(Por Luis Durand)

Casi no se advierte el ágil movimiento con que el esbelto y reluciente pájaro metálico se desprende de la tierra para tomar la ruta del aire, que vamos a conocer por primera vez. El “Inés de Suárez” (1) toma muy pronto altura, y, entonces, con grata sorpresa vemos que el ámbito se agranda y que el paisaje se extiende en un ancho horizonte de ilimitadas y novedosas perspectivas. Para el hombre que vivió pegado a la tierra, y que de pronto, como los pájaros, puede contemplar con toda suprístina belleza los variados accidentes del paisaje, el espectáculo es de una prodigiosa novedad.

Desde el aire, y la luz de la altura, tenemos oportunidad de ver a Chile con todas sus curiosas alternativas topográficas. Altos cerros de calva rojiza cubiertos en sus faldeos más .bajos de verdes pastizales que aún no han calcinado los soles del verano, quebradas silentes que desde arriba dan la sensación de suaves hondonadas, y más adelante, en la llanura, largas filas de álamos trazan rectas que se quiebran en caprichosas rayas verdes, interrumpidas a ratos por la ondulante cinta, azul de un río cuyas curvas se acortan en la distancia, así como la extensión de los potreros que van huyendo en manchas cuadriculadas que tienen todos los tonos del verde.

Para quien nunca ha viajado por la vía aérea, ahora en pleno vuelo se le resuelven muchas de las conjeturas que se formuló inmediatamente antes de ocupar  un asiento como pasajero de un avión. Porque si nos encaramamos hasta el último piso de un rascacielos, son pocos los que no experimentan una sensación de anticipado vértigo al mirar hacia abajo. En cambio, desde la ventanilla del “Inés de Suárez”, se extiende la mirada con una sensación de seguridad, de tranquila confianza, que echa por tierra el menor asomo de inquietud. Y esto lo vemos al recorrer con la mirada a los demás pasajeros. Todos van entretenidos en la contemplación del panorama soberbio que se ofrece ante la vista. Otros, a quienes no interesa la naturaleza, leen su diario con gran atención. En el asiento delantero viaja nuestro amigo Enrique Borchert, arquitecto (2), muy entretenido en ir comprobando con su vecino las etapas de la ruta.

Dentro de la nave aérea se puede conversar perfectamente. El ruido de los motores, que laten con su ritmo acelerado, no molesta en absoluto. Por la ventanilla de la cabina de los pilotos vemos, a ratos, el rostro sereno y sonriente del Comandante don Marcial Arredondo (3), dando por teléfono los detalles del viaje a Los Cerrillos y a Concepción. El techo de nubes altas, bajo el cual navegamos, ha descendido bastante a la altura del Mataquito, por lo que el piloto busca hacia la cordillera una ruta con más visibilidad. Y como no la encuentra, enfila hacia la costa. Y entonces nos encontramos con el maravilloso espectáculo del Océano, más o menos a la altura de Pichilemu. De este modo, siguiendo todo el relieve de nuestro litoral, pasamos por Constitución, Cobquecura, las Vegas de Itata, en donde una ligera llovizna resbala por las alas del avión, hasta divisar el Golfo de Arauco y pasar por encima de la Quiriquina y Talcahuano, para descender suavemente en el campo de aterrizaje de Hualpencillo, en Concepción.

A la vuelta nos trae el piloto señor Huidobro (4). Es un día luminoso que da al horizonte una perspectiva de ensueño. Nuestro asiento está colocado un poco más atrás del ala, y así podemos ver lo mejor el Valle Central, con sus tierras fértiles, que descienden como un manto de verdura desde el murallón de los Andes hasta el encaje sonoro de las olas del Pacífico, que revientan en la costa como una canción eterna. Chacras, campos talajeros, sementeras de oro, sauces que sueñan junto a un estero, ganados que pacen o dormitan junto a un bosque. Pueblos y caseríos que extienden su poncho colorido de techos rojos y arboledas que adquieren una sutil tonalidad en la lejanía. El cielo cada vez más celeste. Algunos pasajeros dormitan, mientras nuestro amigo Borchert, veterano del aire, nos cuenta sabrosas anécdotas.
No alcanzan a transcurrir los cien minutos del itinerario, cuando ya estamos descendiendo en Los Cerrillos. Un viaje deliciosos. Y un milagro de comodidad y rapidez.

  1. Uno de los tres primeros aviones Lockheed Electra (c/n 1142 CC-225, bautizado “Inés de Suárez”) que llegaron a Chile en Enero de 1941 por barco y encajonados. Entran en servicio en Marzo de 1941.
  2. Enrique Borchert,, arquitecto de LAN.
  3. Marcial Arredondo, ex oficial Fach, piloto Lan, Jefe de Operaciones y finalmente Gerente de Operaciones de Lan.
  4. Sergio García Huidobro, ex oficial Fach y piloto Lan. El 22 de Noviembre de 1941 hace vuelo inaugural a Concepción con el Electra “Diego de Almagro” (c/n 1145 CC-226). Este nuevo servicio aéreo rebaja a  menos de dos horas el trayecto que el tren expreso hace en diez y el “Flecha” en ocho horas.