Es difícil que por los años cincuenta (del siglo pasado…!) un Copiloto sería capaz de rechazar la mas seductora de todas las posibles invitaciones: La oferta del Capitán de instalarse en el asiento izquierdo para  “comandar” el avión ! Julio Benavides Uribe no fue la excepción y se instaló raudo y ansioso en ese anhelado asiento sin sospechar las sorprendentes consecuencias…

Así recuerda en 2005, nuestro asociado don Julio Benavides U. (transcurridos muchísimos años y ya en pleno retiro desde 1971) este peculiar “Gaje del oficio” :

“Salimos temprano de Puerto Montt rumbo a Ancud, para dejar muy pocos pasajeros, pero para recoger bastante más. Saldríamos con destino a Santiago a las 10 AM efectuando las escalas según el itinerario. El Capitán, me pidió que comandara el vuelo a Santiago. Me senté al lado izquierdo, despegué y tomé rumbo a Puerto Montt, ascendiendo en forma normal. El día estaba despejado y en completa calma. No habían pasado dos minutos cuando me dijo:

– Huachito, déjamelo un ratito por favor !

Luego tomó los controles y en vez de continuar ascendiendo , comenzó a bajar en dirección a unos botes de pescadores. Pasó por encima de ellos, dejando si no “la crema”, al menos el desconcierto entre aquellos pobres hombres concentrados en su trabajo cotidiano.

– Ten cuidado -, le dije, – los botes son frágiles y acuérdate que los chilotes no saben nadar !

– No te preocupes, Julito, están acostumbrados. Todos los que volamos esta zona hacemos lo mismo…

– Muy bien -, le contesté, – tu sabrás lo que haces.

Siguió jugueteando en la misma forma hasta que tuvimos a la vista Calbuco, insular y continental, que se encuentra separado por una especie de canal natural de unos 80 metros de ancho. El Capitán, que iba sentado al lado derecho (nótese, ya que es importante para lo que después sucedió) volando el DC-3 a pocos metros de altura y gozando como niño chico en día de Pascua, hizo un viraje amplio rodeando la isla de Calbuco, cuando de repente sobre el canal… – el diablo metió la cola ! Un cable grueso, unía los dos Calbucos y, con mejor puntería que los Pincheira, el avión lo agarró justo con la parte superior. Lo vi cuando estábamos encima y no sé cómo atiné instantáneamente a darle toda la potencia a los motores. El que canta, canta…! Cantó el cable ! Lo cortamos…!

Agarré los controles y aterricé en Puerto Montt con un buen pedazo enrollado como un collar en el avión.  Mi Capitán no quería bajarse del avión porque pensaba que los pasajeros lo iban a linchar. Ellos, si bien se habían dado cuenta que algo había pasado por la frenada brusca del avión en el aire y los azotes del cable en la estructura, estaban sin embargo tranquilos, tal vez algo asustados.

El avión tenía varias abolladuras, una de las palas de la hélice derecha estaba algo doblada y el cable trenzado bastante grueso, enroscado en varias partes. El vuelo fue atrasado en 3 horas mientras los mecánicos efectuaban las reparaciones y chequeaban por completo el avión.

Mientras tanto el Capitán trataba de convencer al Despachador de turno para que enviara un Radio a Santiago informando que por estar la ruta de Ancud a Puerto Montt cubierta de stratus, el vuelo se había tenido que realizar a baja altura, pasando a llevar un cable cerca de Calbuco que no estaba reportado. Como el tiempo ese día era maravilloso, sin que una sola nubecilla empañara el prístino cielo chilote, el Despachador no le dio”esférica”, sugiriéndole que él mismo enviara todos los Radios que quisiera….

Mi querido Capitán no sabía lo que se le venía encima, pero yo tampoco  sospechaba de lo que alguien sería capaz de hacer para eludir la responsabilidad que le cabía en un embrollo de este tipo

De Calbuco, por supuesto, llegaron a Santiago los reclamos de las autoridades, no tan sólo a LAN sino al Ministerio del Interior y a la Dirección de Aeronáutica  ya que todo el mundo había visto al avión volando a menos de 10 metros del agua. Por ello no era de extrañarse que en Cerrillos, ya de noche, fuimos citados a las 9 AM del día siguiente a la Jefatura de Operaciones. Las nubecillas que quería inventar mi Capitán para el cielo de Chiloé empezaban a empañar su no muy diáfano porvenir y de paso pretendían arrastrarme a mí.

Me pasaron a buscar como a las 8 y media y ya venía el Capitán en la camioneta. De inmediato aprovechó para decirme que era necesario ponernos de acuerdo para contestar las preguntas que nos harían. Le contesté que para no equivocamos, teníamos que decir exactamente lo que pasó. No le gustó mucho, pero se quedó callado.

En el Departamento de Operaciones eran todos conocidos, más bien compañeros, pero más de él que míos. Nos informaron que más o menos a las dos horas de lo sucedido en Calbuco llamaron a la Gerencia de Operaciones desde la Dirección de Aeronáutica para saber qué había ocurrido. La Gobernación había  hecho un serio reclamo ya que un avión de la Empresa había efectuado vuelos rasantes y cortado las comunicaciones de Calbuco insular. La Gerencia quedó de informar una vez que hubiera hecho las averiguaciones y esa era la razón de nuestra citación y … de nuestra suspensión de vuelo, a partir de ese momento.

A los dos días fuimos notificados que debíamos presentamos al siguiente a la Dirección de Aeronáutica porque se iniciaba una investigación sumaria a fin de establecer la culpabilidad con respecto a lo acaecido en Calbuco. Me llamó el Capitán para decirme:

 – Julio,  – que te parece que lleguemos a tal hora frente al edificio de la Dirección para que conversemos un poco antes de declarar.

A las 8 y media llegamos juntos y de inmediato, porque nos quedaba solo media hora, con cara compungida y voz implorante, me dijo:

– Julio, quiero pedirte que por favor nos pongamos de acuerdo en un solo punto que va a ser favorable para los dos. Está demás que te diga que yo como Capitán tenía que estar sentado al lado izquierdo y tu al derecho. De modo que si  decimos que veníamos cambiados nos van a c…… a los dos. Julito, yo te pido que lo hagamos así:… y bla bla bla bla. Tanta fue su insistencia y cuando ya faltaban sólo 5 minutos para subir, le dije que aceptaba, pero que en todo lo demás informaríamos lo que en realidad sucedió.

Puntualmente nos presentamos en la oficina del Comandante que nos recibió muy cortésmente. No recuerdo su nombre pero su rostro reflejaba sagacidad y madurez y sus ojos,  no sé por que, un dejo de bondad. Inició la conversación sin tocar el tema que interesaba y, junto a su Teniente Ayudante, hizo un pequeño resumen del trabajo que actualmente desempeñaba como Fiscal de Aviación. De pronto se dirigió al Ayudante diciéndole:

– Por favor Teniente, acompañe al Sr. Benavides a su oficina y en seguida regresa. A su orden mi … (siempre se comen el grado, se han fijado?)

Esperé en la oficina cerca de dos horas hasta que el mismo Teniente me vino a buscar. Entramos en la oficina del Comandante en el preciso momento en que despedía a mi Capitán el que, al pasar a mi lado me dijo:

– Chao Julio, hasta mañana…

Quedé junto a los dos oficiales y, al instante, me pidió que le hiciera un relato lo más exacto posible desde que nos subimos al avión en Ancud hasta que nos bajamos en Puerto Montt.

– Ayudante, vaya tomando nota.

Comencé diciendo que la salida del vuelo estaba programada para las 10 de la mañana, que antes efectué un chequeo visual del avión, confirmé la cantidad de combustible y subí al avión para leer y visualizar las listas de chequeo previas a la partida de motores.

Cdte.: – ¿Qué asiento ocuparon en la cabina?

Yo: – Como es habitual. El Capitán al lado izquierdo y yo ocupé el asiento del lado derecho.

Cdte.: – Prosiga.

Yo: –  Subieron los pasajeros, el Capitán hizo partir los motores, se leyeron las listas de chequeo correspondientes, llegamos al cabezal, se probaron motores y despegamos de inmediato previa autorización de la Torre de Control.

Cdte: – ¿Cómo estaba el tiempo?

Yo: – Totalmente despejado y sin viento. Pusimos rumbo a Puerto Montt a una altura no mayor a mil pies y al acercamos a Calbuco el Capitán descendió un tanto para rodear Calbuco insular por el estrecho. En ese momento el avión pasó a llevar un cable que me imagino era telefónico. Aterrizamos sin novedad en Chamiza, para continuar en la tarde a Santiago.

Cdte.: – Un tanto escueto su relato, don Julio, pero a mi me gustan así las cosas. Dichas en forma precisa y con claridad. Remitámonos al comienzo. Ud. subió al avión después de las inspecciones de rigor y cuando llegó a la cabina el Capitán estaba sentado al lado izquierdo o derecho?

Yo: – Al izquierdo

Cdte: – Y Ud. se sentó de inmediato a lado derecho.

Yo:  – Efectivamente, para comenzar los chequeos de cabina.

Cdte.: – Muy bien. El resto ya lo sabemos. Fue una lástima que le “achuntaran” medio a medio al cable, porque no se imagina el alboroto que dejaron en Calbuco. Lo espero mañana a las 9 en punto.

Me despedí y me fui tranquilamente a casa, aunque un tanto amostazado al tener que volver de nuevo por algo que para mi estaba totalmente terminado.

¡ Craso error !

A las 9 en punto volvimos a presentamos y esta vez hicieron entrar sólo al Capitán y a mi me dejaron esperando en la sala del Ayudante. Transcurrió cerca de una hora hasta que llegó el oficial con un cartapacio y me dijo:

– Sr. Benavides, tenemos que charlar un rato porque existen pequeñas diferencias en las declaraciones de Uds. Le ruego que en primer lugar me indique el asiento que ocuparon al entrar al cockpit en Ancud, porque resulta que Ud. ha declarado que el Capitán ocupaba el lado izquierdo y Ud. el derecho, en tanto que él indicó desde un principio que Ud. ocupó en ese tramo el lado izquierdo, porque él necesitaba dar término a ciertos estudios que la Jefatura le había encargado con premura y al lado derecho podría continuarlos sin dificultad. manifestó el Capitán que estaba tan embebido en su trabajo que sólo volvió a la realidad cuando súbitamente se sintió un movimiento brusco en el avión y recién se dio cuenta que Ud. volaba a muy baja altura y que había cortado un cable que se veía desde la cabina. De inmediato él tomó los controles aterrizando poco después en Puerto Montt.

Qué le parece Sr. Benavides que revisemos de nuevo su declaración?

Guardé silencio un buen rato sintiendo que la sangre me empezaba a hervir y al fin le dije:

– Con todo gusto Teniente, con el objeto de proteger a mi Capitán acepté su sugerencia de declarar que habíamos ocupado los asientos en la forma establecida. Pero la verdad es que ocupé el asiento del lado izquierdo en ese tramo, lo que por ningún motivo significa que yo haya efectuado un vuelo rasante hacia Puerto Montt. Lamento y me extraña, que el Capitán esté tratando de involucrarme en su desaguisado. Además es tan torpe que imagina que el Fiscal va a dar por sentado que de buenas a primeras, un Capitán que tiene la responsabilidad absoluta del vuelo, se va a aislar del mundo por estar sentado al lado derecho y no se va a dar cuenta que el copiloto está haciendo tamañas barbaridades en un vuelo con full pasajeros, asustando a pescadores en sus botes y volando entre 2 y 5 metros sobre el mar, durante media hora.

El Teniente se dio cuenta que yo hablaba enojado y con rabia. Lo que no sabía era que ese enojo y esa rabia eran más bien conmigo mismo por haberme dejado embaucar y haber pensado que el Capitán jamás recurriría a tamaña “chuecura”. Por suerte el Ayudante necesitaba tiempo para ir escribiendo a máquina mis declaraciones, por lo que yo también podía reflexionar mejor lo que iba diciendo. Era como escribir pensando y no como dictar improvisando.

– Para terminar, Teniente, quiero decir tres cosas: La primera es que en LAN de Puerto Montt saben exactamente cómo sucedió todo, pues a este caballero no se le pasó por la mente que su desaguisado tendría tal repercusión y para justificarse y pedir ayuda dentro de la Empresa tuvo que contar la verdad de lo ocurrido, incluso tratando de comprar la complicidad del Despachador LAN que estaba de turno. Lo segundo es que consulten telefónicamente a la Jefatura de Operaciones para saber si alguien se atrevería a solicitarle algún estudio de cualquier índole y, por último, pedir al señor Fiscal me excuse y comprenda las razones que tuve para ocultar parte de la verdad en un comienzo.

Entramos a la oficina del Comandante que estaba con el Capitán y como siempre me saludó muy amablemente. El Ayudante le pasó mi nueva declaración, la que comenzó a leer de inmediato. Hizo dos breves pausas para mirarnos, tratando tal vez de indagar la verdad en nuestros rostros y, al terminar, dijo:

– Me alegro mucho que hayamos puesto todo en orden y ya informaremos a la Gerencia de LAN nuestra resolución.”

Las palabras que intercambiaría don Julio con su Capitán al abandonar las oficinas del Comandante no serían por cierto de las más pulcras…Pero al menos le quedaría la satisfacción que en su caso, seguiría ejerciendo sus labores normales como copiloto de la empresa. Julio recuerda el final de la historia:

“ Regresé a casa a esperar los acontecimientos. Al día subsiguiente me llamaron de Operaciones para comunicarme que el sábado tenía vuelo al norte, pernoctando una semana en Antofagasta. Fue la época en que por primera vez se declaró una epidemia de gripe asiática en Chile. Los médicos poco la conocían y el Dr. de LAN recomendó a todas las tripulaciones tomar unos tragos de whisky como prevención y tambien durante la enfermedad, si la agarraban en vuelo. Era el tiempo en que Arica era puerto libre y una botella de buen whisky costaba mil pesos, de esos pesos antiguos, antes del Escudo.

Tuve la mala suerte de contagiarme en los días previos al vuelo.

Como a las 4 de la mañana desperté tiritando con tercianas que me hacían saltar en la cama y tal vez con unos 40° de fiebre. No hallaba que hacer. Entremedio pensaba lo que iba a ocurrir con el vuelo porque si bien todavía era un “pispirriento” copiloto, se tenía que cancelar si no me presentaba. Tal vez ese sentido de responsabilidad que todo individuo lleva dentro y que en la mayoría nunca aflora, me hizo reaccionar positivamente y ya un par de horas después me sentía más tranquilo y sin tantos tiritones. Logré levantarme completamente adolorido como si me hubieran apaleado y a ”tontas y a locas” me tomé un buen tragote de whisky directo de la botella. No voy a decir que me mejoré pero sí que me levantó el ánimo y a las 8 estaba junto a la tripulación esperando la camioneta que nos llevaría al Aeropuerto. Le conté al Capitán Hauyón (el querido don “Lauta”) lo que me pasaba, que por lo demás era evidente. Gracias a él ese día y el siguiente fue muy poco lo que trabajé. Me llevaban y me traían. A veces me sentía casi bien. Cuando volvía algo la fiebre y los tiritones, recurría al sorbito del néctar recetado por los doctores.

Así terminó este episodio que me tuvo a mal traer por unos días en el norte. A lo mejor fue un justo o injusto castigo por las palabras soeces que pronuncié en contra del peculiar Capitán “Alicate” (tal es el apodo con que entró finalmente a nuestra historia de pilotos) que en un arranque de infantilismo, dejó sin comunicaciones a un pueblito del sur. Fue llamado a retiro y poco después se fue a Panamá, donde años más tarde y ya olvidada y perdonada su no tan graciosa travesura, lo encontré por casualidad y me contó que trabajaba en una Compañía Aérea local. – Dios escribe derecho en líneas torcidas – .“