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ULTIMO ATERRIZAJE
(Por Emilio
Velasco T.)
Las 09:02 AM
del 14 de Julio de 2001.
El Boeing
767-300 tocó suavemente la pista en medio de una densa niebla y a medida que
desaceleraba con sus frenos automáticos giré levemente la cabeza para mirar a
Sebastián que venia ocupando el puesto de copiloto. Unos minutos mas y
llegaríamos a la manga, donde después de colocar el freno de parqueo y detener
los motores le pediría a Sebastián la “engines shut down check list” que seria
la ultima de mi larga vida de piloto de línea aérea.
Que extraño,
pero me invadió una sensación de serenidad interior que no esperaba; una
sensación de haber llegado al final del camino sin que se abriese el cielo y
cayeran las estrellas, ganas de dar gracias a Dios por haberme permitido llegar
al final de un largo recorrido por los cielos del mundo, donde fueron quedando
atrás vivencias, amigos, jefes, aviones, etc., y sentir una gran paz interior
porque llegué, y llegué bien.
El señalero
que te indicaba con un par de linternas tu lugar de estacionamiento ha sido
reemplazado hace ya algún tiempo por un sistema de luces tipo semáforo, y
seguramente en un tiempo más el avión se detendrá solo, porque la tecnología
avanza a una velocidad muy grande.
Y, éramos tan pocos y los vuelos tan trabajados, sobre todo en periodos de invierno en la ruta sur, cuando muchas veces ir de Santiago a Punta Arenas, con escalas en Concepción, Temuco, Valdivia, Osorno y pernoctada en Puerto Montt, para al día siguiente, proseguir el vuelo, aterrizando en Coyhaique y Chile Chico, parecía una aventura donde no faltaban un montón de emociones y altas dosis de adrenalina.
Comandante,
la tripulación lo espera en Primera Clase con champaña, la voz de la Jefa de
Cabina, Soledad (con sus ojos tan lindos) me saca de mis pensamientos.
Me saco mis
palas y piocha de la camisa y se las entrego a Sebastián con quien me une una
gran amistad ya que hemos volado juntos desde que se inició en la Compañía y
además soy su padrino de matrimonio. Te las regalo con mucho cariño y ojalá te
traigan la misma suerte que a mi, le digo. Acto seguido un apretado abrazo con
algún lagrimón y al champañazo se ha dicho.
Miro por
última vez el edificio del Aeropuerto y sólo veo cemento y cristales, y gente
que entra y sale con maletas, y me da una espinita al saber que ya no
pertenezco a ese mundo…
Mientras voy
devorando kilómetros hacia la ciudad con una buena música y evitando sí poner
calefacción para no amodorrarme después de la noche pasada en vela, una extraña
sensación me empieza a invadir, es como de libertad. Sí, es como una mezcla de
regocijo con nostalgia, pero deja buen sabor.
¿ Como estas,
negrito? me pregunta Celeste.
Bueno, le
digo, estamos entrando a la aventura de una nueva vida, te invito a recorrerla
conmigo, total, lo peor que puede pasar es que no nos guste, pero ahí esta
nuestra imaginación y experiencia para variarla; se sonríe y apoya su cabeza en
mi hombro…
Emilio, siempre el buen amigo, disfrutando de su nueva vida en “Bahia Celeste”. |
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