RAMA DEL AIRE

Mario Alfredo ACUÑA Santos, Hernán Guillermo ACOSTA Sepúlveda, , Luis Antonio AMIGO Soto, Jorge Omar ARAYA Aguirre, Fernando Eduardo AVERILL Villarroel, Felipe Osvaldo AZUA Escribano, Ernesto Alberto BACHELET Sage, Jorge Isaías BARRENECHEA Fernández, Hernán del Carmen BENAVIDES Becerra, Carlos Eugenio BRIEBA Hinrichsen, Aquiles BUSTAMANTE Oliva, Rene Alexis CALDERON Silva, Carlos CAMINONDO Sáez, Miguel Luis CAMUS Saldías, Carlos Guillermo CARRASCO Marchant, Hernán CASTRO Serenderos, Carlos CESPEDES Silva, Patricio Omar CIFUENTES Trincado, Hernán Humberto CORTES Díaz, Delfin CRISTI Villanueva, Enrique Gustavo CUBILLOS Escobar, José Ildefonso DE LA FUENTE Bánegas, Rudy Alberto EBENSPERGER Bohle, Jaime Alfonso ESTAY Viveros, Oscar Patricio FELICE Angulo, Enrique Enrique FELSENSTEIN Stiglitz, Mario Héctor FERNANDINO Salamanca, Luis Alberto FERRADA Aroca, Santiago Ramón FIGUEROA Navarrete, Tito Osvaldo FRÖLICH Albrecht, Pablo Raúl GABLER Sabioncello, Julio Ángel GAJARDO Uribe, , Luis Alberto GARAY Paredes, Manuel Jesús GONZALEZ Sepúlveda, César Augusto GUEVARA Fuentes, Carlos Arnal GUZMAN Lagos, Eduardo Rodolfo HERRERA Ramírez, Eduardo Jorge IBAÑEZ Faez, Enrique Alcides ISAACS Casacuberta, Sergio Armando JIMENEZ Escobar, Hernán Alberto KRISKOVIC Hidalgo, Carlos Armando LAMILLA Cornejo, Alfredo Guillermo LAVIN Gallardo, Guillermo Antonio LEDDY Araneda, Manuel Orlando MANRIQUEZ Zavala, Gastón Danubio MARTINEZ García, Alex Antonio MAZIERES Granger, Sergio Alberto Fernando MOENA Concha, Daniel Segundo MORAGA Luna, Luis Osvaldo MUÑOZ Álvarez, Héctor Alejandro MUÑOZ Estay, Sergio Gonzalo MUÑOZ Sánchez, Esteban NAPOLI Walker, Jorge Eugenio  NAVARRETE Vergara, Sergio Enrique NEAL Acosta, Odilio Juan NIKLITSCHEK Schmidt, Eduardo ORMEÑO Toledo, Jorge Pedro Osvaldo Anselmo OYARZUN Asun, Héctor Gabriel PALMA Monje, Víctor Hugo PARRA Álvarez, Jaime Sixto PEREDA Tapiol, Gerardo Roberto Esteban PORTEL Laplace, Mario Carlos René POZO Figueroa, Luis Adolfo PUEBLA Leiva, Gustavo Walterio PUMARINO Desmondes, Armin Wilhelm REINICKE Seiffert, Víctor Manuel RETAMAL Pereira, Germán Enrique RIBBA Álvarez, Osmán Del Carmen SAAVEDRA Rojas, Jorge Félix Julio SCHAERER Contreras, Héctor Lizardo SEREY Serey, Guillermo Alberto SMITH Tortoli, Ramón Patricio del Niño Jesús de Praga SOTO Nelson, Félix René SUGG Pierry, Washington Antonio Jonás TAMAYO Díaz, Eduardo TONDA Tagle, Joaquín Eduardo URZUA Ricke, Evando VALENZUELA Guevara, Mario Joaquín VILA Godoy, Armando Isaac ZENTENO De los Reyes, Carlos Guillermo Francisco DUBORNAIS Brown.

RAMA DE INGENIEROS

Georg Hans Ernest ANDRESEN Finck, Sergio Alfredo ARANDA Larrondo, Claudio Amador AVILES Aedo, Guillermo Conrado FONCK O’ Brien, José Manuel GIL Lahera, Arturo JACOBY Van Eweyk, Jaime José LEON Gutiérrez, Daniel MORAN Picado, Mario Alberto MUÑOZ Sánchez, Manuel Fernando José PÉREZ Yánez, Jorge Fernando REDARD Llantén, Ricardo José ROMO Rodríguez, Manuel Tomás Antonio RUBIO Martínez (RA), Luis Alberto SANDOVAL Velásquez, Luis Urbano SEPULVEDA Ruz, Jorge Antonio STIPICEVIC Cañas, Juan Eduardo VACCARO Carrizo,

RAMA DEFENS A AA

Julio Oscar Francisco ALLENDE Jarry, Claudio ARANGUIZ González, Rienk Hecre BRANDER Castañeda, Florencio Antonio Eugenio CASANUEVA Solo de Saldivar (RA), Juan Antonio GARRIDO Carvajal, Carlos Iván HERRERA Cortes, Willi Salvador Antonio KAUFMANN Cabiol, Patricio Fernando LIRA Venegas, Juan Horacio MADRID Hayden, Gonzalo Cristián MORALES Herrera, Edison Edison MUÑOZ Pino, Luis Hernán OLIVARES Figari, Leonardo Jacinto PRADO Álvarez, Walter Humberto RAMOS Orellana, Jorge Teobaldo SILVA Ortiz.

RAMA ADMINISTRACION

Fernando AHUMADA Campos, Hugo Alejandro CALDERA Salgado, Ditzel DRAPELA Corrales, Mario Felipe GOMEZ Rodríguez, Guillermo QUINTINO Fernández, Claudio Marcial ROMERO Cádiz, Julio Fernando ROJAS Pérez, Roberto Jorge VENEGAS Torre.

Total Cadetes: 121

LUIS ANTONIO AMIGO SOTO

luisamigo

Ingresa al curso de copilotos de LAN el 5 de Junio de 1967, junto a, entre otros, Cristián Prado Sch., Juan Fuentealba V., Luis Carmona B., Luis Muñoz M., Jaime Pizarro LL., Guillermo Teare P., y Huberto Duffau B.
En Marzo de 1980 le toca integrar como uno de los copilotos la tripulación del B-707 en que el Presidente Pinochet hacía su vuelo frustrado a Manila. El avión se regresa desde Fidji a Santiago. Los capitanes eran Jorge Pérez y Lautaro Hauyon. Los copilotos, además de A. Amigo: Luis Carmona B. y Jaime Pizarro LL., Ing. de Vuelo Miguel Mena y José Riquelme. Tripulación de Cabina Carlos Cuadrado, Daniel Schwartz, Gilberto Lepori, Carla Gleboff, Maria E. Porcile, Daphne Mac Auliffe y Rebeca Campodónico.
Antonio Amigo se retira de Lan como Comandante de B-707.

 

JORGE ISAÍAS BARRENECHEA FERNÁNDEZ – Fue piloto y Ejecutivo en Ladeco. Profesor en la Academia de Ciencias Aeronáuticas de la U. Federico Sta. Maria.

FLORENCIO ANTONIO EUGENIO CASANUEVA SOLO DE SALDIVAR –Efectuó curso de mantenimiento de aviones en USA. Fue socio en la adjudicación del avión Nomad con Santiago Figueroa. Piloto de Aeroguayacan y de TRANSPORTES AEREOS ISLA ROBINSON CRUSOE.

 

JOSÉ ILDEFONSO DE LA FUENTE BÁNEGAS – Navegante Lan 1967 (Ver esta misma sección Curso 1954 – Oscar Altermatt).

 

OSCAR PATRICIO FELICE ANGULO – Propulsor de institución precursora del Centro de Ex Cadetes y Oficiales de la Fuerza Aérea de Chile “Aguilas Blancas”.

 

SANTIAGO RAMÓN FIGUEROA NAVARRETE
Hizo una extensa carrera como piloto en la Aviación Comercial y General (Ver en sección CRONICAS 31.08.2015 – En alas del C-46 a la aviación comercial, 15.09.2015 – Nuevo desafío en la Aviación comercial y 15.10.2015 – De empleado a empresario).

También dejó en sus memorias (“Por amor al vuelo”) un detallado y simpático testimonio de su primer año de cadete:

“La recogida (a la Escuela), había sido programada algunas horas antes a fin de tener tiempo para efectuar algunos ensayos de la ceremonia oficial de recepción, que iba a contar con la asistencia de autoridades y familiares de los nuevos cadetes.

Fue en verdad una emotiva ceremonia, sobre todo para un provinciano como yo que no estaba acostumbrado a presenciar tan de cerca a varias de las principales autoridades del país. Me sentí deslumbrado por tanto despliegue de organización y coordinación; encontraba que todo había salido a la perfección. Era la parte atractiva y romántica, si se quiere, de esta carrera que estaba a punto de iniciar.

Esa misma noche empezaríamos a conocer… ¡cuán difícil, sacrificado y hasta terrible, diría yo, era en aquellos tiempos convertirse en Piloto de Guerra!

Cada dormitorio tenía capacidad para unas cien camas; estaba dividido por pequeños muros de una altura no superior a 1 metro, que partían desde una pared, pero no alcanzaban a llegar a la pared siguiente a objeto de dejar un pasillo de unos 3 metros de ancho aproximadamente. En cada módulo formado por estos pequeños muros se acomodaban 10 camas. A lo largo de este pasillo estaban las estanterías metálicas, donde cada cadete guardaba sus pertenencias.

Después de asignarnos nuestros respectivos estantes, nos señalaron nuestra ubicación dentro del dormitorio y se impartieron las primeras instrucciones.

Lo primero a saber:

El valor de los diferentes grados con que nos íbamos a encontrar dentro de la Escuela. Nuestros superiores inmediatos eran los sub-alféreces o cadetes de 2° año a los que por supuesto teníamos que tratar como tales y ellos tenían el derecho a darnos órdenes las que deberíamos obedecer sin chistar. Luego, estaban los Alféreces, alumnos de 3°año a los que debíamos considerar como semidioses.

Y, por último, los señores Oficiales, cualquiera fuese su grado, teníamos que mirarlos y respetarlos definitivamente como a Dioses, y no podíamos siquiera dirigirnos a ellos sin tener el debido conducto regular. Estas instrucciones eran impartidas mientras la nueva escuadrilla de Cadetes estaba formada a lo largo del pasillo, sin poder moverse y mientras el brigadier que las impartía se paseaba por delante con un aire de sentencia que no dejaba lugar a duda la importancia de obedecerlas al pie de la letra.

Otra de estas instrucciones se refería a la forma en que teníamos que acostarnos. Cada Cadete debía ponerse firme junto a su cama y se nos explicó que se nos darían 45 segundos para desvestirnos y estar tendidos sobre el costado derecho, con la mano derecha sobre el hombro izquierdo y el brazo izquierdo, estirado a lo largo del cuerpo sobre la ropa. Previamente teníamos que dejar nuestro vestuario sobre un piso ubicado a los pies de cada cama en forma ordenada y nuestros zapatos en 45° junto al mismo piso. El Cadete que no lograra acostarse en el tiempo establecido, recibiría un castigo que consistía en salir de nuevo a formar al pasillo, donde debía hacer lo que el brigadier llamaba un spin, el mismo nombre de una maniobra que se realiza en avión y que más adelante aprenderíamos a efectuar. El Alférez que nos daba estas instrucciones, no nos explicó en qué consistía este castigo. Me sentí muy intrigado cuando hicieron salir al pasillo a los que no habían alcanzado a acostarse en el tiempo permitido. Sentí ruido de pies, y luego escuché que les daban 3 tiempos para llegar a la cama, pero no siempre oía que corrieran, sino sólo un golpe como de algo que chocara. Mi curiosidad pudo más que mi temor; me asomé por sobre el muro y alcancé a ver a un cadete que se inclinaba y tomándose los tobillos lo hacían girar en esta posición, rápidamente, en torno a sí mismo, y cuando calculaban que se encontraba mareado, le daban tres segundos para regresar a su cama; desorientado, el cadete, salía corriendo para donde estaba vuelto y, en ocasiones, contra los estantes y de ahí el ruido del golpe que me tenía intrigado. Otro de los motivos para recibir este castigo era el no tener rigurosamente ordenada la ropa, de acuerdo a las instrucciones impartidas. También se nos repartió una larga huincha de género de casi 1cm. de ancho con los números que cada uno tendría mientras estuviera en la Escuela y con los que debíamos marcar, cosiendo, cada pieza de ropa. Mi número fue el 208.

A la mañana siguiente, exactamente a las seis, sonó un timbre que nos indicaba que teníamos que levantarnos. Como era mi costumbre, me quedé unos segundos más antes de incorporarme, pero muy pronto aprendí que el sistema era muy diferente al de mi casa. Un brigadier, parado frente a mi cama me lo recordó y me ordenó salir de inmediato, en carrera, hacia las duchas. Recuerdo que me hice la reflexión en ese momento: – ¡dónde diablos me vine a meter! -. Me pregunté si sería capaz de soportar el sistema, pero bueno… me dije, sabía que no iba a ser fácil, de manera que me decidí a no pensar más en el asunto y me propuse hacer todo lo mejor posible. Me incorporé, me puse la bata y antes de pasar a las duchas, hice “los rollos”, que consistían en enrollar ordenadamente la ropa de cama hacia atrás para que ésta se ventilara tal como se nos había enseñado.

Las duchas formaban un pasadizo de unos ocho metros de largo más o menos, con salida de agua por los costados y desde arriba, con bastante presión y evidentemente fría y, a medida que avanzaba el tiempo hacia el invierno, me parecía aún más fría. En ocasiones había que golpear las cañerías para que el agua circulara, debido a la escarcha que producían las bajas temperaturas de la época. Luego, en un lavamanos que se nos había asignado, nos afeitábamos y completábamos nuestro aseo.

Teníamos media hora desde el momento en que sonaba el timbre hasta estar formados en el pasillo para salir de los dormitorios; y esto incluía la cama hecha de tal forma que tenía que pasar la inspección del brigadier, quien con una moneda que lanzaba sobre la colcha, comprobaba si estaba bien estirada, dependiendo esto de si la moneda rebotaba o no. Si ésta no estaba lo suficientemente tensa, era desarmada y el cadete debía hacerla de nuevo, además de recibir algún otro castigo.

Siempre formados, salíamos a trotar durante media hora por la losa de estacionamiento de aviones antes de dirigirnos a los comedores para desayunar. Este último consistía en un plato hondo de porridge, una taza de café con leche y pan, acompañado normalmente… yo diría en un 90% de las veces, con dulce de membrillo. Comentábamos entre nosotros que el Oficial Ranchero, lo más probable es que fuera dueño de una fábrica de ese dulce.

A las 07:40 hrs. aproximadamente, salíamos de los comedores siempre formados, para regresar a los dormitorios donde teníamos unos quince minutos de régimen interno; se nos asignaba este tiempo para revisar nuestra ropa, marcarla y ordenar nuestros estantes. Después de esto nos dirigíamos a clases, las que empezaban a las ocho de la mañana y hasta las doce del día.

Siguiendo con la descripción de lo que era un día más o menos típico de un cadete, diría que todo estaba absolutamente programado, pero no por eso resultaba rutinario o aburrido ¡de ninguna manera!

Dentro de esta rigurosa programación existían variantes como iremos viendo y que constituían una verdadera sorpresa y muy singulares, por decirlo de alguna manera. Terminadas las clases nos íbamos formados hasta nuestros dormitorios, donde teníamos un nuevo período de régimen interno antes de almuerzo. Toda la Escuela se formaba frente al pabellón de comedores, el Alférez de servicio recibía cuenta de cada una de las escuadrillas, éste le daba cuenta al brigadier mayor y a su vez el brigadier le daba cuenta al oficial de servicio que era normalmente un oficial con el grado de Teniente, el que finalmente autorizaba para que la Escuela pasara a almorzar. En primer lugar, lo hacían los alféreces de tercer año, luego los sub-alféreces y finalmente la escuadrilla de cadetes. Una vez dentro de los comedores, había que ponerse firme junto al puesto que se nos había asignado previamente y, cuando todos estábamos listos, el brigadier a cargo de nuestra escuadrilla, que también era un alumno de tercer año, ordenaba que nos sentáramos, lo que teníamos que hacer con mucho cuidado para no hacer ruido, si algún despistado arrastraba la silla, toda la escuadrilla tenía que repetir esta maniobra hasta que resultara del agrado de nuestro brigadier.

Después de almuerzo, venía uno de los momentos más gratos del día, que consistía en una hora de casino, donde podíamos fumar, escuchar música, leer, escribir cartas o simplemente conversar para ir conociéndonos mejor entre los nuevos compañeros. Como era el momento más apreciado por todos, era también, la sanción que aplicaban con más frecuencia los alféreces y sub-alféreces. El que era castigado sin casino tenía que pasar a los dormitorios para hacer régimen interno y dedicarse a ordenar o reparar su ropa exclusivamente. En el casino precisamente tuve mi primer castigo a los pocos días de llegar. Pasaba por delante de una mesa ocupada por sub-alféreces y veo que uno de ellos, con una seña me indicó que me acercara.

Cuando estuve junto a él, me hizo notar que tenía un botón de mi casaca desabrochado, y luego, con voz muy calmada dijo:

– Un cadete debe cuidar siempre hasta el más mínimo detalle en su presentación personal de manera que para que no lo olvide nunca más, le voy a cortar todos los botones de su casaca y se va a presentar en veinte minutos con todos ellos cosidos y debidamente abrochados.

Sacó un cortaplumas y en forma muy parsimoniosa los fue cortando uno a uno y luego me los entregó para que cumpliera la orden. Me sentí como un tonto, pero no tenía alternativa y por supuesto que me di prisa para cumplir lo ordenado dentro del plazo a fin de evitar males mayores.

Muchos años más tarde, ya retirados de la Fuerza Aérea, pero ambos dedicados siempre a la actividad aérea, nos encontramos y fuimos muy amigos. Era una persona de una gran calidad humana y un excelente piloto, hacía instrucción en el Club Aéreo de la Dirección de Aeronáutica y era muy querido por todos sus compañeros. Falleció años más tarde en un accidente que también relataré más adelante. (1)

Prosiguiendo con las actividades del día, después del casino, pasábamos de nuevo a las salas de clases para continuar con nuestros estudios, a pesar de que durante los tres primeros meses alternábamos, en las tardes, las clases con la instrucción equivalente al servicio militar, es decir, nos entregaron el fusil Mauser que nos acompañaría los tres años de Escuela. Aprendimos a desarmarlo y armarlo con rapidez, a mantenerlo permanentemente limpio y a cuidarlo como si fuera nuestro más preciado tesoro: debía lucir reluciente, aun cuando durante la instrucción militar, pasábamos más en tierra que de pie, el fusil, sin embargo, nunca debía tocar el suelo, si teníamos que arrastrarnos, lo poníamos sobre nuestros codos en una posición que se llamaba “punta y codo”; si nos castigaban y nos ordenaban hacer “tiburones” teníamos que hacerlo con el Mauser colgando de nuestra boca por la correa, de esta forma, no quedaba abandonado ni por un segundo. Era tanto el fervor que se iba adquiriendo por cuidar nuestro fusil que, en cierto modo, lo cuidábamos más que a nosotros mismos; eso quedó de manifiesto, cuando en una ocasión, al pasar por unos sectores que estaban llenos de barro por unas lluvias recientes, todos quedamos irreconocibles, no así nuestro armamento. Para no llegar con todo el barro a los dormitorios nos lanzaron agua con mangueras de incendio hasta que empezaron a aparecer nuestras caras y nuestras ropas.

Después de las clases o de la instrucción de la tarde, había de nuevo, un período de régimen interno y a continuación, la comida, que era una rutina similar a la del almuerzo, media hora de casino y, finalmente, la escuela se formaba frente a los dormitorios donde el oficial de servicio recibía la última cuenta del día. Las escuadrillas que no tenían problemas pendientes, podían pasar a los dormitorios en forma normal, pero aquellas que por uno u otro motivo se habían hecho merecedoras a un castigo general, se quedaban afuera y se les aplicaba lo que se llamaba un disciplinario. Existían varias formas de disciplinario, uno que podríamos llamar el más simple, consistía en salir a trotar por aproximadamente una hora. Durante el trote, si el brigadier gritaba – ¡tierra!, prácticamente teníamos que desaparecer en el suelo, inmediatamente después, daba la orden de incorporarse y seguir corriendo, y así sucesivamente sin parar. La primera vez que nuestro curso tuvo uno de estos disciplinarios, recuerdo que el brigadier, cuando habían transcurridos unos cuarenta y cinco minutos, se puso generoso y nos mandó a dar una vuelta a la torre de control, distante desde donde estábamos, unos cien metros, con la promesa de que los cinco primeros cadetes que llegaran podían irse a acostar; aquí ocurrió un hecho que me hizo apreciar la calidad humana de los que componían mi escuadrilla.

Cuando estuvimos detrás de la torre de control, uno de mis compañeros, tomó la iniciativa y exclamó.

– ¡Alto! Formemos en una sola línea y así todos vamos a llegar primero. De esta forma, cuando aparecimos detrás de la torre de control, éramos una fila rigurosamente alineada. El brigadier al parecer no tenía el sentido del humor que esperábamos, porque tuvimos que seguir unos quince minutos más con nuestro castigo.

En los días de lluvia había otra modalidad menos movida, pero no por eso menos dura. Esta consistía en plantones en los pasillos de los dormitorios, donde había que permanecer en posición firme, con el fusil al hombro, durante períodos largos de tiempo y sin poder mover ni siquiera los ojos. El Mauser pesaba, si mal no recuerdo, poco más de siete kilos, sin embargo, cuando había transcurrido una media hora en esa posición, nos parecía que pesaba toneladas.

Descubrimos también a poco andar, un nuevo uso que se le podía dar a los estantes metálicos donde guardábamos nuestras pertenencias. En una oportunidad en que al parecer nos hicimos merecedores a un castigo más ejemplar, nos hicieron subir a toda la escuadrilla sobre los bordes de los estantes, en posición firme, vueltos hacia la pared, y con los talones sobresaliendo, en cierto modo, sosteniendo nuestro cuerpo en la punta de los pies.

Demás está decir que, a los pocos minutos, nuestras pantorrillas empezaron a sentir el efecto del esfuerzo y sabíamos que más temprano que tarde el dolor se iba a hacer insoportable. Nadie quería iniciar la caída, dado que estábamos sentenciados a que los tres primeros que cayeran quedarían sin salida el fin de semana. De nuevo apareció en la escuadrilla el espíritu de compañerismo que había visto en el disciplinario anterior. Los que estaban soportando en mejores condiciones el castigo, sostenían disimuladamente a los más cansados, mientras, también con mucha discreción y apenas susurrando para no ser oídos por el brigadier, buscábamos a tres voluntarios dentro del curso que no tuvieran mayor necesidad de salir el fin de semana, para que fueran los primeros en dejarse caer; segundos después lo hacía el resto de la escuadrilla. Esta modalidad de castigo, tenía cierta similitud a otro que llamábamos “las peras maduras”. A diferencia con el anterior, este se hacía al aire libre. La primera vez que se nos aplicó este último fue con motivo de los ensayos de fin de año para la ceremonia de graduación del curso de alféreces. La primera y segunda Escuadrilla teníamos que representar un Tatoo que consistía en hacer diferentes figuras y cambios de formaciones sincronizadas, sin voz de mando y sólo al compás de marchas interpretadas por el Orfeón de la Escuela.

Este terminaba con una descarga de fusilería que debía sonar como un solo estampido. Eran tantos los tiempos que debíamos memorizar y los detalles que teníamos que cuidar para que todo saliera con la precisión que se requería, que no faltaba aquel que olvidaba algo y que producía una descoordinación que obligaba a repetir todo el ejercicio. Para qué decir que la descarga de fusilería parecía más una descarga de ametralladora que el estampido de un cañón, como era la idea. Esto desesperaba tanto a nuestros superiores, que el propio subdirector de la Escuela en una oportunidad tiró su gorra al suelo, y pisándola de rabia, llamó al oficial a cargo de estos ejercicios, y me parece que le dio no más de cuarenta y ocho horas para que todo saliera en forma impecable o la Escuela completa tendría un castigo.

Como nuestro curso era el que generalmente, por la inexperiencia cometía las fallas, nos castigaron y nos hicieron colgar de las manos, en las barras metálicas donde se instalaban las lonas que cubrían la tribuna oficial de las autoridades. Los primeros cinco en caer se quedarían sin salida ese fin de semana. ¡A los pocos minutos los brazos empezaban a doler! De modo que, para soportar un poco más, entrelazábamos los dedos y tratábamos de relajarnos para olvidar el dolor. Mientras colgábamos, optamos por la misma política que cuando nos habían castigado sobre los estantes, es decir, buscar cinco voluntarios para ser los primeros en caer. En esa oportunidad ofrecí ser uno de ellos. Nos dejamos caer y a los pocos segundos nos siguió toda la Escuadrilla. Esto nos recordaba la caída de las peras cuando maduran en el árbol, por eso lo bautizamos con ese nombre: “las peras maduras “.

En medio de todo el cansancio y el desaliento que a veces nos embargaba por estos castigos, surgía algún episodio que, tiempo después, resultaba simpático recordar, es el caso en que, en una oportunidad cuando ya no dábamos más por el agotamiento, el oficial a cargo, autorizó para que un cadete contara un chiste, tal vez con la idea de levantar un poco el ánimo ya bastante bajo; apareció la vena humorística de Tamayo quien se paró y con su simpatía habitual anunció:

– Les voy a contar un chiste que relata una pelea de box: primer round, se para Pérez de su rincón, le pegó un combo al Gringo Johnson que lo tiró contra las cuerdas … Y así prosiguió diciendo cualquier cantidad de disparates que hacían reír al oficial, hasta que éste se dio cuenta que le “estaban tomando el pelo”, era el round número diez cuando vio que el propósito era ganar tiempo y seguir descansando un poco más.

Tamayo desde el principio se destacó por su desplante y la gracia con que contaba los chistes. Recién ingresados, se organizó un circo en el casino de cadetes, en el que nuestro compañero sacó la cara por la escuadrilla, imitando a uno de los oficiales que más sobresalía por su severidad; su simpatía conquistó a todos los presentes. Esta misma simpatía, lo salvó de que no lo sancionaran, por tomar como blanco de sus tallas a un alto oficial de la Escuela. Muchos años después, ya todos con muchas canas, fuera de la institución, nos reunimos, periódicamente, en almuerzos de camaradería, y hemos constatado con satisfacción que no ha perdido sus condiciones.

A los tres meses de haber ingresado se llevó a cabo “La revista de reclutas”. Esta era una sencilla ceremonia en que los cadetes demostraban todo lo que habían aprendido en lo que respecta a la instrucción militar. Se hacía ante el Director de la Escuela y en ocasiones ante alguna otra autoridad de la misma Institución y por supuesto con la asistencia de familiares. Esto equivalía al servicio militar, de manera que los cadetes que se retiraban después de esta fecha, quedaban con esta obligación cívica cumplida. La ceremonia terminaba con un desfile ante las autoridades institucionales.

Para la gran mayoría, ésta era la primera vez que íbamos a participar en un desfile, y sabíamos que, tanto los ojos de nuestros familiares como de todos nuestros superiores iban a estar puestos en nosotros para juzgar lo que habíamos aprendido.

Pero las cosas no salieron todo lo bien que esperábamos. Hacía unos dos meses, poco después de nuestro ingreso a la escuela, un pequeño perro de una raza indefinida o “Quilterry” de esos que se ven comúnmente por las calles, se había encariñado con nuestra escuadrilla. No sé si él nos adoptó a nosotros o fuimos nosotros los que lo adoptamos a él, pero nos empezó a acompañar de la mañana hasta la noche con una fidelidad increíble, lo que le valió el nombre de “El Machaca”. Este nombre se les daba por lo general a los cadetes que se esmeraban en cumplir rigurosamente, en forma exagerada a veces, con todas sus obligaciones, sobresaliendo de esta forma del resto de sus compañeros. Desde que apareció participó de todas nuestras actividades.

Cojeaba un poco de una de sus patas delanteras, se rumoreaba que producto de un disparo efectuado por un teniente y es muy probable que esto hubiese sido cierto porque tenía una marcada antipatía por todos los oficiales. Sabía distinguir con toda precisión entre estos últimos y un cadete. Esta habilidad nos salvó en más de una ocasión de un castigo porque cuando el curso se encontraba solo y dábamos rienda suelta al desorden, éste nos avisaba con la debida anticipación si alguno de nuestros superiores se acercaba. No dejaba de ladrar hasta que nos veía a todos tranquilos. En esta ceremonia que estábamos a punto de iniciar, la Escuela estaba al mando de un Comandante. un hombre alto y fornido que caminaba siempre en forma muy erguida. Cuando vio que el Director se acercaba por uno de los extremos de la losa donde estábamos formados, tomó posición para dar las órdenes de rigor a fin de rendirle los honores de reglamento. Pero nosotros habíamos visto a su vez que por otro lado se acercaba también “El Machaca” que venía con un despreocupado trote y moviendo su recortada cola, a tomar su puesto frente a nuestra escuadrilla. El Comandante mientras tanto con un potente vozarrón dio su primera orden.

– ¡Escuela al hombro… – en ese momento se percató de la presencia del Machaca y en vez de terminar con la orden que había empezado, gritó con la misma fuerza! – ¡sale perro! – a la vez que hacía un ademán con la espada.

Como nadie se esperaba esto último, algunos alcanzaron a llevarse el fusil al hombro, otros llegaron sólo a la mitad y el resto no se movió… fue un caos total. Después de los primeros segundos de desconcierto tuvimos que apretar los dientes y hacer enormes esfuerzos para no soltar la carcajada lo que nos habría traído sin duda serios problemas.

Afortunadamente el Director aún estaba a cierta distancia y al parecer no alcanzó a darse cuenta del percance lo que le dio tiempo al Comandante para rectificar y repetir su orden en la forma correcta sin preocuparse esta vez del perro. Mientras tanto, aprovechando la confusión, los que estaban más cerca de nuestro amigo canino lo conminaron a que se pusiera discretamente detrás y así evitarle posteriores represalias. Aparte de este incidente todo el resto de la ceremonia salió bien, y obtuvimos las primeras felicitaciones, después de tantos sinsabores y pesares.

En el futuro, las prácticas militares, fueron más esporádicas y se les daba más énfasis a los estudios de ramos profesionales que finalmente nos convertirían en pilotos de guerra y oficiales de la Fuerza Aérea.

La siguiente participación de la Escuela sería para el 21 de Mayo, que en esos tiempos se hacía frente al Palacio de la Moneda. Ese año, estaba invitado por el Gobierno, el general Montgomery, famoso por sus campañas en el norte de África durante la segunda guerra mundial. Llovía torrencialmente y el agua prácticamente hacía una cortina en nuestras viseras, la humedad se pasaba a través de nuestros capotes (abrigos) y el frío empezaba a sentirse, pero igualmente teníamos que permanecer inmóviles en espera de que llegaran las autoridades. A veces esta espera se prolongaba por horas. En esta oportunidad comprendimos que los largos plantones con el fusil al hombro y los disciplinarios tenían una razón de ser, porque nos permitía soportar con la moral en alto todos estos sacrificios, aun cuando las condiciones del tiempo fueran tan adversas como lo fueron ese día.

Desfilamos ante el Sr. Presidente y su invitado como si lo estuviéramos haciendo en un hermoso día de sol. Nadie se resfrió, nadie se enfermó.

Después de esta nueva experiencia, las clases prosiguieron y todo volvió a su normalidad dentro de la Escuela, con esa rutina que ya he descrito en las páginas anteriores, con algún disciplinario de vez en cuando, ya no tan seguidos como antes y con algunos castigos individuales, tales como quedar sin casino, no poder salir los fines de semana, en fin…

A estas alturas del año empecé a notar con más fuerza el desnivel de la educación de provincia, con respecto a Santiago, por lo menos en aquellos tiempos. Para suplir esta diferencia, solicitaba frecuentemente horas extraordinarias de estudio.

Cuando se hacía la formación para la última cuenta del día, el oficial de servicio, antes de hacer pasar a los cadetes al dormitorio, preguntaba si había alguna petición que alguien quisiera formular; era en ese momento que uno podía dar un paso adelante y pedir permiso para regresar a los pabellones de estudio, lo que se autorizaba como máximo hasta las 24:00 hrs.

Como esta formación se realizaba a las 21:00, teníamos 3 horas extras para estudiar. Para mí fueron muy importantes ya que me permitieron ir poco a poco nivelándome con el resto del curso.

Esta rutina se vio alterada de nuevo los primeros días de Septiembre en que empezaron los preparativos para la Parada Militar con motivo de las Fiestas Patrias. Como siempre, ésta se realizaba en el Parque Cousiño, actualmente Parque O’Higgins.

Primero se hacían algunos ensayos dentro de la Escuela, antes de hacer algunas prácticas en el Parque mismo. Era la primera vez que íbamos a desfilar junto a las otras instituciones armadas y por supuesto queríamos ser los mejores. Al mismo tiempo se iniciaron también las prácticas de la formación aérea que acompañaría a la Escuela en su presentación en el Parque. Estas se hacían en los aviones de instrucción “Mentor” piloteados por oficiales, unos de la Escuela y algunos traídos de otras unidades, dado que varios de nuestros oficiales tenían que desfilar por tierra con sus respectivas Compañías. Esta combinación tierra-aire hacía más llamativo el paso de la Institución. Hasta entonces nunca había visto una formación aérea de esa magnitud. En provincia, por aquellos tiempos no teníamos oportunidad de presenciar espectáculos como éstos, de modo que todo me parecía fascinante y novedoso.

La presentación resultó brillante a juicio de nuestros jefes, a pesar de que recuerdo que ocurrió un hecho que estuvo a punto de empañar, por lo menos parte de ella. A nuestro Tambor Mayor, se le escapó la guaripola por lanzarla al aire, todo esto mientras dirigía el encajonamiento de la Banda instrumental, con tan buena suerte para él, que logró escamotearla con el pie y lanzarla de nuevo hacia arriba recuperándola como si hubiera sido algo programado. Esto produjo una reacción de entusiasmo en el público, sobre todo entre los más jóvenes quienes lo aplaudieron mucho y sin reparos por esta maniobra. De todas maneras, después recibió un llamado de atención y le prohibieron en el futuro repetirla.

Tuvimos una semana de vacaciones que aproveché para viajar a ver a mis padres en mi añorada y querida tierra de Chillán Viejo. Sentí que mis viejos se sentían orgullosos de este hijo que luchaba por convertirse en Oficial de la Fuerza Aérea y piloto de Guerra. Al parecer habían superado (o disimulaban muy bien) las aprensiones y temores que en un principio tuvieron.

A mi regreso a Santiago después de este corto permiso, me encontré con una desagradable sorpresa, mi tío político me notificó sin previo aviso, que no podía seguir siendo mi apoderado. Esto me complicó muchísimo, porque los fines de semanas, cuando salía, no tenía donde llegar. Procuraba en lo posible quedarme dentro de la Escuela, pero cuando las salidas eran obligatorias tenía que ver la forma de llenar el tiempo de alguna manera. Si contaba con dinero suficiente, entraba en algún cine que tuviera función rotativa y me quedaba en él, la mayor parte del día. Si el dinero escaseaba, simplemente caminaba y caminaba y para descansar me sentaba en alguna plaza a leer un rato, teniendo presente, eso sí, el guardar algunas monedas a objeto de pasar a tomar un café en algún lugar, sobre todo para poder usar los servicios higiénicos. Si no tenía para la movilización, tenía que planificar mi tiempo para llegar caminando hasta la Plaza Bulnes donde a las diez de la noche nos recogía un bus que nos llevaba hasta la Escuela de Aviación.

Los estudios se hacían cada vez más intensos a medida que se acercaban los exámenes; tuve que pedir más a menudo permiso para estudios extraordinarios. Nos comunicaron también, en cuanto llegamos de nuestro permiso de Fiestas Patrias, que los 10 alumnos con mejores calificaciones, empezarían su instrucción de vuelo, por lo menos en su primera etapa, hasta volar solos; el resto de los cadetes empezaría el año siguiente. En realidad, yo no tenía ninguna posibilidad ya que calculaba que mi ubicación dentro del curso era más o menos en la mitad. Puse mucho empeño en este último período, sentía mucho miedo de fracasar; creo que no habría podido llegar de regreso y presentarme ante mis viejos. Todo salió bien afortunadamente. Junto con los exámenes se iniciaron los preparativos para la graduación del último curso que incluía el Tatoo, que mencioné anteriormente. Fue una presentación, muy vistosa y celebrada por todos. En esa ocasión, por primera vez también vi la presentación de la Escuadrilla de Acrobacia compuesta por los mismos aviones de instrucción Mentor.

Durante los ensayos, cuando pasaban invertidos y a muy baja altura, podía ver al piloto y yo me preguntaba si iba a ser capaz algún día de hacer lo mismo. Me confortaba el pensar que, si otros podían, yo tenía que poder. No niego, sin embargo, que sentía cierto temor, más cuando ocurrió un hecho que hasta el día de hoy no deja de asombrarme.

Cuando la Escuadrilla ensayaba un roll en formación sobre la pista, uno de los aviones traseros se acercó mucho al que tenía delante y con la hélice le cortó la cola, dejándolo prácticamente sin comandos. Con mucha sangre fría, el piloto (2) soltó sus amarras, abrió la carlinga mientras se encontraba invertido y se dejó caer, tan pronto se alejó unos metros del avión, abrió el paracaídas y segundos después tocó tierra, fue algo increíble y extraordinariamente rápido. El avión se estrelló sin causar daño.

Así terminó el año más difícil tal vez de esta carrera que había decidido empezar, con la satisfacción de haber cumplido y con la ilusión de regresar a mi querida tierra para unas vacaciones, esta vez más prolongadas “.

  1. Julio Cerda Pino – Ver Curso 1954 y CRONICAS 15.10.2015 – De empleado a empresario – Un mes espantoso
  2. Sergio Contardo Flores – Ver Curso 1950

 

MARIO FELIPE GOMEZ RODRÍGUEZ.-. Asesor en área de finanzas de LAN durante la presidencia de Guillermo Carey.

 

SERGIO ENRIQUE NEAL ACOSTA – Piloto de helicópteros e Inspector DGAC

 

MANUEL TOMÁS ANTONIO RUBIO MARTÍNEZ

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Piloto de DC-3

A lña izquierda en Puerto Williams investigando accidente Bae 146 (1991)

 

Ingresa a Lan el 6 de noviembre de 1961 y comparte curso con los hermanos Miguel y Jorge Alcérreca, Luciano Arias, Gastón Eglinton, Jorge Harvey Carlos León de la Barra y Francisco Rosenthal.

En Noviembre de 1963 es destinado a Puerto Montt con motivo del establecimiento de un servicio regional con aviones DC-3 los que se operan en Alto Palena y Futalelfú con la asistencia de JATO – Jet Assisted Take Off. El equipo de pilotos inicialmente está formado por los Capitanes Ricardo Fuenzalida y Gustavo Siredey, y los 1eros. Oficiales Manuel Rubio y Jorge Harvey. Algo más tarde se agrega el Capitán Eugenio Herrera.

El 6 de febrero 1965, fecha de nuestra mayor catástrofe aérea (el avión DC 6-B CC-CCG N°404 se estrella contra el cerro Catedral, a unos 10 km del Volcán), a Manuel Rubio lo pasan a buscar a su casa a media mañana junto a Alejandro Fornés y Leandro Parra (recuerda Manuel que iban provistos sólo de una chaleca de lana) y los trasladan en camioneta al Cajón del Maipo sin mayores explicaciones y los dejan al pie del cerro del accidente. A esas alturas ya había llegado Fernando Ocampo y había subido al cerro hasta aproximarse a los primeros restos. Más tarde llegan Patricio Puga F., designado para hacerse cargo de la situación en representación de LAN (pero efectivamente se hace cargo el Comandante del Regimiento del Ejército cercano) y Gastón Eglinton como miembro del Socorro Andino. Rubio, Parra y Fornés pasan la noche en precarias condiciones en el lugar, ¡sin habérsele asignado ninguna función específica…!

Otros de sus recuerdos como copiloto se refieren a lo acaecido el 7 Julio 1965 fecha en que el DC-3 N° 208 CC-CBS, vuelo 220-1, con 21 pasajeros y 1 guagua, por descontrol durante el despegue en Los Cerrillos se sale de la pista con el Cap. Julio Naturalli al mando y el Tripulante de Cabina Cristián Prado…A esas alturas Manuel ya había acumulado 2.246:40 horas de vuelo.
Hacia fines de 1966 Manuel participa de otro episodio, bastante curioso, en un vuelo en DC-3 a Tocopilla. Iba como Capitán recién ascendido secundado por el copiloto Jorge Alcérreca (aunque más antiguo, haciendo su práctica a la izquierda para ascenso a Capitán). En la escala hacia el norte en Antofagasta al estacionar el avión, topa con la punta del ala izquierda en una edificación de la FACH quedando bastante deformada. Con el mecánico Jefe de la Posta deciden desmontar la punta de ala para arreglarla mientras el avión prosigue su vuelo a Tocopilla. Al regreso, la punta de ala ya estaría reparada, se re-instalaría y se proseguiría a Santiago como si nada hubiese sucedido. El vuelo a Tocopilla se hizo con toda normalidad salvo una leve compensación adicional. Al regreso en Antofagasta se volvió a colocar la punta de ala, que había perdido su color plateado con el “arreglo” dejando en evidencia obvia, el daño. Pero no hubo problema porque en Los Cerrillos todo estaba convenido para estacionar el avión discretamente distante, donde se pudo devolver a la punta de ala su original apariencia, pasando todo este incidente completamente inadvertido…
En 1969 Manuel es dos veces millonario, en kilómetros y dos años más tarde es Capitán de HS 748.

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En diciembre 1972 es Ayudante del Jefe de Pilotos Ricardo Fuenzalida (una dupla que había adquirido confianza desde la época del regional Pto. Montt), bajo la Gerencia de Operaciones a cargo de Sergio Kurth y como Sub Gerente de Operaciones Alejandro Vidal. Dos años más tarde asume como Ayudante del Jefe de la División de Pilotos ya en calidad de Cdte. de B-727.
El 22 septiembre de 1975 es nombrado Gerente de Operaciones Mario Bontempi que designa a su nuevo equipo: Sub Gerente de Operaciones de Vuelo a Hernán Tapia, Jefe División Ops. de Vuelo a Julio Matthei Sch., Jefe de Pilotos a Jaime Sánchez y Ayudante del Jefe de Pilotos a Manuel Rubio.

 

En Agosto 1981 Manuel cumple nada menos que 8 millones de Km. Sería la última vez que Lan aplicó la bonificación especial de un mes de sueldo por este tipo de cumplimiento. Con el aumento de velocidad de los aviones ya no era realmente “una hazaña”, sujeta a premio, ir cumpliendo millones de KM…

 

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Manuel Rubio (a la izquierda) visitando Isla San Félix, alternativa ETOPS

A mediado de 1982 Manuel se pone pantalones largos y parte a curso de DC-10 en Auckland con Air New Zealand. A esa fecha ocupa el 7º lugar en el escalafón de pilotos (de un total de 51).
El 8 de Julio 1986 a Manuel le toca hacer el curso de B-767 en Seattle. Como Cdte. de B-767 registra en 1992 un total de 20.090 horas de vuelo.
En el año 2003 cumple su edad de retiro y es despedido por primera vez en Lan con una ceremonia de “arcos de agua” al arribo de su último vuelo. Una iniciativa que hay que agradecer al Comandante Patricio Toro Papapietro, entonces Jefe de Flota de B-767. Es una tradición que se ha seguido respetando hasta hoy.

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Desde su retiro es un activo Director de nuestra Asociación de Pilotos (R)

LUIS ALBERTO SANDOVAL VELÁSQUEZ– Fue Ingeniero de FAST AIR

FÉLIX RENÉ SUGG PIERRY – Fue copiloto de LAN a inicio de los 60. El 10 de Abril de 1961 acompañando al Capitán Sergio Riesle avista el DC-3 Nº 210 estrellado en el cerro Lástima, al interior de Linares.