(Por Julio Matthei Sch.)

A las seis y media de la tarde hacía frío en la pequeña vidriería “Abasil” de la comuna de Las Condes. No era de extrañar, ya que Santiago se había visto afectado por una onda polar con temperaturas mínimas por debajo de los -2° C. La entrega de un espejo se había atrasado y habíamos sido invitados gentilmente a esperar que lo terminaran de cortar y enmarcar. El señor tras el mostrador me evocaba, tal vez por su gorro, la figura de un típico español a cargo de su “ultramarino”, aún cuando su absoluta falta de acento descartaba tal origen. Mas bien menudo de porte, su rostro traslucía una gran tranquilidad y bonhomía. Instalados con mi mujer en sendos taburetes, recorríamos, para matar el tiempo, los cuadros y espejos de todo tipo que decoraban por todos los lados el estrecho recinto.

De pronto el señor, tal vez sintiéndose, obligado a acortar nuestra gélida espera, nos extiende dos hojas impresas en que leo sin mucha atención el encabezado “Pajaritos Nuevos” en una de ellas, y en la otra, en forma menos destacada, “Refraneando”. Adivinando que podíamos pensar que se trataba de algunos artículos de la prensa, nos confidencia con sencillez:

– Los escribí yo. Uno está publicado en la Revista Aérea. Tengo escrito varios libros y artículos, publicados en los “Horas de losa” del Instituto de Investigaciones Históricas Aeronáuticas de Chile.

Tras esta inesperada revelación me sentí con el derecho a entrar en confianza y verificar si compartíamos los mismos personajes de ese ambiente. Tras surgir rápidamente los nombres de Sergio Barriga, el General Fernando Silva y el “conejo” Avendaño entre otros, no pude dejar de preguntar, para pulsear hasta donde era adicto a las “Horas de Losa”:

– Y por casualidad leyó “La mosca de Quillagua”?

– Por supuesto, me respondió, y varias veces.

A esas alturas ya había recorrido algo los textos entregados y leí con sorpresa que el 13 de Marzo de 1988 había hecho su primer cruce de Los Andes en alas delta…! Imaginarme a don Basilio, pues tal era el nombre del autor de los escritos, encumbrado sobre el Cristo Redentor haciendo “ochos” y dejándose llevar por el viento hacia Argentina, expuesto a los “rotores” de la precordillera, me quitó de una plumada la impresión del bonachón tendero de “ultramarino”. Una vez más pude comprobar que ciertas exterioridades como la quietud y la humildad suelen ocultar la audacia de unos tremendos y apasionados hombres de acción.

Nos despedimos con un fuerte apretón de manos propio de aviadores que se reconocen miembros de una misma cofradía y con la sincera alegría de haber vivido este grato e inesperado encuentro. Junto al espejo, nos agrega generosamente, otro manojo de sus artículos.

Ya en casa, recorro las páginas de los siete tomos de Horas de Losa y me encuentro nada menos que con 14 artículos del aladeltista y recordman múltiple, don Basilio Impellizzeri Nicito. Una muy completa colección de “Gajes del oficio” de alas delta…! El ala Saphir 16 de don Basilio, es hoy parte de los objetos exhibidos en el Museo Aeronáutico como testimonio de sus proezas deportivas.

Le advertí a don Basilio que no podría contenerme en agregar a nuestra página uno de los artículos que nos regalara, porque nos permitiría acercarnos y comprender mejor los atractivos de ese particular y sacrificado deporte:

EL ALA DELTA
Por Basilio Impellizzeri Nicito.
image001

Es la más sencilla, estilizada, segura y hermosa de las naves aéreas. Se desliza por el aire, apartándolo sin violencia, sin ruido, de la forma más sutil, mediante su perfil aerodinámico que no perturba el medio, sino que se incorpora al natural movimiento del aire. A su baja velocidad (entre 30 y 50 Km / hora), se suma la flexibilidad de sus alas, construidas con tubos de duro – aluminio, de gran diámetro, alta resistencia y paredes delgadas. La liviana tela de dacrón es altamente antifricción. Está sumamente estirada y su forma aerodinámica sustentada con un “mailard” de fino plástico y delgadas costillas de duro-aluminio. Los tubos de antena y trapecio también tienen perfil de mínima resistencia al aire. Todo esto le da al conjunto, la máxima performance que pueda alcanzarse con una nave aérea de dimensiones tan reducidas (envergadura aprox. 10 metros) y bajo peso (entre 25 y 32 Kg), su L/D es de 12 metros de avance por 1 de descenso.

Puede ser manipulada por un sólo hombre. Su transporte dentro de la funda hace posible al aviador subir al cerro con ella y su equipo al hombro, armarla, volar, aterrizar cerca de su auto o locomoción y volverse a su casa, completamente solo. No necesita herramientas, pues se arma y desarma con las propias manos.

Esta maravilla es también la más segura de las naves “aviáticas”: no se conoce de ningún accidente producido por fallas o defectos de fabricación. Las que hay en el mercado cumplen con las normas establecidas y el manual del ala explica suficientemente lo que se puede hacer y advierte sobre lo que no se debe intentar con el material de vuelo. Lógicamente no me refiero a las alas de fabricación casera ni a las reformas que pudiera introducirle su dueño.

En tierra o en vuelo despierta admiración la hermosura del conjunto, la fineza de sus formas, la combinación de la más sólida estructura con los sencillos y eficientes accesorios, livianos y resistentes.

Los felices cultores de este deporte viajamos por el aire sin grandes esfuerzos; todo consiste en mover el cuerpo respecto de la barra de control. En cambio nos deleitamos con la mejor vista panorámica, el tenue susurro del aire y la brisa presionando nuestra piel. Pero todo eso no es nada comparado con lo que sentimos por dentro. Esta incomparable nave aérea se ha incorporado a nuestro ser. Nos hemos transformado en pájaros. Vamos a donde queremos. Husmeamos por el espacio en busca de las corrientes ascendentes y entramos en ellas naturalmente, sin sobresaltos, deseosos de sentir que el aire nos comprima con fuerza y nos eleve ojalá hasta las estrellas. Es un juego natural, conocemos por nuestra experiencia, lo que podemos hacer. No sentimos miedo sino deleite, felicidad, alegría de vivir, agradecimiento a Dios por permitirnos hacerlo y reconocimiento a los diseñadores y fabricantes de esta ala por hacerla tan dócil, tan segura, tan perfecta.

Pero hay algo más, bien difícil de explicar con palabras. A veces nos decidimos a ir más allá: nada hay en este mundo, comparable con lo que se siente allá arriba cuando uno decide “probarse”. Es un emoción profunda, un deseo de alcanzar la perfección. Con decisión nos sumergimos con toda nuestra atención, en alerta roja, para no traspasar la barrera de la seguridad, pero sí rozarla con nuestras acrobacias, giros escarpados, picados, stalls y cuantas maniobras deseemos intentar. Más aún, el reto, el desafío de cruzar esa barrera para ver que hay del otro lado y comprobar si podemos correrla más afuera ampliando nuestro conocimiento del arte de volar. Es el vértigo, el éxtasis, vibra cada una de nuestras células. Entonces amamos a esa perfecta nave aérea, que nos permite lograr lo que estamos haciendo, la perfección que estamos logrando.

Nada mejor que el vuelo en ala delta para encontrarnos con lo mejor de uno mismo e iluminarse para hallar respuestas y sentido a nuestras vidas!