De Teniente a “cadete” copìloto.
(Por Julio Matthei Sch.)

Mi ingreso a LAN hace tres meses, había coincidido con mi primer aniversario de matrimonio celebrado junto a nuestro pequeño hijo. Me había casado después de recorrer un largo conducto regular hasta el entonces Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, don Armando Ortiz Ramírez, única instancia prevista para autorizar el matrimonio de un Sub Teniente. Con la calidez y sincero interés de un padre y a pesar de tomar nota de mi absoluta determinación, me advirtió no obstante, que me estaba echando una gran responsabilidad sobre mis débiles espaldas de Sub Teniente.

¡A los 23 años y enamorado, esas palabras me parecían exageradas, casi extravagantes!

¡No hay sueño imposible a esa edad!

Conforme a mi antigüedad dentro de la dotación de oficiales de la Base de Cerro Moreno, naturalmente no podía pretender más que la acomodación en un modesto departamento del último bloque junto a una línea de tren cuyos extremos se perdían en ambos sentidos en la inmensa aridez del desierto. Su visión desde la pequeña ventana del segundo piso aún recuerda hoy día, con cierto recogimiento, mi joven esposa santiaguina acostumbrada al verdor del valle central. Cuando faltaba el agua, algunos de mis compañeros solteros se preocupaban de llevárnoslo en “chuicos” al departamento.

No corrían buenos tiempos para nuestra promoción. A partir del curso siguiente al nuestro, un programa acordado con los EEUU, permitió la formación de pilotos cadetes en ese país, los que regresaban con el curso completo de vuelo en monomotores o bombarderos livianos. De ese modo a la llegada en 1955 de los B-26, con una completa unidad americana de “ground school” móvil, se nos consideró en el plan de instrucción terrestre, pasando posteriormente a la instrucción de vuelo sólo los pilotos de B-25 del Grupo 8 y los pilotos del curso siguiente ya instruidos en EEUU.

Un tanto defraudado por la postergación, un poco humillado porque sólo se nos asignó la tarea de pintarle los números a los nuevos aviones y viendo también las dificultades del primer embarazo de mi mujer, pedí mi traslado.

Salí destinado a la Escuela de Aviación como oficial de la Primera Escuadrilla e Instructor de Vuelo. Pero el desencanto y las paupérrimas condiciones de vida que le estaba ofreciendo a mi joven familia habían logrado minar mi entusiasmo y hacia fines de año pedía mi baja de la institución. El trámite terminaba una vez más en la Comandancia en Jefe, donde ahora don Diego Barros Ortiz me despidió en su despacho con la escueta sentencia:

“Lo siento Teniente, pero creo que Ud. lamentará profundamente su retiro”.

A pesar del cansancio tras un día muy “volado” hacia Punta Arenas, no lograba conciliar el sueño en mi cama del Hotel “Cosmos”, dándome vuelta en la cabeza las posibles consecuencias de mi reciente retiro de la Fuerza Aérea e incorporación a Lan Chile.

¿Sucedería lo que me había vaticinado mi General Barros Ortiz?

Era el 24 de Diciembre de 1956. ¡Sí, era Navidad! ¡Pero sin familia, sin ambiente pascuero y sin regalos!

Sólo hace algunas semanas había sido incorporado al Rol de Vuelo de Lan Chile tras completar mi curso de copiloto en el material DC-3. Era práctica habitual que los pilotos recién ingresados a la compañía se “tenían que poner” con los vuelos de Navidad y Año Nuevo.

Si bien don Cirilo Halley Harris Mac Donald, también ex oficial de la Fuerza Aérea además de Comandante de Aeronave y Jefe de Instrucción de Lan Chile, me había recibido con los brazos abiertos e integrado de inmediato a un curso de copilotos que venía funcionando hace poco, el cambio había sido radical. Mis dos galones sobre el uniforme azul aéreo se habían transformado en uno, muy escuálido, sobre la tela café del uniforme de LAN. Mis relucientes títulos de “Teniente (R.A.) y Piloto de Guerra de la Fuerza Aérea” habían desaparecido tras un modesto “Piloto Tercer Oficial del escalafón de pilotos de Línea Aérea Nacional”. Todo había sido un comenzar de nuevo y algunos de los pilotos antiguos se esmeraban, en su trato, en destacarlo con una no muy grata insistencia…

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De Teniente…a “Cadete” Copiloto

Estaba literalmente viviendo una nueva etapa como “cadete” recluta en la aviación comercial, condición que supo tan bien describir en 1942 en “The Airline Pilot” el capitán, de la entonces Colonial Airlines, Keith Murray en su pequeño poema “El Copiloto”. Eran los comienzos del DC-3 y el poema (en versión libre “chilena”) se transformó en un clásico de la jerga de pilotos:

EL COPILOTO

Soy el copiloto y me siento a la derecha,
siempre atento y rápido como una flecha.
Me corresponde callar, lo demás es suicida,
pero debo muy bien recordar, lo que el capitán se olvida.

El plan de vuelo y el tiempo son mi obligación primera,
luego la subida del tren y estar presto a la bandera;
lleno todos los formularios y hago los reportes con premura,
y sólo tomo el avión cuando EL atiende una hermosura.

Debo tomar las lecturas y ajustar la potencia con esmero,
y no olvidar con la lluvia: ¡La calefacción primero!
Me pide la posición en la noche más oscura y sin luna,
y hacer todo el papeleo sin iluminación alguna.

Cuido del capitán y le ofrezco “Cocas”,
Celebro sus chistes y sus, “chivas” más locas;
y si un aterrizaje no resulta bien pulido,
“Que ráfagas, Dios mío”, exclamo muy cumplido.

En resumen, soy el niño de los mandados, el chicuelo,
Mientras la derecha ocupe del que yo llamo un “reyezuelo”.
Así y todo, el día sin embargo llegará
En que, al fin, un aterrizaje me dará.

No era precisamente una situación que pudiera enorgullecer a un ex Teniente Piloto de Guerra que más bien había mirado con cierta displicencia al mundo de los aviadores civiles.

Todo aquello desfilaba ante mis ojos semi abiertos en la oscuridad de mi habitación del “Cosmos”. En la soledad y la ausencia total de ambiente pascuero, me volvía a cuestionar mi abandono, sin retorno, de una institución que me había dado una profesión y unos camaradas insustituibles. Si, camaradas que tomando los más diversos caminos dentro y fuera de la Fuerza Aérea, sólo necesitan agruparse como lo hacen hasta hoy, para sentirse tan hermanados como en el primer día de ingreso a la Escuela de Aviación un 8 de Marzo de 1950.

En la cama de enfrente dormía o tal vez también sólo dormitaba, mi compañero de pieza. No era precisamente como uno de esos “reyezuelos” descritos en “El Copiloto”. El Capitán de mi vuelo, Kurth Pfeffer, era distinto: Considerado, divertido por su pronunciación “agringada” y sus innumerables “cuentos” y anécdotas, Como buen piloto, el Capitán Pfeffer era osado pero juicioso y sobre todo siempre preocupado de enseñar y traspasar su experiencia. ¿Estaría como yo, recordando también sus pasos previos a LAN ? ¿Lo llevarían sus sueños a rememorar los álgidos días finales de su Alemania durante la Segunda Guerra Mundial? Como un novel piloto de la Luftwaffe que si bien no había alcanzado a entrar directamente en acción, probablemente habría pasado también Navidades solitarias, obligado a desplazarse lejos de la familia y en especial de su padre, General del Ejército alemán, en el frente ruso.

Ninguno de los dos podíamos imaginar entonces que él, junto a Lautaro Hauyon (Q.E.P.D), terminarían siendo, con el correr de los años, los Comandantes de LAN  más longevos, más “volados” y más destacados de la aviación comercial chilena, con dos atributos que siempre los distinguió: su excelencia profesional y su extraordinaria calidad humana.

La breve noche austral de verano que apenas logra oscurecer el cielo, cedió a un nuevo día y con ello a la preparación de nuestro vuelo de regreso a Los Cerrillos, vía Balmaceda y Temuco. En Bahía Catalina todo estaba dispuesto para iniciar un vuelo que se presentaba con condiciones de tiempo muy favorables. Era una ventaja disfrutar del buen tiempo porque me permitía ir familiarizándome con los accidentes geográficos de una ruta que recién venía conociendo. Apoyado en mi carta y mi plan de vuelo, trataba de cumplir con mi papel de copiloto – navegante lo mejor posible. Había que evitar ese embarazoso momento en que al requerimiento de la posición del avión, uno no tenía qué responder al capitán o lo hacía erróneamente.

A aquella noche de Navidad cargada de dudas y desasosiego, siguieron más de cuatro décadas de otras noches, plácidas algunas, otras no tanto, junto a Lan Chile. Aprendí con el tiempo que el dilema no era: arrepentirse o no arrepentirse de sus decisiones. La gracia era enfrentar los desafíos de cada día con seriedad, visión de futuro y con un poco de confianza en la providencia divina. En Lan Chile tuve la oportunidad de crecer primero como piloto, ser  Comandante de Aeronave y más tarde activo en tareas administrativas y gerenciales. Mi familia creció a su sombra, vio a mis hijos transitar de su niñez a la edad madura y depositó en el menor la cimiente de su vocación de piloto. ¡Junto a LAN tuve una vida plena y feliz!

Sin embargo, la Fuerza Aérea de Chile, la que me formó como piloto e inculcó los valores permanentes de la disciplina, el respeto y el amor a la patria, nunca dejará de tener un lugar, también muy especial, en mi corazón.