(Por Diego Barros Ortiz)

 

Tenía perfil de medallón y como fuera esmaltado sobre metal noble, perdurará ARTURO MERINO BENITEZ, General del Aire, más allá de los cierzos de los inviernos, de los fuegos de los veranos, muchos años aún, porque su paso impresionó huellas perdurables sobre el camino.

 

Cuando ingresé a las filas de nuestra aviación era el Comodoro Merino, aún sin los galones, realmente un Comodoro del Aire. Sopló el viento de los años con dureza sobre todos nosotros, nieve y grietas sobra los Cóndores de ayer y sus riscos inaccesibles desde la Escuadrilla de las Águilas Blancas hasta esta otra, que se contunde con la aurora, el Sábado 2 de Mayo de este1970 continuaba siendo el mismo Comodoro del Aire, con idéntico perfil, como un buen vino mejorado en los años, con su genio y su tremenda estatura espiritual.

Fue realmente un creador y a semejanza de los antiguos capitanes extremeños creó, mientras caminaba, organismos e instituciones al igual que los otros que edificaron pueblos y construyeron razas.

 

Tengo en mis manos algunas hojas del viejo calendario con su santoral y sus recuerdos. Releo en una: “Nació la Fuerza Aérea”; en otra, “La Línea Aérea Nacional es una realidad”. Las hojas dan solamente citas y fechas, pero como viví personalmente esos acontecimientos, estoy con ellos y reconozco a su creador con admiración y cariño.

 

Veníamos de Los Cóndores en Iquique a sumar nuestra fuerza, más que eso aún a poner nuestra bizarra inquietud veinte añera bajo su mando y su rebeldía. La patria vivía momentos inciertos. El Comodoro se había alzado como protesta y quería sus aladas huestes le acompañaran en su gesta. Y es así como finalmente despegamos de El Bosque rumbo al Norte en esa aventura que se llamó con cierta ironía “La Fuga de los Cisnes” y a la cual posteriormente se le fijaron ribetes románticos.

En Ovalle la bruma y más que la bruma, la mano de los, detuvo nuestro vuelo y en la densa penumbra de esa mañana lejana, nuestras alas quedaron enredadas en las mallas de una niebla densa e impenetrable. El Comodoro emergía de la niebla como una torre, rodeado por algunos de sus capitanes de medallón, al menos así le mirábamos nosotros, cachorros de aeronautas, y aun cuando caímos prisioneros por la celada de la niebla, nos reconfortaba el sabernos unidos con él por el mismo infortunio.

Dos semanas más tarde, aún prisioneros, preguntó el fiscal, un pundonoroso General de Caballería, al dar término al interrogatorio de rigor:

 

– “Teniente, ¿tiene algo más que agregar?”

Y todos, uno por uno dimos, sin vacilación, con voz respetuosa y serena, esta respuesta de otra edad:

– “Mi General, si mi Comodoro Merino nos volviera a pedir que le siguiéramos, le volveríamos a seguir “.

 

Tiembla en mis manos otra hoja del calendario. Desde la lejana Punta Arenas venía el Junkers 6 zamarreado por los temporales y los vientos, bajo un cielo y sobre un mar siempre en beligerancia. El ave de metal venía herida y entre las luces de la tempestad y sobre las opas encrespadas posó su cuerpo enfermo, a la manera de un albatros herido. Desde su vientre emergieron las siluetas del Capitán Alfredo Fuentes, de Luis Soto, de Alfredo Moreno, el mismo que recién se recuperaba de un gravísimo accidente en Collipulli en un avión piloteado por mi hermano el Capitán Mario Barros, el mecánico Ildaricio Espinoza y el técnico Reiche. El Comandante Merino era el jefe de la aeronave. No diré la epopeya de esos centauros cediéndose un lugar en la pequeña balsa de goma, mientras el hidroavión se sumergía. La entereza y la generosidad no solo fueron los únicos tributos. Para ello fortalece releer las páginas de la admirable historia de la aviación de mi camarada Flores, como asimismo la minuciosa y viva relación que del hecho nos hace Rodolfo Martínez Ugarte. En síntesis, desde el Comodoro Merino hasta el soldado Espinoza eran cada uno en sí, semejantes a esos legendarios capitanes de mar que no podían sobrevivir a la agonía de su nave.

 

Allá por los años 30 cayó abatido en “suprema sed de cielo”, mi camarada el Sub teniente Shell. Yo volaba mis primeras horas de piloto y cuando mi amigo cayó rendido en su avión con el mismo vaivén de una hoja en la tormenta, sufrí un terrible impacto; era el primero en morir en nuestro curso, sus 20 años eran nuestros 20 años, sus sueños fueron nuestros sueños. Por él se escribió “Camaradas”, versos que nos repetían “Camaradas en la vida y en la muerte, camaradas”. Era una congoja encerrada en un verso simple. Uno de los nuestros, tocado por la tristeza de las palabras, se apresuró a mostrárselos al Comodoro Merino. Estaba por nacer la Fuerza Aérea. Era un maravilloso alumbramiento de alas y hélices unidos en un solo haz. Me dijo el Comodoro: “Búsquenos, Teniente, un músico para ellos. Será el himno de la nueva Fuerza Aérea”

 

“Con las alas enarcadas en suprema sed de cielo,”

“Dejaremos, camaradas, uno a uno la legión…’

 

El Comodoro Merino se fue de la legión, penetró en la otra, en esa inmortal escuadrilla de la aurora que reúne, que concentra más allá de los horizontes de la muerte, el vuelo eterno y silencioso de los que, con o sin uniforme, profesionales o aficionados, llevaron sobre las espaldas o las alas de Icaro o las de Alsino, los sentimientos de Espacio, con ambición de Cielo.

En otras Hojas del Viejo Calendario volveremos a conversar de estos pasos humanos, su huella y su nostalgia.

 

El Comodoro Merino, así gustaba que le llamaran, es el emblema de la perseverancia, de la sana ambición, del genio vivo y del carácter acendrado. Su silueta crecerá con los años que vienen, a la manera que se agiganta la sombra de un árbol grande, cuando los rayos del sol de la tarde lo proyectan sobre el horizonte.