SANTIAGO DE CHILE, 1930 (1)

(Extracto de la historia novelada “A cielo abierto” del escritor español Antonio Iturbe)

 

Vivir es nacer poco a poco
Antoine de Saint-Exupery
Piloto de guerra

 

        Antes de partir de Santiago, el jefe de aeródromo le pasó el parte meteorológico que llegaba de Mendoza: «Cielo cubierto con agujeros». Guillaumet se encogió de hombros.

-Me meteré por los agujeros.

        Lleva el avión más moderno de la flota, un nuevo modelo, capaz de escalar por encima de los seis mil metros y saltar por encima de crestas que antes eran imbatibles.

        A la altura que vuela, los picachos de los Andes perforan un mar de nubes y sobre el océano blanco emerge un archipiélago de islas nevadas. Todo es perfecto. Hasta que el motor tose. Un constipado en esas alturas rodeado de aristas es enfermedad que te puede matar.

       Empieza a perder altura y se sumerge en la gruesa capa nubosa. Las nubes le golpean en la cara con sus cristales de hielo. Y el motor se para. Cae. A ciegas. En cualquier momento la neblina de nubes ocultará una pared de piedra y todo habrá terminado. Sigue en caída planeando. Pero ¿planeando hacia dónde? Todo son puntas de cristal y riscos. Entre las paredes de roca vislumbra una masa oscura más abajo. Un parche azuloso en la nieve en medio de un enorme circo montañoso. El mapa se despliega en su cabeza.

La laguna Diamante …

      Tal vez tuviera una oportunidad de aterrizar. La orilla de la laguna es lisa y, si la nieve es lo bastante dura, el avión podría rodar. Alabea. Maniobra para aterrizar.

Vaaamos …

        Le cuesta muchísimo encarar el avión. El viento abusa de su fuerza y las rachas lo zarandean de malas maneras. Aprieta con toda su rabia los cuernos para que el avión guiñe a la izquierda y es como echarle un pulso a un gigante. Aprieta los dientes. Lo logra a duras penas.

Casi …

       Consigue encarar. Se estabiliza. Se posa sobre el contorno de la laguna como uno de los flamencos que la visitan en la primavera. El avión rueda con una vibración violenta que parece que vaya a desarmarlo, hasta que llega a una zona donde la nieve es más tierna y se frena tan de golpe que clava el morro y da media vuelta de campana estrepitosamente.

       Pese al accidentado aterrizaje, que lo ha dejado sentado boca abajo en la cabina agarrado por el cinturón, Henri (Guillaumet) se palpa y encuentra todos los huesos en su sitio. Únicamente siente algunas magulladuras leves. Cierra los ojos y, aliviado, piensa en Noëlle (su esposa). Da gracias a Dios por no haberla dejado sola.

      Al salir a gatas del avión, lo abofetea el viento gélido. A pocos metros se extiende la laguna, que refleja el gris acero del cielo. Había oído decir que en verano venían a abrevar allí centenares de guanacos, pero en este momento, a punto de empezar el invierno, un frio blanco y una soledad sobrecogedora son los únicos dueños de ese paisaje a tres mil metros de altitud rodeado de montañas descomunales.

       Siente mucho frio y pronto oscurecerá. En la montaña el sol se va de prisa y sin despedirse. Decide aprovechar los restos de luz para sacar el paracaídas y envolverse en él al abrigo de una de las alas. Empieza a nevar. El viento silba amenazador al colarse por los huecos del fuselaje y levanta polvaredas de nieve. Parapetado lo mejor que puede, aguanta hasta el día siguiente.

      Una frase dicha por chilenos y argentinos experimentados orbita sobre su cabeza: los Andes en invierno no devuelven a los hombres.

         Durante todo el día nieva en silencio y permanece todo abrigado que puede. Intenta no dormir profundamente para que el sueño no le enfríe el cuerpo y muera de una hipotermia. Cuando la tormenta de nieve encalma al segundo día, se desembaraza del paracaídas y estira los músculos agarrotados. Tiene hambre y hace frio.

       La ventisca ha dejado el avión medio sepultado por la nieve. Mira en derredor: la enorme laguna refleja los colore del cielo, más azul que gris al limpiarse el firmamento tras la borrasca. Puede por fin observar con claridad el entorno: seis formaciones montañosas levantan un circo mineral imponente. Cree que la montaña que se alza más cerca, al otro lado de la orilla de la laguna Diamante, puede ser el volcán Maipo. Ante esa plaza gigantesca de varios kilómetros cuadrados erigida por un arquitecto titánico se siente desoladoramente minúsculo.

        Oye un runrún lejano en las nubes y vuelve la cabeza con alegría. Le cuesta verlo entre los flecos de nubes y cuando lo localiza se queda sorprendido de su minúsculo tamaño. Los pilotos consideran sus aparatos maquinas poderosas. Pero visto en la distancia, un avión es una pulga y enseguida se emborrona entre las nubes. Domina sus nervios y enciende enseguida una bengala. Pero en esas inmensidades, con la luz diurna y frente a las moles gigantes que los rodean, no llega a ser ni una chispa. El avión se pierde entre los pliegues de nubes. No cambia su régimen de motor ni su trayectoria. No avistó la bengala.

          Guillaumet camina deprisa en círculos para entrar en calor. Le queda algo de leche condensada, alguna lata de carne, una botella de ron. Agua no falta. Podría resistir unos días, pero algo le dice que no lo van a encontrar. Tienen cientos de kilómetros cuadrados para cribar, miles de recovecos. Y ese avión que se ha marchado sin verlo descartará momentáneamente esa zona, en la avidez de cubrir otras no explotadas.

       Antes de salir echó un vistazo al parte meteorológico semanal. Después de la borrasca que ha pasado, se sucedían tres o cuatro días de bonanza. Los aviones que lo estén buscando tienen ahí una ventana de buen tiempo. Quizá a otro avión de rescate se le ocurriera, entre las docenas de lagunas, valles, tarteras, altiplanicies y rincones del laberinto de la cordillera, justamente descender para examinar de manera precisa la laguna Diamante y diera con él. Podría ser. Pero ¿y si no sucede?

        Si no sucede, lo que pasara es que esa ventana de buen tiempo se cerrará, porque están entrando en el invierno y el estado natural en esa época es una climatología de nevadas y borrascas. Los aviones de rescate podrían quedarse amarrados en los aeródromos de Santiago y Mendoza. 0 incluso salir, pero carecer de visibilidad alguna. En el invierno el mal tiempo puede durar semanas, quizá meses.

            Vuelve a reconstruir en su cabeza el mapa de la región. Sabe que había cruzado ya el grueso de la cordillera y que no está mucho más de sesenta kilómetros de la planicie argentina. No es una distancia excesiva. Pero sabe que para ir en esa dirección va a tener que franquear el muro de montañas que tiene enfrente. El más bajo debe de tener cuatro mil metros de altura. Acometer esa ascensión sin conocimientos de montañismo, sin cuerdas, sin botas, sin mapas precisos de las rutas …no es posible.

Los Andes no devuelven a los hombres.

        Guarda los víveres en un pequeño zurrón, junto a unas cerillas, la bengala que le queda y un pequeño infiernillo de alcohol. Un feliz hallazgo ha sido un lápiz en el fondo de un bolsillo de la cazadora. Con él escribe sobre el fuselaje, apretando tan fuerte como puede, un mensaje por si llegan hasta el avión: «Parto hacia el este». Le tiembla la mano. Es verdad que hace frio y que tiene las falanges entumecidas. Añade unas pocas palabras más: «Adiós a todos. Mi último pensamiento será para mi mujer». Le tiembla todo al pensar en Noëlle. No es capaz ni de escribir su nombre.

        Empieza a caminar y a cada paso se hunde en la nieve hasta la rodilla. Hasta la cintura. Hasta el ombligo. Avanza penosamente, desfondado por la escasez de oxígeno a esa altitud. En una hora apenas ha avanzado unos cientos de metros. Cuando se para unos momentos a recuperar el aliento, aprovecha para darse la vuelta y contemplar el avión medio enterrado en la nieve, cada vez más minúscula, más borroso. La tentación de volver a él es grande, pero ya ha empezado a caminar y debe seguir. No sabe si llegará. Aún no ha recorrido un kilómetro y ya está agotado. Le quedan por lo menos sesenta más.

        La dificultad del avance en las estribaciones de la laguna, que le pareció tan ardua, se le antoja un paseo cuando llega al pie de la montaña que le barra el paso. Ni siquiera se ve la cima, metida entre las nubes. No es un creyente fervoroso, pero cuando se agarra a una piedra y sube el primer peldaño hacia arriba, se pone a rezar.

          Tras el primer repecho, encuentra una inclinación cubierta de hielo. Las manos le duelen del frio, pero no tiene otra herramienta para tratar de agarrarse y gatear hacia arriba. Llega hasta casi la mitad de la rampa arañando el hielo, pero resbala y desciende boca abajo en un tobogán hasta caer justo donde empezó la ascensión. Le duelen las articulaciones, pero vuelve a iniciar la subida con el máximo cuidado. Otra vez resbala y vuelve a caer. Empieza de nuevo una tercera vez. Una cuarta. Una quinta. Tiene los dedos insensibles y la cara escocida del roce con el hielo. Sexta. Séptima … y lo logra. Cuando culmina la rampa está agotado. Trata de comer algo, pero la carne está congelada, tiene los dedos agarrotados y no es capaz de encender el hornillo. Da un trago a la botella de ron y continua. La noche lo encuentra ascendiendo un caracol que tiembla.

         El cansancio reclama su tributo y los ojos le pesan. El frio también lo invita a acurrucarse. Sabe que si se queda dormido nunca más despertara. Pero necesita una tregua. Se quita la mochila y la coloca en el suelo a modo de almohada para apoyar la cabeza. Sin embargo, al momento cambia de idea: demasiado confortable. Así que se recuesta en un repecho con la espalda presionada por el canto de roca y la cara apoyada entre las manos. El sueño ablanda las piedras, pero al adormecerse, los brazos ceden y la cabeza cae y lo despierta. En ese estado de modorra, adormeciéndose y despertándose bruscamente cada poco minuto, pasa unas horas. Cuando la luna está alta en el cielo, reemprende el camino, ayudado de la linterna.

        La noche es un cuarto oscuro demasiado grande y frio. Guillaumet camina. Está cansado y, sin embargo, camina. Siempre hacia delante. La vida depende de que las bielas de sus piernas no se paren. Sabe que si no deja de andar mantendrá la temperatura corporal suficiente para que el corazón bombee. Si detiene las piernas se detendrá el corazón y todo habrá terminado.

            Piensa en la muerte. Y en Dios. Piensa en todo en lo que uno no piensa los días de diario, demasiado ocupado en la avalancha de las cosas menudas que en ese momento nos parecen grandes. No añora cosas extraordinarias sino lo más cotidiano y aparentemente rutinario: abrazar a tu esposa al regresar de un viaje, tomar un café caliente en las mañanas frías a pie de aeródromo, la charla intrascendente con algún colega, morder una barra de pan crujiente … El estómago le gruñe y la boca se le hace agua. El pan recién hecho … ¡que no daría por algo tan modesto como un pedazo de pan! Tan solo es harina, y agua, y sal, y una pizca de levadura. Y, sin embargo, cuando ve que la vida se le está escapando entre los dedos, que la noche es mucha noche, la montaña demasiada montaña y el frio muy frio, lo que de verdad echa en falta es el pan. Le viene a la cabeza la imagen de la boulangerie de su pueblo y el olor…, ese olor a homo y trigo tostado, a la mantequilla de los cruasanes. Y sin poder evitarlo se le saltan las lágrimas. Se va a morir oliendo a pan. El dolor de los pies, el cansancio. Siente que desea enroscarse, tumbarse por fin.

No…

       La vida es demasiado hermosa para no luchar por ella. La vida huele a pan caliente. En su cabeza empiezan a confundirse las ideas, como si el agotamiento y el ayuno lo llevasen a un cierto desvarío. Ha empezado pensando en Dios y ha terminado pensando en el pan. ¿Sera una asociación de ideas cristiana? No lo sabe. En el mundo muchas razas y culturas tienen dioses distintos y rituales diferentes. Puede imaginarse incluso tribus o grupos humanos que no crean en algo como un dios. Pero no conoce ni es capaz de imaginarse un solo rincón del planeta donde no amasen harina con agua y hagan pan.

         Dios es una hogaza de pan … Noëlle es una miga de pan…

         Se está trastornando. Nota un dolor de cabeza intenso. Pero, loco o cuerdo, no va a dejar de caminar. Adelante. Haciendo crujir el suelo helado. Siempre adelante.

      El amanecer lo encuentra caminando lentamente. La luz va dibujando delante de él un valle y lo atraviesa dejando el sol a su espalda para ganar el este. El espectáculo de la naturaleza no lo consuela. La belleza puede ser despiadada.

          Sufre para atravesar un terreno de nieve fundida que se ha convertido en un barrizal. Tiene los pies mojados. Si se detuviera unos minutos, se le helarían, así que ha de seguir. Al final del valle espera encontrar un paso entre las montañas que lo circundan, pero al fondo solo encuentra una muralla mineral inmensa. No hay salida.

           Se detiene. Cierra los ojos y suspira. Ni siquiera puede permitirse el consuelo de la desesperación. Sabe que ha de volver sobre sus pasos y desandar varias horas de ese camino que tan fatigosamente ha hecho, hasta una bifurcación anterior. Duda si será capaz de resistir. Sabe que en cualquier momento su cuerpo puede fallar, sus piernas doblarse, rodar por el barro y no ser capaz de levantarse. Ese momento está ya cerca. Pero mientras tanto él debe seguir. Y da media vuelta. Y sigue. Debe hacerlo, aunque desee desmoronarse sobre el suelo y descansar al fin. Se lo debe a su esposa, se lo debe a sus amigos, que lo buscan, aunque no puedan encontrarlo.

 

            El único Potez 25 (2), como el del propio Guillaumet, capaz de alcanzar los seis mil quinientos metros lo pilota Deley, rastreando la cara chilena. Tonio (Antoine Saint Exupery) vuela por la zona de los Andes argentinos con un Laté que no alcanza los cinco mil metros. Desesperado, ha tratado de convencer a un jefe de contrabandistas, los únicos capaces de atravesar los pasos más insospechados de la cordillera, para que monte una expedición. Incluso sin consultárselo al señor Daurat, le ha ofrecido en una taberna de techo de chapa una cantidad astronómica para ponerse en marcha. Y el contrabandista ha negado una y mil veces con la cabeza para decide que no: «¿Para qué dejarnos el pellejo? ¿Para ir en busca de un muerto? Ustedes no lo saben: los Andes en invierno no devuelven a los hombres».

            Ha pasado dos días bamboleándose con el Laté sobre las montañas, hacienda zigzags entre las crestas, pero ha regresado a Mendoza tiritando de frio y de angustia. Con las manos vacías. Porque cada día el invierno avanza y la llama de la esperanza se apaga. Deley le dice que los funcionarios chilenos le piden que abandonen la búsqueda, que es inútil. Tonio niega con la cabeza. No van a abandonar, todavía.

          Guillaumet sigue en su propia pelea desesperada tratando de contradecir a los que saben y lo han visto todo. Retrocede caminando sobre sus propias huellas. El hueco de sus botas ha fabricado ya una fina capa de hielo y cruje al pisarla. Trata de pensar en momentos agradables, en días luminosos, para alejar los pensamientos funestos de su cabeza, pero se le han helado los recuerdos.

        Los pies escuecen. Las ampollas revientan. La sangre empapa las botas. Se detiene un momento y saca del pequeño macuto la camisa limpia. La rasga con la navaja y la hace girones para improvisar unas vendas. Se envuelve los pies con dificultad. El frio hace que le tiemblen las manos; las tiene tan entumecidas que hacer fuerza para atar los nudos es un esfuerzo de colosos.

           No puede andar, pero anda. Llega a la bifurcación, que lo lleva por otro camino, menos en dirección este de lo que quisiera. Ya ni siquiera sabe hacia dónde va, pero no puede elegir. Y sigue arrastrando los pies desollados. El dolor no es malo. Las heridas lo hacen sentir vivo. Empieza a avanzar la tarde cuando ve más adelante otra montaña que cierra el paso. Sabe lo que se va a encontrar una hora más tarde, pero no se detiene. Detenerse no. No puede hacerle eso a Noëlle.

         Llega exhausto a una mole de piedra enorme, más de mil metros de muralla vertical cerrándole el paso.

Se acabó.

        No tiene fuerzas para franquear un pico así. Se da cuenta ahora, demasiado tarde, de que nunca debería haber abandonado el avión. Ya que más da. Por fin, se sienta en el suelo con la espalda contra una roca plana a esperar la muerte y siente alivio al pensar en el seguro de vida que contrató. Al menos, le servirá a Noëlle para arreglarse un tiempo. Seguramente regrese a Suiza y rehaga su vida. Se le hace extraño pensar que ella pueda tener otra vida sin él. Le gustaría que la tuviera, pero también que no fuera capaz de hacerlo. Son sentimientos extraños. Contradictorios, pero no tanto. El amor y el egoísmo son viejos amigos.

        De repente, siente una oleada de terror. Para cobrar el seguro, han de encontrar su cuerpo. Si no lo encuentran, figurara legalmente como desaparecido y pasaran diez años antes de que certifiquen su muerte. Años de incertidumbre y sufrimiento porque Noëlle se aferrará a creer que está vivo. Para certificar su muerte deberían encontrar su cuerpo, pero con cualquier tempestad del invierno puede caer una tonelada de piedras arrastradas sobre él y que no lo encuentren nunca. Ese pensamiento lo subleva. Mira hacia arriba; a metros de altura hay un repecho.

         En esa plataforma más a la vista tal vez sería más fácil que encontraran el cuerpo en verano. No le va a resultar nada fácil llegar ahí. No tiene ninguna experiencia como escalador y sus energías están agotadas. Pero invertirá lo poco que le queda en eso. Su último gesto de amor será morir para Noëlle.

        Abre y cierra las manos varias veces para recuperar un poco de flujo sanguíneo y toma del bolsillo la botella de ron para dar el último trago. No le gusta el ron. Es como bebe queroseno. Pero calienta el estómago por un instante. Aprovecha ese tirón momentáneo para ponerse en pie y tratar de llegar al repecho. Empieza a trepar.

      Lo cierto es que lo logra con menos dificultad de lo esperado. Y unos cuantos metros más arriba hay otro repecho más despejado. Si se resbala, caerá y se destrozará contra el suelo, pero como morir ya no le preocupa, no hay inquietud en sus movimientos lentos de koala.

         Se dirige al segundo repecho y llega en unos minutos. Pero en vez de tumbarse mira hacia arriba. ¿Y si siguiera?

    Un leve ronroneo en el cielo le hace alzar la cabeza. Una mota en el cielo. Un avión lejano rozando temerariamente los pináculos de esa inmensa catedral de las nieves eternas.

          Tonio …

         En un segundo lo tapan las franjas de nubes, lo borran. Lo sabe, en los Andes un avión es un rastrillo de juguete arando en un desierto.

         Y continua hacia arriba.

       Se pregunta que nos hace subir. De donde sacamos las fuerzas para no dejarnos ir como una hormiga en un desagüe. Por qué luchamos tanto por una vida que de todas formas vamos a perder. No lo sabe.

         Resopla. Se detiene un momento. Empieza a anochecer y ha de encender la linterna. Saca de nuevo la foto de su esposa. Le sonríe. El sí sabe por qué lucha: para estar otro día mas con ella.          Si sale de esta, no habrá cambiado aparentemente gran cosa, porque después llegara otro accidente, o una enfermedad, o simplemente la vejez, y morirá de todas maneras. Pero en ese momento comprende todo con la claridad que solo da mirar la vida desde el borde del precipicio final. Y sonríe como sonríen los moribundos. Cada minuto de vida es la vida entera. Cada segundo es la eternidad.

          Toma la última galleta. Ya solo le quedan dos pequeñas latas de carne. Se le saltan las lágrimas porque querría abrirlas y no puede. Oscurece y trepa a cámara lenta montaña arriba, Los pies le arden. Eso es bueno; no se han congelado aún. Rema.

         Tiene la Cruz del Sur sobre su cabeza. La noche se hace eterna. Cuando la luna se pone ya solo cuenta con la linterna y el consuelo gélido de las estrellas. Las estrellas son sus amigas: son la señal de que no hay nubes. Con tiempo despejado hace más frio, pero una tormenta de nieve en plena ascensión a oscuras seria la muerte. Por eso mira hacia arriba y siente que ellas lo protegen de la nieve. Pero ¿quién lo va a proteger de despeñarse por cualquier precipicio ascendiendo a ciegas? Reza a la Cruz del Sur.

          Se para a descansar en un repecho. Está agotado. Le parece que pierde el conocimiento un momento y luego empieza: sutilmente clarear. El negro se hace más azulado. Un azul de tinta oscura. Hay algo grandioso en ese amanecer sobre los, Andes. No sabe si sobrevivirá al siguiente repecho o si se quedara allí para siempre. Ese amanecer bajo cero en medio de una montaña de una crudeza mineral manchada de charcos de nieve le contagia una calma extraña. Le hace sentir que forma parte de ese mundo; acaba de despertar y siente un respeto reverencial por ese planeta que sabe más que nosotros mismos.

           Una oleada de bienestar lo invita a acurrucarse y cerrar los parpados. Se recuesta contra la pared. Lo recorre un escalofrió y a la vez un leve calor al arrebujarse entre sus propios brazos, también una serenidad pesada como si de repente su cabeza se hubiera llenado de lana. Si eso es la muerte, no le parece tan mala. Es un algodón dulce. Se parece al sueño. Es el sueño. Se muerde la lengua con todas sus fuerzas hasta que la punzada de dolor lo hace dar un respingo y agita los brazos entumecidos y entonces siente todo el frio de la cordillera en los huesos y empieza a tiritar compulsivamente. Es una sensación horrible, desagradable, dolorosa …, una especie de ataque epiléptico de frio y agotamiento físico y nervioso que parece que vaya a hacerlo explotar por dentro. Convulsiona, tiene taquicardias …, el dolor que lo desgarra por dentro es la vida, ha vuelto tras haber traspasado por un instante la línea. Se mete un puñado de nieve en la boca.

            Grita.

         Es un grito sin palabras, solo grita. La montaña lo escucha y le devuelve su eco como si hubiera docenas de Guillaumets acompañándolo.

            ¡Seguir! ¡Seguir! ¡Seguir!

            Su cerebro ordena a su cuerpo, le grita desde dentro.

            ¡Seguir! ¡Seguir! ¡Seguir!

          Se pone en marcha tambaleándose como uno de esos carromatos de buhonero cargado hasta los topes, tirado por un jamelgo viejo y cansado. Sigue subiendo lentamente.

        Asciende a cuatro patas una rampa y tiene las palmas de las manos en carne viva. El sol tímido esta alto cuando la montaña se suaviza y se vuelve más dócil. El aire se engorda y se arremolina. La cima. Es una planicie irregular desde la que la vista no es capaz de ver el final del mar de crestas de piedra hacia el norte con las nieblas envolviendo los valles entre picachos. Un riachuelo semicongelado desciende montaña abajo. El agua busca el valle. Ese es su camino. Puede ser que descienda esta montaña y enfrente solo haya otra montaña. Pero no hay más opción.

         El descenso resulta más difícil que la subida. Resbala y se golpea un codo. Vuelve a resbalar y cae rodando unos metros hasta golpearse contra una roca afilada que le abre una brecha en un muslo.

       Llega a una angostura por la que pasa el rio. La oquedad es muy estrecha y forma un túnel natural que deja apenas unos centímetros entre el agua y el techo de roca. La única posibilidad de pasar es ser él también rio. Se mete en el agua helada, que le llega por encima de la rodilla. Se acuclilla y avanza metido en el agua hasta el cuello. El agua es hielo derretido. Muerde. Le cuesta respirar. Da un traspié y está a punto de caerse. No siente los miembros.

         Así avanza por el medio del cañón casi sumergido hasta salir a una zona más amplia. Cuando se puede poner de pie, coma si le clavaran un millón de agujas. Necesita secar ropa, si no lo hace se le congelará sobre el cuerpo y morirá. Se la quita. Su cuerpo pálido muestra toda su vulnerabilidad ante la dureza del paisaje andino. Allí un hombre desnudo es un cachorro indefenso. Aprovecha los primeros matorrales1 que ve en mucho tiempo para extender la cazadora, el jersey, los pantalones y la muda sobre unas rocas. Se mueve haciendo una gimnasia desesperada para no quedarse frio. Decide comer algo para entrar en calor y saca el hornillo de alcohol, pero se ha mojado y esta inservible. Va a comerse la carne de lata, aunque esta helada. Saca la navaja y logra cortar unas esquirlas congeladas. En su afán por golpear la carne le da con el codo al guante apoyado en una roca y este cae hacia el precipicio. Como no puede masticar la carne helada que le quema en la lengua, se la traga a trozos.

      Sigue descendiendo. La herida del muslo le escuece y el golpe del codo, al enfriarse, le duele mucho. El agotamiento lo hace estar más torpe. Vuelve a caerse y ha de agarrarse con las uñas para no irse hacia un terraplén que desemboca en el vacío.

       Se levanta. Y sigue. Ya ni siquiera es capaz de hacerse preguntas metafísicas. Su cerebro es coma la carne congelada. que ahora le produce arcadas. Solo sigue. Ya ni siquiera se acuerda por qué.

         El sol empieza a batirse en retirada. No va a resistir otra noche. Lo sabe. El organismo está a punto de reventar. Y aún así sigue dejándose ir montaña abajo. Le parece que el camino es alga menos pronunciado, pero no está seguro. Ya todo se está haciendo borrosa. No sabe si anochece o se está muriendo.

         Y entonces lo ve en el suelo. 0 cree que lo ve. No está seguro. Se ha de parar a mirar dos veces porque tiene los parpados hinchados. No se agacha porque no cree que pudiera enderezarse, pero él se ha criado en el campo y esos bultos oscuros son excrementos de burro.

         Los excrementos trazan una especie de camino y el los sigue mecánicamente. Es como Pulgarcito siguiendo un rastro de migas negras. A duras penas se tiene en pie. Y unos cientos de metros más adelante lo ve:

          Un burro.

          -Âne!

        La voz le sale fallona. El burro lo mira. Guillaumet trata de sonreírle, pero tiene la piel de la cara momificada. Ese burro es como un hermano.

        Se acerca, trastabilla y el animal sale corriendo bruscamente. Y al seguirlo con la mirada la ve. Una mujer lo mira desde el otro lado de un riachuelo con unos ojos negros que contienen más extrañeza que aprensión. Al momento, aparece un hombre de piel morena y pelo negro. Guillaumet, en un gesto instintivo de un lenguaje universal guardado en los pliegues del cerebro desde la noche de los tiempos, extiende sus brazos hacia ellos.

        El hombre va hacia él, pero ya todo se viene abajo. Se derrumba como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas.

 

      Después de una mañana infructuosa dando vueltas sobre montañas vacías, Tonio retorna con su Laté a Mendoza con el ánimo por los suelos. No tiene ganas de hablar con nadie y se va a tomar café a un restaurante que hay al lado del aeródromo. Ya sabe lo que le dirán los argentinos: que la montaña se lo ha quedado. Y a él ya le falla la fuerza de la convicción para rebatírselo.

           Aún está dando vueltas a un plato de sopa de manera desganada cuando se abre de golpe la puerta del figón y un mecánico argentino asoma la cabeza.

           -¡Guillaumet está vivo!

          Los comensales dejan de masticar. Durante toda la semana sido portada en todos los diarios la desaparición del aviador y ya su foto aparecía en las imágenes con una tira negra de luto. El francés grandullón del traje cruzado se levanta precipitadamente, tira el plato de sopa al suelo y no tumba la mesa de milagro. Sale corriendo hacia la pista y el camarero, con gesto iracundo, sale tras él. Pero la mano del dueño agarra por el hombro.

          -¿Vos visteis lo que hizo ese pelotudo?

          El dueño, sin embargo, sonríe.

          -¡Che, que loco! ¡Es un aviador!

        En el aeródromo uno de los mecánicos le explica que se ha recibido la llamada de la comisaría de San Carlos, una población más al sur. No hay planos para llegar, pero le indican la carretera que llega en línea recta hasta allá y se dispone a seguir su trazo volando a poca altura. Necesita saber si es verdad. Tanto contradecir a los funcionarios cenizos, a los contrabandistas, camareros y a cualquiera que le dijera que no podía estar vivo y ahora que parece ser que, en efecto, está vivo, le cuesta creerlo. Se sube al avión con dos mecánicos y despegan.

         Unos kilómetros antes de llegar a San Carlos, ven venir en dirección contraria una comitiva de coches y unos gauchos les hacen señales con los brazos. Tonio no se lo piensa. Supera una línea de álamos, aterriza en un minúsculo descampado y a punto está de meter el avión en una zanja de manera fatal. Pero frena a tiempo y se bajan corriendo del aparato. El conductor que encabeza la pequeña comitiva de autos le hace señas para que se acerque y abre la puerta trasera. Un hombre con las mejillas hundidas, la piel requemada, cortes y contusiones sale a duras penas del auto apoyándose en la puerta.

           -Henri…

        Tonio y él se abrazan. Lloran. Lloran como niños. Son niños. Los mecánicos se quitan las gorras de manera respetuosa como si asistieran a un milagro.

            -Lo que yo he hecho -le susurra entrecortadamente, Guillaumet-, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho.

         Lo llevan con delicadeza al avión entre los tres, mientras la gente lanza hurras y vivas al aviador que ha logrado lo que nadie había conseguido. Lo acomodan en un asiento y Tonio le ata el cinturón de seguridad. Guillaumet lo mira con su rostro extenuado y aun logra susurrar unas palabras:

         -Tonio, te vi allá arriba … pero tú no podías verme.

         -Había más aviones buscándote … ¿Cómo podías saber que era yo

         -Sobre los picos, nadie habría volado tan bajo.

 

(1)          Ver también en sección CRONICAS – Dic 03 2017 – A cielo abierto I – Los Andes Chile 1929

(2)          Características del Potez 25:

 

Tripulación: 2
Largo: 9.2 mt
Envergadura: 14.14 mt
Altura: 3.59 mt
Peso vacío: 1.490 kg
Carga útil: 1,068 kg
Motor: 1 Lorraine-Dietrich 478 hp
Vel. Máx.: 214 km/h
Alcance: 600 km
Techo de servicio: 5,500 m