Por Alberto Fernández Donoso
(Publicado en Volumen VIII de “Horas de Losa” editado por el Instituto de investigaciones Histórico Aeronáuticas de Chile)

Implacable, el sol del estío cae a plomo calcinando las pedregosas laderas del cerro Pajonales. En lo alto de la cumbre gira con silente exactitud la antena de uno de nuestros radares. Abajo, al poniente, la carretera Panamericana serpentea abriéndose paso a través de un portezuelo, para continuar recta e indiferente hacia Vallenar. Por el Oriente, una línea férrea enmohecida por el olvido, ha trepado desde Incahuasi y se pierde hacia el norte, en demanda de Cachiyuyo y Domeyko.

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Con mi amigo Samuel volvemos a consultar los mapas que llevamos para constatar, una vez más, que la estación Chañar no figura en ellos. Mucho menos la existencia de algún camino que nos lleve a lo que pudiera quedar de ella. Simplemente Chañar nunca ha existido para las carreteras modernas. Pero sabemos que está ahí, escondida en algún recodo, por una añeja carta aeronáutica de 1937 que nos dice que a un costado de ella hubo un aeródromo, posiblemente trazado por el capitán Gabriel Valenzuela, para apoyar el primer raid aéreo que unió Santiago con Arica en 1924,o bien durante 1929,cuando Arturo Merino Benítez dispuso una serie de vuelos exploratorios y la demarcación de una cadena de pistas de aterrizaje, como preludio de la creación de la Línea Aérea Postal Santiago Arica.
Decididos a encontrar el lugar, nos internamos por una huella que intenta correr en paralelo a la línea del tren. Pocos kilómetros más adelante la senda desemboca en una pequeña explanada, coronada por seis pimientos añosos que entregan la única sombra que alguna vez refrescó al andén y la estación, de la que no queda más que sus cimientos de piedra.
Nos acercamos lentamente en nuestra camioneta buscando la sombra protectora de los pimientos y tratando de no perturbar la quietud del paisaje, interrumpido por el rítmico canto de un chercán cuyo universo seguramente no alcanza más allá de aquellos árboles.
Descendemos del vehículo y continuamos a pie. Atravesamos las líneas y aparece ante nosotros una franja de tierra despejada de piedras y cascote, de unos 600 metros de largo por 60 de ancho, con sus cuatro esquinas marcadas con una L de cuarzo molido y un círculo central con el nombre de la estación escrita con grandes letras para posibilitar su identificación desde el aire.
Absortos en nuestros pensamientos y comentarios, no nos damos cuenta que somos observados desde una prudente distancia, por un hombre como surgido del pasado. Al verlo, nos acercamos intrigados para conversar con él, pero antes que podamos articular alguna apalabra frena en seco nuestras intenciones.
-Lo primero que se hace al llegar es saludar, nos reprocha desde sus ochenta y tantos años, con una dignidad que le impone respeto y una cierta solemnidad al encuentro.
-Disculpe usted pero no quisimos interrumpir – le respondo e intento explicarle el motivo de nuestra presencia en Chañar – aquí hubo uno de los primeros aeródromos del  país y nosotros…
-Sí, claro – nos interrumpe -. Aquí aterrizaban los Potez de Lan.
Incrédulos, nos miramos con Samuel. LAN empleó  esos aviones a mediados de los años treinta y no nos cabe duda que él los vio en Chañar. Es muy raro encontrar a alguien que los recuerde.
-Señor -le digo- es muy importante lo que usted nos cuenta…
-Trujillo, Enrique Trujillo, así me llamo –y continúa -.
Tenían dos motores y bajaban aquí cuando estaba malo en La Serena. Algunas veces quedaban averiados y llegaba otro a buscar los pasajeros.
A medida que sus recuerdos fluyen, su severidad inicial va dejando lugar a una sonrisa cálida y confiada.

-Uno de ellos se accidentó al pasar de largo. Fue por 1940 ó 42 y quedó mucho tiempo botado hasta que vinieron unos mecánicos que lo desarmaron y lo mandaron en un tren al sur. Después se accidentó un “aeroplano de estudio”. Debió ser por 1948. El piloto bajó a preguntar dónde quedaba Vallenar y quiso despegar  a favor del viento pero no pudo elevarse. A ese 1o vinieron a buscar los militares de la aviación y también se lo llevaron en un tren.
-¿Y los pilotos y los pasajeros qué hacían mientras tanto?
-Bueno, el jefe de la estación atendía a los pilotos y se avisaba por el telégrafo a la Torre y de allí a Coquimbo. El resto quedaba en el pueblo a la espera de la pasada del tren o de otro avión que los viniera a recoger.
-¿Por qué no pasan y conversan aquí adentro? – Nos dice desde la ventana de la casa de caña y barro, que ha perdido sus estucos a manos del viento y del tiempo.
Incapaces de resistirnos a su sonrisa acogedora, ingresamos a la habitación y nos sentamos en torno a la mesa, al tiempo que don Enrique nos comenta que es su esposa, nacida y criada en Chañar al igual que él.

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-Yo vivía con mi papá, mi mamá y mis hermanos en aquellas quebradas, Cerro abajo -nos dice doña Dolores, indicándonos una arboleda distante un par de kilómetros- y veníamos a la escuela evitando pasar cerca del Potez, porque le teníamos miedo.
-¿Qué había escuela en Chañar? – pregunto con un dejo de incredulidad.
-¡Pero si Chañar era muy bonito! – recuerda nostálgica – fíjese que éramos como 70 chiquillos en la escuela. Había comercio, un gran almacén, dos o tres orquestas y hasta un equipo de futbol. En total el pueblo tenía como 600 habitantes y ahora quedamos nosotros dos no más
-¡Y el burro! – agrega risueño don Enrique.
A pesar de su intervención, no dejo de pensar en lo penoso que debe ser para ella recordar su pueblo reducido a unos pocos vestigios y trato de cambiar el tema.
-Y usted don Enrique ¿recuerda cuándo hicieron la pista?
-Mire, mi mamá me trajo a Chañar en 1919. Venía embarazada por eso lo digo así y Dolores es de 1926. Yo no recuerdo bien cuándo se hizo la pista. Debo haber sido muy niño entonces.
-¿Sería en 1924 entonces?
-Podría ser, pero creo que fue un poco después.
-¿1929…?
– Capaz… puede que las hermanas de Dolores se acuerden mejor…
-Mi hermana que está en Coquimbo se debe acordar. Yo soy de las menores y éramos 16 hermanos, interrumpe Dolores, que ha regresado al comedor con huevos revueltos, un pan crujiente y dos tazas de té humeante que nos pone al frente.
Esta yez Samuel y yo no nos hacemos rogar. Todo lo que tenemos en el cuerpo no es más que un café matinal que tomamos antes de dejar Vallenar y ya son pasadas las 5 de la tarde…
-Lo que les puede decir – la voz de Don Enrique nos regresa a la historia – es que la pista la hizo la gente del pueblo con los 4×4 de entonces…
-¿Cómo es eso?
-Claro. La gente ponía las piedras y el cascajo una a una en una cabrilla… algo así como hangarilla que se tomaba entre cuatro hombres para llevarla y vaciarla fuera de la pista ¡si no había ninguna máquina por aquí!… y usaron burros para traer el cuarzo dese una mina que está como a cinco kilómetros…
no recuerdo que alguien haya venido a decir cómo se debía hacer. Seguramente el que vino habló con el jefe de la estación…
El sol sigue su marcha hacía el ocaso. Por la ventana podemos ver claramente las cúpulas del observatorio de La Silla, brillar en el atardecer.
-Tiene una linda vista desde acá, don Enrique – le comento mientras miro el paisaje anaranjado, tratando de imaginar el sudor que significó hacer esa pista.
-Bueno, en las noches sin viento nos abrigamos un poco y nos sentamos afuera con Dolores a mirar las estrellas… es un gran espectáculo…
-Me lo imagino don Enrique, me lo imagino… – le respondo, pensando en las siete horas de viaje que nos quedan para llegar al bullicio y las luces de Santiago que nos han alejado de esas estrellas.

Como adivinando mis pensamientos, doña Dolores nos dice que podemos volver cuando queramos, mientras caminamos hacia la camioneta.
De pronto don Enrique me dice que tiene una preocupación y que yo lo puedo ayudar.
-Se me ha perdido un avión, mi amigo -me dice.
-¿Qué cosa?… ¿Cómo es eso? – le pregunto sorprendido.
-Todos los días como a las once de la mañana, cuando subo a buscar agua a la noria con el burro, pasa un avión, pero hace como dos semanas que no lo veo y no creo que la vista me esté fallando -responde mirándome a la cara entre burlón y nostálgico.
-¡Ah! Ya veo, pero no se preocupe por eso. Su avión está en buenas manos. Para eso le pusimos un radar en su cerro.
Para cuidarle los aviones cuando usted no lo pueda hacer.
-Buen o…ya no falta mucho para que eso ocurra…
Con Samuel guardamos silencio. Ya no quedan palabras que decir y él lo sabe. Le damos un abrazo a doña Dolores, estrechamos la mano de don Enrique y partimos en silencio, pensativos.
Al primer recodo de la huella, Estación Chañar desaparece de nuestra vista, tal como se desvaneció en los mapas y para sus habitantes de antaño. Lo cierto es que no fue más que un instante en la historia. Simplemente allí se puso el último riel del ferrocarril al norte y su gente hizo un aeródromo que le abrió las rutas a la aviación chilena. Eso es todo.
Cuando alcanzamos la carretera, las estrellas ya están su lugar. Me parece verlas brillar con una intensidad diferente.
Seguramente don Enrique y doña Dolores las están mirando una vez más.