Extracto del libro “¿Te atreverías a ir a Chile? Una semblanza de Adolfo Rodríguez Vidal”
por Cristián Sahli
Un viaje sin dinero, pero con la riqueza de la fe

 

Con su estilo directo, y limitándose siempre a lo necesario, señalaba don Adolfo (1) en sus recuerdos que la rapidez de su salida hacia Chile, y la extrema pobreza de aquellos años, impidieron que pudiera ir a Roma a ver al Padre (2), que por esa razón no pudo ni darle su bendición personal ni entregarle la imagen de la Santísima Virgen, como solía hacer con los que iniciaban la labor en nuevos países.

San Josemaría (2) y don Adolfo eran conscientes de que muchas almas esperaban encontrarse con Dios en la vida corriente y descubrir su llamada a la santidad en medio del mundo en esa nueva nación: no había tiempo que perder. Don Adolfo preparó lo necesario en unos días de bastante actividad: idas y venidas, visitas y despedidas. Escribió una carta a sus padres y hermanos, y se dejó agasajar por el director de la Escuela de ingenieros navales y sus colegas en una comida muy agradable.

A primera hora de la mañana del 28 de febrero de 1950 comenzó el viaje. Se trataba de un largo recorrido, que en aquella época exigía varias escalas. Desde esa jornada comenzó don Adolfo a recoger los detalles de su aventura en un diario personal.

Por fin a las siete y veinticinco, hora local, despegó el DC 4 de la FAMA (Flota Aérea Mercante Argentina) hacia Lisboa. En el aeropuerto de Lisboa conoció a un sacerdote salesiano polaco, que se dirigía también a Santiago de Chile: el padre Bruno Rychlowski, profesor de la Universidad Católica de Santiago. Quedó entusiasmado cuando supo que el Opus Dei (3) iba a trabajar en Chile.

Salieron de Lisboa a medianoche y llegaron a Dakar a las seis o siete de la mañana. Le fue, por tanto, imposible celebrar la Misa. El pueblo estaba muy lejos y no era viable salir del aeropuerto, de modo que los sacerdotes se quedaron sin poder celebrar y sin comulgar. El vuelo se desarrolló en un día muy tranquilo, que don Adolfo aprovechó para vivir sus habituales prácticas de piedad y conversar con el padre Bruno. Le enseñó “Camino” (4), que le gustó, y el salesiano le habló con palabras animantes diciéndole que haría buena labor en Chile.

Llegaron a Natal, en territorio brasileño. Después del papeleo de rigor, trasladaron a los viajeros al “club”, unas barracas cercanas, instaladas por los estadounidenses en la época de la guerra, y habilitadas por FAMA para que pernoctaran los transeúntes. Antes de irse a la cama cenaron y dieron una vuelta por Natal en el bus de la Compañía. Además, don Adolfo tuvo tiempo para poner un telegrama al Padre (2): «Viaje esplendido. Bendígame. Adolfo», y envió una postal a don Francisco Botella (5). En eso se gastó los últimos cinco dólares que traía.

Al principio creyó que le habían timado, pero al poco descubrió que no fue así, y que incluso pudo ser que el cambio en cruceiros lo favoreciera. El sacerdote se había quedado sin nada; sin embargo, consideró bien empleados los últimos dólares gastados en un acto de unidad con el Padre (2) y el consiliario de España (5). Allí tampoco fue posible decir Misa a pesar de todas las gestiones, y de la buena voluntad de los empleados de FAMA.

A las seis de la mañana despegaron con destino a Buenos Aires, aunque hicieron escala para comer en Rio de Janeiro, donde hacía un calor tropical. Llegaron a la capital argentina a las siete y media, después de treinta y ocho horas de vuelo. A las nueve y media estaba en el centro de Buenos Aires y con cuarenta escudos como todo capital. Afortunadamente un matrimonio francés que esperaba al padre Bruno lo convidó a cenar con ellos y, luego, el salesiano lo llevó a dormir a su convento. ¬

Al día siguiente celebró Misa y desayunó con los religiosos, que fueron muy amables con él. Después acudió con el padre Bruno a las oficinas de FAMA. Llovía a cantaros, como hacía muchos años no había visto llover. Al salir subieron a un taxi que dejó a don Adolfo en la oficina de Javier Serra, un catalán muy amable, pero de pocas palabras, conocido por don Pedro Casciaro (6). Como tenía ese día mucho trabajo, fue al grano: «¿Cuánto necesita usted?». «El viaje a Santiago son trescientos pesos», respondió el sacerdote. «Entonces tome usted quinientos, y mañana a las doce y media le espero aquí para almorzar en casa».

Don Adolfo compró una libreta para escribir el diario, otra para cuentas y papel de avión. Más tarde encontró la iglesia de los redentoristas, donde rezó ante el Santísimo, y acudió a la casa de José Vicente Puente, otro amigo de don Pedro (6). El señor estuvo amabilísimo, mandó reservar una habitación para el sacerdote en el hotel Alvear, y lo citó a las siete para ir a buscar las maletas al convento y acompañarlo al hotel.

Mientras tanto, don Adolfo fue a retirar su pasaje aéreo con destino a Chile para el domingo, y siguió a Telégrafos para avisar a don Raúl Pérez Olmedo (7) de su llegada. También escribió a Madrid, a don Francisco Botella (5), y visitó la catedral.

En la carta a don Francisco narraba los sucesos que había vivido en el viaje, y relataba cómo la falta de dinero y de alojamiento lo llevaron a confiar totalmente en la Providencia divina, que lo ayudó con la aparición del padre salesiano.

Al día siguiente celebró la Misa en el convento de los agustinos. Después del desayuno visitó la Embajada de España y almorzó con Javier Serra. Él y su señora fueron muy atentos y demostraron gran interés y cariño por las cosas de la Obra (3). Por la tarde le dejaron el auto y don Adolfo se dedicó a conocer la zona más bonita de Buenos Aires y a realizar otras visitas.

El 5 de marzo celebró la Misa en la Basílica del Pilar, templo colonial barroco de mediados del siglo XVIII. Los sacerdotes que lo atendían eran italianos, pero el sacristán era un español que había llegado hada seis meses. Al enterarse de que don Adolfo también venia de su patria, le preparó unos ornamentos casi episcopales, lo mejor que había.

Después de desayunar, cerró las maletas y se marchó a las oficinas de LAN (Línea Aérea Nacional de Chile). Antes pasó a la casa del señor Serra para dejarle a la señora como regalo el libro Santo Rosario, de san Josemaría (2), y por la Embajada para entregar unas líneas de saludo. A las dos y media, hora argentina, despegó el avión hacia Chile. El paso de los Andes fue emocionante.

El sacerdote escribió una carta a su padre y hermanos, que comenzó en Buenos Aires y continuó en pleno vuelo, con la intención de echarla al correo al llegar a Chile. Allí quedaban plasmados su estado de ánimo e impresiones: «Llevo más de media hora volando sobre una llanura que no se acaba nunca sin un cerro ni ondulación. Las carreteras y los lindes de los campos están como trazados con regla. Como veréis por la letra, el avión se mueve un poco porque debe hacer viento. La visibilidad es magnífica».

Y después de un trazo, que indicaba una separación de tiempo, continuaba: «Estamos pasando por encima de los Andes. El espectáculo es impresionante. Volamos a siete mil metros y pasamos por el lado de montañas que están casi a nuestra altura. Parece que estamos en carnaval, porque todos los pasajeros llevamos unas mascaras para respirar que consisten en unas narizotas de celuloide y una bolsa de goma que parece una barba».

«Ahora pasamos por el lado de unas montañas más altas que nosotros. Es magnífico. Es de lo más abrupto y salvaje que se puede uno imaginar. Todo pelado, como es natural, y con unos colores preciosos, y nieve. La verdad es que los primeros españoles que cruzaron esto andando ya tenían valor. Ya vamos bajando. Nos hemos quitado ya las mascarillas. Ha sido un espectáculo de los que no se olvidan».
Don Adolfo aterrizó en Santiago a las cinco y media de la tarde, hora chilena, de aquel inolvidable 5 de marzo de 1950 (Por simpática coincidencia el día de cumpleaños de LAN).

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(1) Adolfo Rodríguez Vidal (1920-2003) fue elegido por San Josemaría Escrivá de Balaguer para comenzar la labor del Opus Dei en Chile. Ingeniero Naval y licenciado en Ciencias exactas descubrió su vocación en 1940 y fue más tarde ordenado sacerdote. En 1988 fue nombrado obispo de Los Ángeles (Chile) por San Juan Pablo II.

(2) San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) fundador y primer Prelado del Opus Dei. En vida, tratado por sus hermanos como “Padre”. Por inspiración divina funda el Opus Dei para decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente —y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes—, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales. Es decir, alcanzar la santidad en la vida ordinaria.

(3) Opus Dei significa “Obra de Dios”. El nombre completo es Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. También se denomina, más abreviadamente, Prelatura del Opus Dei o, sencillamente, Opus Dei u Obra.

(4) “Camino” es el libro más conocido y popular de san Josemaría. El 29 de septiembre de 1934 se publicó la primera edición bajo el título de Consideraciones Espirituales. Otras obras de san Josemaría: Surco, Forja (1987 – Consta de 1055 puntos divididos en trece capítulos. Muestra el camino espiritual que lleva a la identificación con Cristo), Amigos de Dios (18 homilías que abordan con hondo sentido sobrenatural diversos aspectos de la vida en Cristo), Es Cristo que pasa (Colección de homilías ordenadas conforme al año litúrgico) y Santo Rosario (1931)

(5) Francisco Botella consiliario (Vicario Regional del Prelado) del Opus Dei en España en 1950.

(6) Pedro Casciaro sacerdote a cargo del Opus Dei en México en 1949

(7) Raúl Pérez Olmedo, sacerdote chileno (1910-1996) que pidió a san Josemaría que el Opus Dei viniera a Chile con el deseo de cederle la residencia de estudiantes de la Acción Católica que él dirigía.