oriente, a escasos metros del eje central de la pista, una población marginal que crecía día a día, era nuestra preocupación porque de vez en cuando, y sobre todo en las operaciones nocturnas, más de un peñascazo golpeaba el fuselaje.

avioniiquique

Uno del 9 aviones Avro HS 748 de LAN aproximando a la pista de Cavancha. Estos aviones operaron de Julio 1967 a Junio de 1979. Los últimos 4 se vendieron a la Austin Airways Limited de Ontario.

Techos de cartón y fonolita aplastados con neumáticos viejos y piedras, una raída cortina o restos de madera y planchas de zinc (calaminas les llaman en el norte) hacían de puerta de entrada. Basurales por doquier y un desorden que durante el día daban cuenta de una miseria atroz, eran parte del paisaje que divisábamos desde la cabina del avión.

Esta precariedad material y la paupérrima condición socio cultural de quienes allí habitaban, se mostraba de noche en toda su crudeza. Era común que, en la oscuridad, al poner el freno de parqueo con la proa mirando hacia la población, en los momentos previos a la prueba de los cuatro motores del DC 6 B, hiciéramos una apuesta entre los que ocupábamos la cabina. La apuesta consistía en tratar de adivinar cuantos habitantes del sector estaban haciendo sus necesidades corporales a la orilla de la pista. Allí, hombres y mujeres, alineados en cuclillas, con la cabeza gacha, mirando hacia el oriente para ocultar su rostro y con su trasero vuelto hacia la pista, no sentían aprensión alguna cuando ya, autorizados para despegar, encendíamos los potentes focos del avión. Durante años se repitió este degradante espectáculo, hasta que Cavancha dejó de operar.

La oscuridad en aquel punto era total y nadie sabía si en aquellas instancias, el vecino era hombre o mujer pero nosotros si podíamos diferenciarlo claramente. En cada ocasión uno quedaba con una sensación de incredulidad y pena. La fugaz visión quedaría atrás al comenzar la carrera de despegue que nos demandaba toda nuestra atención y solo nos quedaba el recuerdo de tan insólito espectáculo.

Desde entonces han transcurrido 47 años, la aviación comercial, las medidas de seguridad y el diseño de los nuevos aeropuertos han progresado de acuerdo a las circunstancias y es de esperar que aquellos iquiqueños, coterráneos míos durante largos años y compatriotas nuestros, también hayan progresado con respecto a aquellas inhumanas condiciones. Con ese vivo anhelo, esos recuerdos de aquella deprimente visión se irán desvaneciendo como tantas otras anécdotas en la vida de un piloto.