(Un relato a sus compañeros de curso, por Sergio Lizasoaín Mitrano – Curso E.A. 1950-1952)

Entre todos los que vamos quedando en el camino de la vida, entre tanto traqueteo y experiencias que nos regaló nuestra querida Fuerza Aérea, hay una historia que deseo compartir con Uds., en esta mesa de la amistad mensual que nos reúne. Por lo visto solo fuimos tres los Quijotes que en algún lejano día decidimos enfrentar la inapreciable aventura de pasar una año entero de nuestra jóvenes vidas en el territorio Antártico. El que les habla y Sergio Contardo lo hicieron en la Base GGV y el inolvidable el Luis “Flaco” Rojas” lo hizo en la Base PAC (Presidente Pedro Aguirre Cerda). De los tres, el primero en partir fui yo desde Noviembre 1956 a Diciembre 1957.

Base Presidente Gabriel Gonzalez Videla (GGV) - 1959

Base Presidente Gabriel Gonzalez Videla (GGV) – 1959

 

 

Eran los tiempos en que la Armada trasladaba en sus buques a las tres dotaciones institucionales de manera que, para llegar desde Punta Arenas a las Bases Antárticas, había que efectuar obligadamente el temido cruce del tempestuoso mar de Drake, para arribar por fin al tercer día a nuestro destino.

Bendita ignorancia!

Eran tambien los tiempos increíbles en que a las dotaciones se las aprovisionaba con animales en pie: ovejas, aves e incluso vacas para cubrir las necesidades de las dotaciones. Tambien perros de raza para el arrastre de trineos en la Base militar O’Higgins.

Después del periodo de mantenimiento y construcción de las nuevas dependencias en nuestras Bases llegó por fin el momento ansiado del regreso definitivo de la flotilla naval a Punta Arenas a fines de Febrero de ese año 1957. Recuerdo nítidamente cuando, tras levar las anclas, los navíos encabezados por el viejo y noble petrolero “Rancagua” tomaron lentamente rumbo a la desembocadura de Bahía Foster y después de los tres consabidos toques de sirena de despedida, comenzaron a alejarse hasta desaparecer de nuestras vistas…

Ahora comenzábamos por fin, en solitario, nuestro año antártico. En ese tiempo era lisa y llanamente el aislamiento total de la civilización hasta el próximo año, hasta que regresara la próxima flotilla que traería a nuestros camaradas que nos reemplazarían en la patriótica misión de resguardar nuestros derechos inalienables en el Territorio Antártico.

Iniciado el período de aislamiento, nuestra dotación de ocho hombres se dedicó con cuerpo y alma al cumplimiento de sus tareas diarias, debiendo dar absoluta prioridad al aspecto meteorológico y glaciológico exigido por el entonces año geofísico internacional (AGI). Nuestra Base PAC había sido elegida por el AGI como centro de recaudación de datos científicos y nuestro personal de radiotelegrafistas cumplía a diario un arduo trabajo recibiendo y retransmitiendo Meteos y otro tipo de datos requeridos.

Y así transcurrieron esos cinco primeros meses hasta llegar a Junio. En Isla Decepción, coexistíamos amistosamente tres Bases Antárticas: la inglesa ”John Biscoe House”” en Caleta Balleneros; la argentina “Destacamento Naval Decepción” en la ARA y la chilena, Base PAC en Caleta Péndulo.

Éramos todos buenos camaradas y constantemente convivíamos visitándonos entre las tres dotaciones, lo que indudablemente suavizaba nuestro aislamiento el que a veces pesaba notoriamente en los ánimos de los miembros de la Base.

Así fue como durante esa primera semana de Junio recibimos con gran alegría a los ingleses encabezados por el Base Leader John Paisley. Debo aclarar que los “gringos” eran todos civiles a diferencia de los argentinos, todos marinos y nosotros aviadores.

Cada vez que los chilenos recibíamos visitas, faenábamos un cordero y el asado era motivo para una verdadera fiesta. Porque carne fresca sólo había en nuestra Base. Los argentinos sólo tenían carne congelada y los ingleses carne enlatada.

Después de dos días los ingleses regresaron a su Base pero al despedirse, John Paisley, me dejó muy invitado a su “mid winter party” para el día 21 de Junio, pidiéndome que por favor le llevara unas ampolletas que faltaban en su Base.

Así entonces, al amanecer del día 21 procedí a elegir como compañero de viaje al Sgto. Espinoza, un gordo especialista en electrónica. Nos preparamos con vestimenta y calzado adecuado, hicimos un paquete de ampolletas y otro con las muy apreciadas botellas de vino blanco chileno, cordel para la cordada y bastones de ski.

Como toda la semana anterior había estado nevando, el glaciar que debíamos atravesar para llegar hasta la Base John Biscoe estaba totalmente cubierto por un manto de nieve. Esa mañana el día estaba claro, cielo parcial cubierto y viento suave.

A las 10 AM iniciamos la caminata con un ascenso dificultoso por la nieve blanda y profunda. Al llegar a la cima que dominaba Caleta Péndulo y nuestra Base, nos detuvimos para gozar del espectáculo. Una vez amarrados por la cintura para el peligroso cruce del glaciar, reiniciamos la caminata. Yo adelante con el paquete de las ampolletas y atrás a 5 metros de distancia el gordo Espinoza en la cordada con el precioso vino blanco. Avanzábamos con dificultad, conversando y “echando la talla”, evitando las detenciones para no enfriarnos porque con la ropa gruesa y el esfuerzo, transpirábamos. A una hora y media de viaje llegamos a una pequeña ladera totalmente nevada, resplandeciente bajo los intensos rayos de sol. Estábamos a mitad de camino. Continuamos avanzando con dificultad, contentos porque ya avizorábamos nuestra llegada donde los “gringos”, que nos esperaban con cervezas y un rico almuerzo.

De repente, inesperadamente, cedió la nieve bajo mis pies y caí bruscamente con toda mi humanidad en un espeluznante y negro vacío. Un brusco sacudón detuvo mi caída y quedé colgando sujeto de ese cordel milagroso. Se hizo un silencio sepulcral y recién tomé conciencia de que había caído en una de las peligrosas y temidas grietas de hielo antárticas. Eché una mirada angustiosa hacia el fondo observando que la grieta se angostaba aproximadamente hasta unos15 metros bajo mis pies. Después miré hacia arriba donde a unos tres metros de distancia se perfilaba un círculo casi perfecto que había dejado mi cuerpo en su caída. Por ese orificio entraba ahora la luz solar, radiando los colores fantásticos y puros del arco iris en el radio reducido alrededor de mi suspendido cuerpo. Asimismo constaté, que los muros de la grieta eran de un color azul intenso, pero de una dureza acerada y resbalosa de hielos más que centenarios o tal vez milenarios.

Mi estado anímico se debatía entre el pánico y la incredulidad. Pero pasados unos segundos, que deben haberme parecido minutos, aprecié de un “paraguazo” la situación. Pensé de inmediato que el buen gordo Espinoza permanecía allá arriba, estático e inmovilizado por el terror, temeroso de ser arrastrado por mi peso hacia las tétricas profundidades de la grieta que prácticamente se había tragado a su joven Comandante de la Base. Es entonces cuando se inicia un intento de diálogo, de un tenor mas o menos parecido a lo siguiente:

– Espinoza – hombre – sáqueme de aquí.
Respuesta: Silencio … La inmovilidad y la negrura bajo mis pies.
Yo otra vez pero con una voz algo más imperiosa:
– ¡Espinoza! – ¡Huevón! ¡Sáqueme de este maldito hoyo!
Respuesta: No se oye padre… Sólo el frío glacial dentro de la grieta que se hacía sentir en todo mi cuerpo.
Yo, nuevamente, ahora con voz estentórea y con ribetes ya de una santa indignación:
– ¡¡Oye guatón Espinoza!! ¡¡Huevón de mierda!! ¡¡Reacciona c…de tu m…!! ¡¡Tienes que sacarme de aquí!! ¡¡Es una orden, crestón!!
Respuesta: El mismo silencio insoportable…
Pero de pronto, ¡oh milagro!, la cuerda que nos unía casi formando un cordón umbilical, comenzó a izarme lentamente, centímetro a centímetro hasta que por fin mi cabeza, mis brazos y el resto de mi infraestructura humana se vieron liberados del vacío y pude posarme acostado de guata sobre esa nieve bendita que ahora nunca me había parecido más bella y amigable.
Le doy efusivamente las gracias a mi Sgto. Espinoza y también a Dios porque, antes de iniciarse el invierno había dispuesto en forma mandatoria por la Orden del Día, el requerimiento de usar cordada cuando el personal se alejara en un radio superior a 1 Km desde la Base.
Acto seguido invito a Espinoza a acercarse a la grieta para que comprobara nuestra gran “cuevita aviática”. Este sin arrugarse (ahora le salió la voz por primera vez desde el incidente) contestó con un lacónico:
– ¡Ni cagando mi teniente!

Los dos nos reímos a carcajadas, lo que nos distendió lo suficiente para que una vez recuperados los paquetes de ampolletas y las botellas de vino blanco, reanudáramos la marcha, la que a pesar de las dificultades de la nieve blanda, terminamos en un par de horas  hasta nuestra llegada a Biscoe House.

Nota Final:
Mi Sgto. Espinoza jamás me representó signo alguno de molestia o sentimiento por mis expresiones referidas a su Sra. madre. Fueron cosas de un momento apremiante que compartimos en esas gélidas latitudes.