Por Julio Matthei Sch.

Sus colaboraciones en la Revista ALAS de la Escuela de Aviación las firmaba con el seudónimo de “Duval Hegollé”, para sus compañeros era simplemente el “Chico”. No es que haya sido un chico precisamente afrancesado, era más bien un chico bien choro y matriculado. Jovial, buen amigo (de los mejores) y a pesar de su escasa estatura, de contextura atlética y derecho como una estaca. De tanto estirarse logró (dicen sus malos compañeros), que su cuello creciera unos cuantos centímetros… Muchos, menospreciando su estatura, tenían la mala idea de competir con él haciendo “gallitos”. Casi siempre el “Chico” se daba el lujo de humillarlos. Este atleta, imbatible en las carreras cortas, tenía sin embargo su Talón de Aquiles: Era negado para el agua. Los piqueros obligados en la piscina de la Escuela iban, en su caso, seguidos siempre de una “operación rescate” de sus compañeros salvavidas. Y como suele suceder en la vida, un cierto día el destino lo puso frente a lo que menos gracia le podría hacer: Caerse al mar…!!

Era verano, de esos que invitan a disfrutar de las incomparables bellezas panorámicas de nuestra zona austral. A las 10:30 de la mañana, el “Chico” empuñando la caña de su DC-3, ordenaba “Tren arriba”. Atrás quedaba la pista de El Tepual y se abría luminosa la ruta sobre el mar hacia el destino planeado, Futalelfú. Lo que presagiaba ser un vuelo tranquilo y entretenido dejó de serlo abruptamente tras haber hecho recién la mitad del recorrido. A 5.500 pies de altura y acercándose al Golfo de Vodudahue el plácido ronroneo de los motores se vio alterado por una súbita aspereza del motor izquierdo. La atenta mirada a los parámetros del motor constatan un alza de la temperatura y caída de la presión de aceite.

Es el tipo de falla que obliga a detener el motor y colocar la hélice en ”bandera”. Y eso es lo que el “Chico”, por procedimiento, hizo. El problema fue que su noble DC-3 (conocido como el “209” en la época que era propiedad de Lan) no estaba manteniendo la altura con un solo motor. Por tanto, a nuestro querido amigo no le quedó otra alternativa que colocar potencia cercana al METO y corregir su rumbo hacia el aeródromo de Chaiten, apuntando probablemente la nariz, al inconfundible Corcovado.

Pero este no era precisamente su día y comienzan a precipitarse las cosas. A los pocos minutos del cambio de rumbo, el motor derecho reclama con vibraciones y explosiones, obligando a reducir de nuevo la potencia. Lamentablemente no se dio por satisfecho y por el contrario, le devolvió al “Chico”, desafiante, su fatídica luz roja de alarma de incendio. Está demás decir, que el “Chico” a esas alturas lo estaba pasando, junto a su copiloto, verdaderamente muy mal. No solo debe haberlo atormentado el infortunio de la pérdida de los dos motores sino ese espejo inmenso de agua que le hacía una vez más una invitación obligada y en absoluto bienvenida.

El avión perdía altura y lo más cercano era la playa, ya inalcanzable, de la Isla Llaguen. Todos sabemos que a los pilotos nos entrenan para el amarizaje sólo por manuales, gráficos o películas. Cabe preguntarse, cuánto hay de eso presente, cuando lo estudiado se transforma en cruda realidad.

No hay nada mejor que vivir estos momentos tan álgidos, escuchando el relato del mismo afectado, Hugo del Valle:

“Efectué una aproximación final al agua en forma normal y lo mantuve a ras del agua con el fin de que perdiera el máximo de velocidad, no empleando flaps y con el tren arriba. Toqué el agua con la parte posterior del fuselaje y luego vino una frenada brusca que nos impulsó hacia delante sin llegar a golpearnos porque estábamos preparados para lo que pudiera ocurrir.”

Todo esto sucedía a unos 500 metros de la playa. El avión no se hundió inmediatamente y tan pronto se detuvo, nuestro amigo Hugo y su copiloto se abren camino al exterior por la escotilla superior del cockpit. Además se habían preocupado de tener a mano el bote inflable que arrastran tambien hacia afuera para acomodarse finalmente sobre el ala derecha. Pero las dificultades recién comenzarían.

Fieles a la recomendación de sacarse los zapatos para no dañar el bote, se resbalaban continuamente sobre la superficie del ala. Había un explicable apuro por abordar el bote ya que temían el efecto succión del avión al hundirse. Como soplaba fuerte el viento Sur, les pareció lo más conveniente enfilar hacia los bajos del NE. Al intentarlo, se dan cuenta que el bote comenzaba a desinflarse y no soportaba a los dos… !

Y aquí nuevamente nada mejor que escuchar al “Chico”:

“Decidimos que el copiloto se fuera tomado del bote y yo lo seguiría de atrás tratando de nadar con chaleco puesto, pues no sé nadar. El copiloto alcanzó tierra, no así yo, que encontré dificultades en avanzar y regresé al avión a descansar ya que no se hundía. Una vez en él, comencé a tiritar descontroladamente y el viento sur me congelaba. Debido a esto nuevamente me lancé al agua con el fin de evitar el frío y tratar de nadar a tierra. Conseguí alejarme de la cola del avión unos 50 metros, pero como notaba que no avanzaba dejé momentáneamente de tratar de nadar y observé al copiloto bastante cerca de tierra y en la puntilla opuesta, a un jinete y varias personas. Les grite Bote !!, Bote !! Como no me encontraba capaz de llegar a la costa y el avión continuaba flotando y hundiéndose lento, resolví regresar nuevamente a él, de donde fui rescatado por un bote”.

A la distancia el episodio podría parecer tragicómico, casi gracioso, pero nuestro querido compañero y amigo, el “Chico”, probablemente vivió el drama mas intenso de su vida. Felizmente tras este chapuzón, un cambio de ropa y una cabalgata a la pista de Pumalin, los dos pilotos pudieron volver, sin mayores consecuencias, a sus hogares en Puerto Montt. Recordamos con cariño esta aventura del “Chico”, alegrándonos que esas frías aguas sureñas no lograron arrebatarnos prematuramente a un gran compañero y un gran amigo, hasta el día de hoy.

Epílogo (del Informe Pericial):
En inspección posterior de los restos del avión en el mar (que quedaba prácticamente tapado con la marea alta) se comprobó el desprendimiento del motor derecho con el impacto y que había quedado en el fondo a unos 30 metros hacia los 45° a estribor de la cola. Con marea baja el avión completo a excepción del motor derecho aflora hasta el nivel medio de la puerta principal. Se estima que el motor izquierdo se fundió y el derecho al no soportar mayor potencia, descabezó válvulas o rajó alguna cabeza de cilindro.