| Crónicas |
LA AVIATINA COMEDIA
(Por Rudy Larson - 1975/76)
Subí con mi
Fairchild hasta donde pudo, (y eso no era mucho.). ¿Recuerdan ese estupendo
avión abierto de ala baja, el más comunicativo de todos?
Una capa de
estratus, cubría todo el valle de mar a cordillera desde Santiago a La Serena.
Una vez sobre el tope quise elegir mi mejor rumbo; era malo volar en esas
condiciones y peor intentar el regreso a La Castrina que ya mostraba baja en la
visibilidad y el techo. El plan fue VFR porque los informes OFICIALES, pronóstico,
estado del tiempo lo permitían y el avión lo exigía. Elegí el borde de la
cordillera donde las nubes se desgarraban hasta desaparecer.
Después de
contonear dos horas las faldas de los cerros, aproveché un hueco en el
nacimiento de una quebrada, para seguir un estero seco. Hundí la proa y ...
hasta aquí el VMC. Pero era hora de llegar a alguna parte, ganaba oscuridad por
segundos. Necesitaba velocidad para maniobrar. En la sorpresa, el buen Dios de
inspiración, la baja velocidad para esquivar y una referencia en el horizonte
que no tenía. Usé de guía, los árboles o un peñasco que casi rozaba con las
puntas de ala. Así me mantuve media hora, a lo que debía ser la puesta de sol.
La oscuridad era ya casi completa. Veía luces por encima y debajo de la cabina,
excelentes para terminar de desorientarme con las dificultades que ya tenía
para leer de vez en cuando el compás. Sólo manteniendo la potencia y la
velocidad podía "asumir una actitud".
Ni pánico, ni
miedo. Disponía de más de una hora de bencina y no dudaba que siguiendo
quebrada abajo llegaría a la costa.
Los rumbos
podrían oscilar de 240° a 340° y si no bajaba la velocidad manteniendo mis
puntos de referencia en el faldeo todo iría bien...
Pero iba mal,
leí el compás en 90° ! Descendía y mi techo se aclaraba débilmente con
fosforescencia en una nubosidad verdosa que hasta entonces no conocía. Por la
proa, semejante a un amanecer en un lago con niebla, ya podía distinguir en los
costados espesos matorrales y bastidores de roca.
El aire, húmedo
y caliente; el suelo, una alfombra de terciopelo verdoso. De un acantilado caía
un hilo de agua que se sumergía en el lago brillante. A un costado lejos de la
ribera se veían torres doradas como de una aldea tibetana, y al frente una
explanada de piedras lisas.
No tuve que
aterrizar, el Fairchild, contra mi voluntad se pegó al suelo con firmeza, aún a
exceso de velocidad y ahora estaba detenido.
Se acercó a
mi un anciano de botas, polainas, casaca de cuero, anteojos y gorra de aviador
del 1900:
-¿Nombre.. .?
Lo pensé
varias veces, pero no pude contestar.
-Volaba en
Fairchild, dije... -
-¿ Tienes
reserva?, - insistió.
-¿ De que...?
-
No entendió
mi pregunta y a mi vez insistí ...
-¿Es esta la
Ciudad Perdida de Los Andes...? -
- Este es el
lugar donde habitan las conciencias de las que trabajaron o disfrutaron de la
aviación. Las torres doradas, son la mansión de los que con corazón y sin
nombre, se entregaron en la cordillera, aunque algunos dejaron su carroña en el
cementerio. Tienen aquí un lugar reservado, porque en vida dieron su alma a un
ideal. Algunos son pilotos, hay otros que aportaron trabajos o ideas que las
vaciaron en otros. Todos ellos lucharon por una aviación más segura...-
Me tomó de un
brazo y me instó a caminar, mientras seguía su monólogo:
- Al otro
lado puedes ver, esa roca que son las tumbas de los que por vanagloria o
egoísmo abusaron de su poder burocrático, dictando normas para asegurar su
empleo, y no pensaron en las vidas.-
Hizo una
pausa, me soltó el brazo y me miró.
-Sabe
joven... - me dijo, - aquí hay un lugar para mayorías, sígueme y te
mostraré...-
En una
hondonada, rodeada de paredes de piedras, había gente aplastadas por un amasijo
de fierros retorcidos, de los que inútilmente trataban de librarse.
- Esos son –
me dijo - empleados de kardex de repuestos, a los que su negligencia les
impidió entregarlos, cuando se necesitaron.
Al otro lado
del muro, vi otros sumidos en el barro y trataban de escalar por la pared lisa.
- Esos son, -
me dijo, - los que negaron un asiento en un avión, aunque lo había.-
Bordeando el
camino ascendimos por la ladera, hasta un bosque de árboles altos y de troncos
muy lisos. En lo alto, pendientes como frutos, unos hombrecitos imploraban por
descender.
- Son
controladores – dijo, - dificultaron las aproximaciones innecesariamente,
forzaron a quemar combustible y otras aberraciones. -
De lo alto
del cerro, bajaban corriendo y saltando vallas de espino, elegantes hombres de
ancho cuello y corbata adosados cada uno a su sillón.
- ¿Quiénes
son? -
Una variedad,
de gente que no quiso reconocer sus errores, y así no impidieron accidentes
como el tuyo. La inmensa losa donde aterrizaste fue sólo un peñasco, visto muy
cerca de tu ojo.
- Debes irte,
aquí no hay lugar, para los que sin corazón de piloto, no saben sobrepasar, los
papeles para salvar sus pellejos.-
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