Un vuelo a Buenos Aires que terminó en
Córdoba.
(Por Patricio Délano Barrios)
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El
capitán de Aeronave Patricio Délano Barrios (1916*), ingresó a LAN el 1° de
Octubre de 1943. Se recibió de piloto de turismo, acrobático, comercial e
instructor en Olympia Air Transport de Sunnyside, Washington y en la Plain
Airways Inc. de Cheyenne, Wyoming de USA.). En su libro “Recuerdos” nos ofrece
el siguiente relato:
“En
un vuelo a Buenos Aires un día domingo, tuve que aterrizar en Mendoza a dejar
un neumático de repuesto para otro avión que había reventado uno allá. Para
hacer un poco de tiempo mientras conversaba con el piloto, ordené que me
cargaran gasolina a full. Se acabó la gasolina del camión y el chofer me
preguntó si quería que fuera a buscar más. Como no hiciera falta, salimos para
Buenos Aires.
Llegamos
al radiofaro de Morón tres aviones al mismo tiempo, dos de líneas aéreas
europeas y yo. Le dieron prioridad a uno de ellos. Me puse a leer la revista
Time, mientras el copiloto daba vueltas sobre Morón. El estado del tiempo sobre
la cancha que me había dado el operador era bueno, de modo que no había de qué
preocuparse. Como pasara mucho rato pregunté al operador qué estaba sucediendo
y me contestó que el piloto de la otra Línea, después de dos intentos, habla tenido
que irse al aeropuerto de Carrasco, en Montevideo, donde ya había aterrizado el
primer avión.
Nos
autorizó el descenso. Mi copiloto se reía de la torpeza de que no hubieran
podido aterrizar. En cambio, a mí algo me olía mal. No podía ser que un piloto
de vuelos internacionales no pudiera efectuar el aterrizaje si las condiciones
del tiempo eran buenas.
Hice
una primera pasada sobre la cancha al mínimo de altura permitida y no vi nada.
Avisé a la Torre que también me iba a Montevideo. Me dijo que después del
aterrizaje del avión en Carrasco, ese aeropuerto se habla cerrado. Y en ese
momento también se cerraba Morón.
-¿Cuál
es el aeropuerto más cercano y que tenga buenas condiciones?
-Córdoba.
No
estaba seguro de tener suficiente combustible para llegar allá. Iba a intentar
un nuevo aterrizaje. Estábamos cerca del suelo y aproximándonos a la pista,
cuando de pronto vi algo como un camión enfrente de mí. Coloqué aceleradores
justo cuando el copiloto me gritaba: "iUn árbol!"
Morón
estaba con cero de techo de nubes y cero de visibilidad. Coloqué los motores en
potencia de montada y dije al copiloto que anotara la hora. Poco después reduje
un poco la potencia para seguir subiendo, pero sin tanto gasto de gasolina.
Busqué en mi maletín la hoja que me habían dado en la Northwest (una cartilla
para aprovechar el mejor rendimiento de los motores en relación al consumo de
combustible y velocidad). Mientras buscaba la potencia adecuada, el avión cayó
en una especie de spin. Había olvidado que este copiloto no volaba bien
en vuelo instrumental.
En
ese tiempo todavía no teníamos cartas de navegación ni del terreno en que
volábamos. Tampoco de descensos de los aeropuertos que no fueran los de
destino. Puse un rumbo aproximado adonde pensaba estaría Córdoba y saqué dos cartas
en las que estaban la costa del Pacífico y la costa Atlántica y dije al
copiloto que las uniera para sacar un rumbo más exacto. Pero mi copiloto ya
había perdido el ánimo por completo y en esto me tuvo que ayudar el sobrecargo.
El
tiempo en Córdoba me lo habían dado despejado y de pronto vimos unas luces
entre la lluvia. "!Córdoba!", me dijo el copiloto. Pero yo sabía que
no podía ser, por el poco tiempo de vuelo que llevábamos y el estado del
tiempo. Le pregunté a qué hora habíamos salido de Morón, pero en su nerviosismo
se le había olvidado anotarla. Los radiocompases que teníamos sintonizados con
el radiofaro de Córdoba nos indicaban que lo estábamos dejando atrás. Todos me
decían que hiciera el descenso.
Si
era Córdoba teníamos combustible de sobra para volver y hacer el aterrizaje. Y
si no lo era, gastaríamos lo poco que teníamos y tal vez no pudiéramos hacer el
aterrizaje en el lugar que habíamos sobrevolado. Poco a poco, las agujas de los
radiocompases empezaron a cambiar de dirección. Creo que habíamos pasado sobre
Rosario.
Seguimos
nuestro vuelo hasta que logramos entrar en contacto con la Torre de Córdoba.
Volábamos sobre las nubes con un cielo lleno de estrellas. De cuando en cuando
la Torre me pedía que encendiera las luces de aterrizaje, porque parecía que
nos estaba viendo. Pero después nos confirmaba lo que yo ya sabía. Todavía
estábamos lejos de allá.
La
auxiliar de vuelo me dijo que un diputado que viajaba con nosotros le había
preguntado a qué hora aterrizaríamos, pues en un vuelo anterior el piloto le
había dicho que el Martín (202) tenía sólo capacidad para volar un poco más de
tres horas y ya habíamos volado más de cuatro. Le dije que lo tranquilizara y
que pronto aterrizaríamos.
Ya
los indicadores de gasolina estaban casi en cero. Tenía que hacer el descenso
luego, para que cuando estuviéramos por aterrizar en el lugar que fuera,
alcanzar a esquivar una casa, un árbol o lo que fuera con el último resto de
combustible que nos quedaba.
Llamé
al sobrecargo y a la auxiliar y les expliqué lo que pasaba. Teníamos que
iniciar el descenso. No sabía exactamente dónde estábamos y debían preparar a
los pasajeros y todas las cosas sueltas en la cabina.
La
auxiliar de vuelo se puso a llorar despacito. Sabíamos todos que no teníamos
mayores probabilidades de salir bien de este vuelo. Le dije que se
tranquilizara, ya que de lo contrario, ¿cuál iba a ser la reacción de los
pasajeros?
Cuando
comencé a hacer los preparativos del descenso, la Torre de Córdoba de nuevo:
-¡Che
Capitán, encienda sus luces de aterrizaje nuevamente, parece que ahora sí los
estamos viendo! -un poco molesto, hice lo que me pedía.
-¡Sí
Capitán, los estamos viendo! -detuve el descenso, pero el manto de nubes segura
intacto y no podía ver las luces de Córdoba. Por un lado, si era como él decía,
iba a perder la única posibilidad de llegar allí. Y si era como en las veces
anteriores, tendría que dejarme caer como plomo. Segur sus indicaciones.
Y de
repente se acabó el manto de nubes y allí estaba Córdoba.
Apenas
podía distinguir las luces del aeropuerto, pero bajé el tren de aterrizaje y
preparé al avión para aterrizar. No fuera a ser cosa de que nos pasáramos.
Como
siempre en estas situaciones el aterrizaje fue perfecto, y al término de la
carrera en tierra, al volver a los edificios del terminal, se paró uno de los
motores por falta de gasolina. Al querer salir del asiento, recién me di cuenta
del susto que había pasado. No me sostenían las piernas. Cuando al fin logré
hacerlo y abrí la puerta para salir, todos los pasajeros me abrazaban llorando.
¡Y yo que creía que nadie se había dado cuenta de la que habíamos pasado! En
unas servilletas cada uno de ellos firmó y las guardé por mucho tiempo. No sé
si alguien quedará vivo de ese vuelo y revivirá conmigo lo que estoy contando.
Quería
festejar de alguna manera lo que había sucedido y compré una botella de whisky,
que al día siguiente amaneció descorchada, pero sin una gota de menos.
Indudablemente nadie estaba para festejos de ninguna especie.
Antes
de salir en el vuelo de regreso a Buenos Aires, aunque no lo necesitaba y sólo
para comprobar con cuánta gasolina habíamos llegado, hice llenar los estanques.
Los manuales decían que cada estanque tenía capacidad para 500 galones, pero
cargamos 1006, por lo que saqué en conclusión que habíamos llegado a Córdoba
con gasolina suficiente para poco más de dos minutos.
Con
tiempo despejado, el vuelo habría sido muy agradable, si de pronto no hubiera
comenzado a salir humo negro y espeso por debajo del piso de la cabina. El
sobrecargo que estaba comentando con nosotros los sucesos del día anterior, se
desmayó. Mientras seguía pilotando, el copiloto y el radio operador combatieron
con éxito el fuego. Era un equipo de radio el que se estaba quemando.
Son
increíbles las reacciones que provoca un incendio. Recordé cuando se incendió
el Lodestar sobre Taltal y también quise saltar del avión sin paracaídas. O
cuando lo hizo uno de los motores de un Electra entierra, en Vallenar, y el
extinguidor, en lugar de echar el líquido al motor, lo hizo al interior de la cabina
y nos dimos de cabeza con el copiloto.”
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