Nuestra Historía

El accidente del teniente Fuentealba
(Por Sergio Barriga Kreft)


El Teniente Julio Fuentealba Boniard fue destinado a la posta de Copiapó, correspondiéndole volar la ruta Copiapó – Antofagasta - Copiapó junto con el teniente Costabal.
Fuentealba, por sus dotes de caballerosidad y compañerismo se había granjeado el aprecio de sus superiores y del resto de la oficialidad, quienes sentían gran estimación por él.
Cerca de Copiapó, en un campamento minero, el teniente Fuentealba conoció a una bella muchacha con la cual trabó amistad.
Fuentealba, romántico y sentimental, al decir de sus compañeros, en cada uno de sus vuelos hacia Antofagasta lanzaba una flor en la puerta de la casa de esta muchacha. Ella atenta al ruido del motor, salía presurosa a la pasada rasante del avión y recogía la flor agitando sus manos respondiendo el saludo que con las alas le hacía el piloto.
Para cumplir con este gesto caballeresco, el Teniente Meneses (quien originaba el correo desde El Bosque) adquiría una flor en alguna florería de la calle Ahumada en Santiago, la transportaba hasta Ovalle, donde, ya fuese el Teniente Lisboa o el Teniente Sepúlveda, la llevaba a Copiapó y la entregaba al teniente Fuentealba, quien la lanzaba desde el avión.
El 17 de Marzo de 1929, tocó al teniente Meneses llegar hasta Copiapó transportando el correo y llevando además un clavel, para entregárselo a su compañero Fuentealba, quien ese día vendría volando desde Antofagasta.
Sin embargo, el avión (Gipsy) Moth N° 22 no llegó ni ese día ni en los posteriores, resultando infructuosos los esfuerzos realizados para ubicarlo.
Sólo el día 23 el personal de la estación Varillas ubicada al sur de Antofagasta notó una interrupción en las comunicaciones telegráficas, por lo que salió a recorrer la línea en busca de la falla. Poco después encontraban un poste derribado y junto a él, ya desfalleciente, al Cabo 1° Luis Rebolledo, mecánico del avión que piloteaba el Teniente Fuentealba.
En vuelo, una fuerte turbulencia invirtió en el aire al Moth N° 22 que al parecer volaba a baja altura, precisamente para evitar las turbulencias y lo estrelló violentamente contra la tierra. Fuentealba resultó muerto instantáneamente y el Cabo Rebolledo, a pesar de tener una cadera quebrada, logró arrastrarse hasta la línea del ferrocarril,
Con el fondo de una botella que llevaba en el avión y que quebró, después de dolorosos esfuerzos, pudo derribar un poste, a fin de atraer la atención de lo ocurrido.
Los restos del teniente Fuentealba fueron traídos a Santiago llegando a la Estación Mapocho el día 27 de Marzo y sus funerales dieron origen a profundas muestras de pesar.
Dio la casualidad que en el mismo instante en que el cortejo ingresaba al camposanto, el teniente Meneses pasaba sobrevolando el lugar, transportando precisamente la valija con el correo que había caído con el avión de Fuentealba.
Así en medio del dolor, sus compañeros seguían cumpliendo con la misión que les había encomendado el Comandante Merino.
Junto a los restos mortales de Fuentealba, el Comandante Merino finalizó su despedida con las siguientes palabras:
“El servicio de nuestra posta no se ha interrumpido un momento, ni se interrumpirá. Que no se interrumpirá pese al cansancio, pese al desierto, pese a la pena honda ante el compañero muerto.
Debían llegar, sin embargo, con retraso las cartas de ese avión, que escondiera el desierto por seis días junto con el cadáver del piloto. Ellas fueron a manos indiferentes que arrojaron talvez con impaciencia, sus envolturas manchadas con sangre generosa, sacrificada en servicio de la patria.
Pero eso no importa, los lleva adelante un imperioso impulso íntimo e inflexible que los arrastra a correr todos los riesgos sólo por dominar el aire, por perfeccionarse en la misión que la patria les confiara, por serle útiles hasta la muerte.
Y lo son, porque sobre sus restos, sobre estos despojos se afianza y crece la aviación chilena que forja con el recuerdo de sus muertos las tradiciones de abnegación y sacrificio que la harán grande y gloriosa “.
Mientras tanto cerca de Copiapó una muchacha esperaba inútilmente aquella flor que ya nunca mas llegó.

Justificando el uso inicial de los frágiles Gipsy Moth y considerando superada la etapa de acumulación de experiencia, la naciente Línea Aeropostal incorpora primero, a mediados de 1929, siete Fairchild monomotores de 225 HP y posteriormente en 1930, los trimotores Ford (425 HP cada motor) para doce pasajeros.

 

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