Por Patricio Délano Barrios
(Según publicado en  HORAS DE LOSA – Vol. I)
 
 

Hace tantos años que sucedió y no me canso de rememorarlo.

Fue en un viaje que hicimos sin escalas a Arica. Cuando salimos de Santiago el tiempo allí estaba amenazante y el pronóstico era que se iba a descomponer aún más.

Pasado Taltal, hacia el norte se veía una capa de stratus que cubría todo el horizonte, pero los aeropuertos de Antofagasta, Iquique y Arica, tenían un techo de nubes lo suficientemente alto como para preocuparse de ello. Estábamos por abandonar la frecuencia de radio del Control de Tránsito para tomar contacto con la Torre de Arica cuando salió al aire la voz del comandante de un avión Caravelle que pedía instrucciones para aterrizar en Antofagasta.

No había podido hacerlo en Arica y la cancha de Iquique era demasiado corta para ese tipo de avión.

Le contestó la Torre que tampoco podía hacer el aterrizaje allí, pues el techo de nubes estaba muy bajo y el viento era de mar a tierra con una intensidad muy alta.

El intercambio de mensajes se hacía en forma muy natural, como si nada estuviera sucediendo. Sobre todo, la voz del comandante, muy tranquila y lenta, corno si todo fuera rutina.

Sin embargo, para nosotros, que sabíamos de estas cosas, no podíamos por menos de imaginarnos la verdad de lo que estaba aconteciendo

El piloto pidió informes de otros aeródromos a los cuales pudiera dirigirse y le dieron primero EI Alto de La Paz.

– Muy lejos.

– Sucre entonces.

– Tampoco.

Pobre Capitán. Seguramente con el avión lleno de pasajeros.

Decidió intentar el aterrizaje en Antofagasta.

Por nuestra parte, tuvimos que abandonar esa frecuencia de radio y pedir instrucciones de aterrizaje a la Torre de Arica. No había problemas y una vez que hube estacionado el avión fui a la Torre a averiguar qué había sucedido con el Caravelle, que no había podido aterrizar allí poco antes.

Me informaron de una máquina de movimiento de tierras que estaba trabajando en la ampliación de la pista de aterrizaje había sufrido un desperfecto quedando atravesada en la pista, impidiendo el aterrizaje de aviones. No se sabía cuánto podía demorar el arreglo por lo que el piloto del Caravelle había decidido irse a Antofagasta.

Averiguaron por el Caravelle y supimos que había aterrizado sin contratiempo en Antofagasta. Aliviados, nos fuimos a dormir.

De regreso, al día siguiente, tuvimos que hacer una escala en Antofagasta y nos dieron instrucciones para aterrizar de mar a tierra, contrario a lo de costumbre. No había viento y nos extrañó esta disposición de la Torre que nos obligaría a dar un rodeo para aterrizar.

Una vez que lo hubimos hecho, prolongamos la carrera de aterrizaje para poder ver bien al Caravelle que estaba al final de la pista con todos sus neumáticos reventados.

 

(Ver también en CRONICAS 15 Junio 2013 “Patricio Délano Barrios y su breve paso por LAN”)