(Por Julio Matthei Sch.)

Cuatro aviones NA Texan T-6 se aprestan a decolar raudos de la pista entre asfaltada y pedregosa del Grupo N° 1 de Los Cóndores. Cuatro alféreces alumnos, con sus respectivos Instructores, instalados en la cabina delantera, damos inicio a la etapa de reconocimiento de aeródromos y simples canchas de aterrizaje en el sector comprendido entre Iquique y el río Loa. La idea es familiarizarnos como oficiales alumnos del Curso de Tiro y Bombardeo 1953, con la zona y los lugares aptos para una eventual operación del T-6, el mismo avión de entrenamiento avanzado que utilizáramos el año anterior durante nuestro tercer y último año en la Escuela de Aviación. Empezaríamos por recorrer los lugares aptos situados junto al litoral, especialmente frecuentados y disputados, no tanto por razones militares o de emergencia, sino mas bien de abastecimiento de productos del mar para el Casino de los SS.OO (Señores Oficiales).

Cuando el sol ya había cruzado el cenit en su recorrido hacia el ocaso y de acuerdo a la rutina dispuesta al acercarnos a un nuevo destino, estrechamos la formación y uno tras otro los cuatro aviones, siguiendo al líder, aproximan y aterrizan en la cancha de Quillagua en las proximidades del río Loa, distanciados sólo lo suficiente como para permitir la disipación de la enorme nube de polvo generada por el desplazamiento en tierra de cada avión.

Desde mi posición en la cabina trasera del avión líder, observaba atentamente las características de la operación en cada uno de los lugares, especialmente durante los virajes ya que hacia delante, la visibilidad para el piloto acompañante era bastante restringida.

De acuerdo a la secuencia establecida, aterrizamos de cordillera a mar concentrándose los cuatro aviones en el extremo poniente de la cancha.

Sin detener los motores, el líder, después de esperar el ordenado agrupamiento de sus tres números y comprobar que ninguno reportaba alguna novedad, hace el gesto al sub-líder que iniciará el decolaje desde ese mismo cabezal, es decir en sentido contrario al del aterrizaje. Una vez más mi Teniente empujaba el acelerador a fondo y controlando bastón y pedales, emprendíamos una nueva carrera impulsados por los 550 briosos HP de nuestro confiable NA. Desde mi posición en la cabina trasera, sólo alcanzaba a observar el aumento paulatino de la rapidez con que las arenas a mis costados iban quedando atrás. No tenía noción ni apreciación del camino recorrido dentro de las limitaciones físicas de la “pista”. De pronto me percato de un inusual bastonazo hacia atrás, una elevación anormal de la nariz y una rara pero muy conocida sensación de flojedad en mi trasero, detector infalible de una condición de stall.

La extraña situación no duró lo suficiente como para permitirme largas reflexiones. Pocos segundos después, nuestro NA se arrastraba violenta y aparatosamente sobre un suelo pedregoso pero bastante plano. Cesado el estruendo, una densa nube de polvo rojizo me impedía ver más allá del interior de mi cabina. La quietud en la cabina delantera me hizo pensar lo peor para mi Teniente. Pero extrañamente, yo tampoco sentía una gran urgencia en moverme. Disipado el polvo, solté el arnés y abandoné mi cabina con mas parsimonia de la que cabía esperar en una situación de “crash landing”. El tren retraído nos había dejado a ras del suelo, permitiéndonos una muy cómoda y rápida evacuación.

Descubrí que mi Teniente, a Dios gracias, sano y salvo como yo, ya se había alejado algo de nuestro avión y lo miraba todavía con cierto desconcierto y desconsuelo. Pero pronto recuperó su presencia de ánimo e invariable buen humor, que ya le había conocido en mi primer año de cadete de la Escuela de Aviación.

Superada la primera impresión, me di cuenta que nos separaba una profunda quebrada de la cancha de la que recién habíamos despegado y que el avión había logrado sortear a pesar del déficit de sustentación acumulada durante su carrera. Era una quebrada profunda con sus paredes a una distancia que apenas permitía, desde sus bordes, una comunicación a gritos de un lado al otro. Tal vez en ese momento todavía no apreciábamos en toda su magnitud la suerte que habíamos tenido y lo distinto que habría sido, terminar al fondo de la quebrada.

Al observar el inesperado desenlace de nuestro despegue, los aviones restantes rodaron hasta el borde de la quebrada que había servido de trampolín para la última empinada en la vida de nuestro NA. Detuvieron sus motores y el sub líder acercándose lo más que pudo, junto con comprobar que estábamos vivitos y coleando, nos grita la pregunta obvia:

lamoscadequillahua

“¿Qué les pasoooo?”

Mi Teniente siempre ocurrente y seguramente todavía bajo el influjo del shock y la euforia de sentirse vivo, le contesta con un alarido no menos fuerte:

“¡Parece que chocamos con una mosca, oooooh!”……

Después de tranquilizarnos con el envío de una pronta ayuda, el sub líder decola con sus aviones, ahora contra el viento, y después de reunirse tras un amplio viraje pasan uno tras otro sobre nuestras cabezas como testimonio de su solidaridad y buenos camaradas del aire.
Mi Teniente más familiarizado con el lugar, concluyó que nada teníamos que hacer junto al avión y que lo mejor era partir caminando hacia la cercana estación de ferrocarril de Quillagua donde, junto con guarecernos, podríamos tener algún contacto vía telegráfica con Iquique. No teníamos nada que recoger, ya que andábamos sólo “con lo puesto”, es decir el buzo de vuelo de verano sobre nuestro pantalón y camisa de uniforme.
Efectivamente en la estación tuvimos un recado del comando de Los Cóndores que nos conminaba a regresar como pudiéramos, a la brevedad, por nuestros propios medios……!
El encargado de la estación nos consoló diciéndonos que no nos preocupáramos ya que transitaban constantemente camiones con destino a Iquique que, seguramente, no tendrían inconveniente en llevarnos. Ya entrada la noche se detuvo efectivamente un enorme camión que transportaba un cargamento de escobas cuyo chofer nos invitó amablemente a subir y acomodarnos lo mejor posible. Aliviados pero fatigados por el stress, no tardamos con mi Teniente en quedar profundamente dormidos.
De pronto una voz cercana nos despierta. Era el chofer:

“Amigos, lo siento, pero se ha roto un eje y no podemos continuar. Tendremos que quedarnos aquí hasta esperar el auxilio para una reparación”.

Estábamos en medio de la pampa con un camino y lomajes arenosos sólo iluminados por la inusitada claridad de un cielo magníficamente estrellado. Nos impresionó tanto la luminosidad como el intenso frío que empezamos a sentir al bajarnos del camión.
A lo lejos se distinguían las luces de un caserío. Parece que aquello, de “regresar a la brevedad por nuestros propios medios”, mi Teniente se lo estaba tomando bien en serio, porque en cuanto se percató de las luces, me dijo algo así como:

“Vamos alférez, a ver qué podemos hacer por allá y de paso aprovechamos de sacarnos un poco el frío con la caminata”.

Dicho y hecho. Con rumbo fijo hacia las luces y tras una caminata a “pampa traviesa” y unos cuantos tropezones, alcanzamos el caserío que resultó ser una estación del tren calichero que conducía a la oficina salitrera de Victoria. Como ya era pasado de la medianoche, no vimos señales de los pobladores, hasta que de pronto nos topamos con la única casa abierta y con bastante gente en su interior. Comprobamos rápidamente que se trataba de un velorio al cuál estábamos concurriendo algo inoportunamente. Sin embargo los dolientes familiares comprendieron nuestra situación y enterados de nuestro problema, nos dieron la buena noticia que muy pronto era la hora de paso del tren el cuál harían detenerse para que nos llevara a la oficina de Victoria.
Así fue como con los últimos destellos de la noche, llegamos a Victoria donde, solícitamente, fuimos albergados en la casa de huéspedes y tras un breve descanso, atendidos con un espléndido desayuno. Enterados de nuestra historia, tampoco tuvieron ningún problema de trasladarnos más tarde, en el avión que prestaba servicios a la compañía, hasta el aeródromo de Cavancha de Iquique, desde donde pudimos interceptar a uno de los vehículos de Los Cóndores para regresar a nuestra Base.
Después del consabido sumario, que en esos tiempos era mas una herramienta para establecer “culpabilidades” y adoptar “medidas disciplinarias”, que una que sirviera de apoyo al establecimiento de sanas normas de seguridad aérea, el fin de la historia es que, gracias a la nobleza de un T-6 y la diligencia de dos ángeles de la guarda, una mosca de Quillagua no pudo impedir que mi Teniente culminara exitosamente su carrera en la Fuerza Aérea y que yo pudiera compartir por 45 años, la rica historia de la empresa aerocomercial más antigua de Chile.