Lo recuerdan como un hombre menudo (el “Chato” y también “el Bonzo”), conversador y romántico. Formado como oficial de Ejército, adquirió sus alas de piloto militar en 1928 junto a David Vivero, ambos futuros pilotos de LAN. Un año más tarde se gradúa como piloto de guerra con 194 horas de vuelo. Ese mismo año, el 5 de Marzo de 1929, el Comandante Arturo Merino Benítez, entonces Director de Aviación, había inaugurado en El Bosque la Línea Aeropostal Santiago – Arica, que meses más tarde, a partir del 29 de Julio operaría bajo la denominación de Línea Aérea Nacional.

Enraizado en la generación de pilotos de las antiguas máquinas voladoras de cara al viento, vivió la transición a la modernidad y tecnificación aeronáutica, que irrumpe con fuerza antes y durante la 2ª Guerra Mundial. Desde el frágil monomotor biplano De Havilland Cirrus Moth de 80 HP para un pasajero, hasta el Lockheed Lodestar para 14 pasajeros y dos motores de 1200 HP cada uno.

Con Lavín compartieron su experiencia, con distintas trayectorias y finales, pilotos de su misma formación militar, como Héctor Lopehandía, primer bi y tri millonario del aire y Juan del Villar, mas adelante Vicepresidente de LAN.

Hombre sensible que no sólo vivía con intensidad su pasión por el vuelo, los aromas y colores de la vida, sus placeres y sus desdichas. En la soledad de su cabina, tocando el cielo, daba rienda suelta a su imaginación con originales reflexiones y fantasmas. Saltando de posta en posta por el desierto nortino, empuñando los controles de su avión LAN, un Fairchild monomotor de 225 HP para cuatro pasajeros, se preguntaba:

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“¿Por qué el mundo no creerá en la aviación?

Así pensaba yo en la mañana de un lejano día, mientras las horas desgranaban lentas sus minutos sobre mi avión vacío.
¡Qué aburrimiento en estas, horas largas!
¡Qué ansias por ver otra vez esos cabellos que al sol tienen todos los colores del arco iris!
¡Palabra de honor! Son hermosos sus cabellos y en su cuerpo ondulante hay algo de aquellas extrañas sacerdotisas de los perdidos templos paganos.
¿De qué color será esa cabellera con olor a mar? Mis veinticuatro años siempre hacían preguntas así y otras que ahora aún no las puedo contestar.
Bajé lentamente para aterrizar y… Aquella vez la máquina se posó suave sobre la arenosa pista.
Fui recibido como siempre alegremente por esos camaradas del desierto, firmé mis papeles y el Jefe de Posta me saludó diciendo:
-¡Hay un pasajero!
-¿Qué dices?
-¡Hombre, que hay un pasajero!, respondió.
Un oficial se me acercó diciendo:
-Es ese chino: Tiene toda la cara del suicida, basta que te haya aceptado como piloto. Mi pasajero era un hombrecito flaco, alto, que me saludaba amablemente dejando ver su sonrisa amarilla.
Llevé la mano a la visera. No sé si sonreí, pues, varios camaradas me rodeaban en ese momento haciendo encargos para la capital; unos eran cartas a la novia, otros gritaban desesperadas quejas para aquella guarnición del desierto, querían que hablara con éste o el otro a fin de influir en un cambio. Tenía que dar un conforme a todo, pero a los veinticuatro años y en la capital se olvidan la mitad de los encargos y la otra no se puede hacer por falta de tiempo…, después, se dice alguna mentira disfrazada en alegres palabras.
El avión seguía al relantif (menor número de revoluciones soportado por el motor). Recordé que había que partir rápido para poder cumplir el itinerario.
El adiós como siempre, fue seguido hasta el avión por aquellos muchachos ávidos de noticias, llenos de ansiedades y deseos.
-¡No olvides lo que te dije!
-¡Acuérdate de mi carta!
-¡Sí, sí hombres, hasta cuando me lo repiten, todo se hará, no tengan cuidado..!
Así trepé a mi avión por los montantes hasta la cabina. Una bandera verde me indicó el zarpe. La pequeña máquina rodó hasta colocarse frente al viento al final del aeródromo. Largué a full la llave de gas, la hélice del 220 HP comenzó a engullirse el éter con las dificultades que se producen al enterrarse las ruedas en las pistas arenosas.
Por fin un golpecito suave y el bastón muy blando sobre la mano derecha, me hicieron decir lo que siempre digo, no sé si como liberación o qué sé yo.
iYa estamos otra vez solos! Y, ahora a conversar. Pero ésta vez será sobre unos ojos de mar, una cabellera que al sol tiene todos los colores del arco iris y al viento cada cabello es un camino de luz.
Viejito…¿de qué color serán sus cabellos…?
H U M, R R.. M M, decía el motor, como no dando importancia a esta enorme pregunta. En tanto yo, reía de la filosofía de viejo decrépito, que demostraba este amigo.
Seguía subiendo, debía llegar a tres mil metros hasta encontrar viento propicio, salvar las crestas de las montañas más altas, a fin de evitar vacíos y corrientes caprichosas, por temor de alas rotas y… dientes incrustados en los pies.
Mil quinientos metros…dos mil…¡qué lentamente subía….tres mil, al fin. Compensé los comandos en la horizontal, hasta dejar el bastón suelto sobre el plano; estiré mis brazos que tropezaron con los montantes, mis manos se apretaron a ellos, lancé un suspiro y comencé a recordar una canción de aquellas que hacen caminos tibios sobre mares tranquilos.
¿De qué color serán sus cabellos…? Estiré mis piernas, miré no sé dónde, respiré con ansias y pensé después.
¡Qué imbéciles…!
Nunca he sabido por quién lo dije, pues, ni siquiera tenía rencores.
Esto es común cuando se tiene veinticuatro años. Entonces todos eran mis amigos, camaradas, hermanos; adoraba cada canto, cada palabra, salida de aquellos hombres sanos.
Del compás de aquellas frases hay una canción dentro de mí.
¡Pero,…no hablemos de eso….!
Seguía cantando mientras miraba al mar Pacífico tan sereno, tan terso desde esa altura, que pensé en el dulce y suave rostro de mi amada. Mi mano bosquejó una caricia fuera de la cabina… ¿De qué color serán sus cabellos, viejo Fairchild…?
HUMM …RR …M.
Me agazapé en el asiento para auscultar los pocos instrumentos de a bordo, tomar una posición más cómoda y. ..vi… que el altímetro marcaba tres mil metros, y una mano reflejada en el cristal se movía, una mano como nunca he .visto. Era larga, delgada. Sus dedos afilados se movían convulsivamente agarrotados al montante. Una mano de náufrago en la que cada dedo era un ojo que me miraba a través del vidrio.
Solo entonces recordé que había subido un pasajero Aquel chino ya tan distante, que ahora se me hacía presente de tan extraña manera.
No quise mirar atrás. Obsesionado, hipnotizado, seguí observando la mano.
¡Oh, qué historia…Su dueño no sabía que la mano se me mostraba desnuda, impúdica. Mientras la miraba, recordé que muchas veces me había embobado observando las manos de los jugadores sobre el tapete verde, pero esa que se agarraba al montante, palpitaba como una masa cerebral, con tal nitidez que yo creí adivinar sus pensamientos más profundos.
Esa mano era un rostro. Ni un momento los dedos quedaron tranquilos.
Primero se movió rápido el índice como para reunir ideas dispersas, luego se apretaron todos fuertemente.
Noté que tenía uñas largas y sucias. Las falanges eran afiladas, podían contarse sus huesos. De pronto todos los dedos se abrieron para posar suavemente el índice y pulgar en un gesto de caricia al hierro del montante, como si quisieran contar amores extraños o caricias exóticas…Pero esa mano, a despecho de su dueño me hacía extrañas confidencias.
Ella sabía que la estaba mirando, y parecía sentirse feliz de comunicar a alguien sus secretos.
Me dio cierto pudor mirar su desnudez; pero, después reí de esa idea tonta. Esto demoró un segundo, para otra vez quedar obsesionado con esa cara… ¡oh, diablos! …¡Con esa maldita mano!
El avión hizo un pequeño movimiento, la mano cambió de sitio.
Hacía frío. No obstante noté en el hierro del montante, una mancha de transpiración que pronto se secó…Hube de cambiar la posición de mi cuerpo para seguir observando. Ahora estaba la mano más serena, sus dedos unidos reposaban tranquilos. De pronto, las falanges se pusieron más blancas y un dedo se levantó como señalándome.
Con gesto nervioso quité la vista para mirar el paisaje gris. Me sentía molesto. Una pesada angustia comenzó a oprimirme tenazmente, sufría de un extraño malestar. Así estuve largo rato jurando no mirar otra vez esa mano.
Pronto mi cabeza se llenó con otros pensamientos, hasta que la preocupación de la maniobra en bajada y aterrizaje me hicieron olvidar por completo el alucinante caso.
Aterricé en otro de los puertos del desierto. Había que hacer carga de combustible y lubricante.
Poca gente en tierra; un mecánico y su ayudante.
Al Jefe de Posta no se le veía por ningún lado, pero, ya lo conocía. Sabía que llegaría seguramente. Entré al hangar, cuando el fuerte ruido del claxon y un saludo a gritos hizo volver con rapidez mi vista.
El Jefe había llegado…Era un muchacho de veintidós años con su cara tostada y quebrada por las inclemencias del fuerte sol del desierto. Era un “pioneer” de la “LAN” el que me gritaba. Era mi único amigo porque juntos estábamos haciendo en aquellos tiempos, algo que otros consideraban locura imposible.
Bajó, y corriendo vino a mi encuentro con los brazos abiertos.
-¡Párate! Le dije, antes que llegara. Luego levanté el índice con semblante de terrible seriedad. El conocía ese antiguo gesto cuando ambos éramos alumnos en la Escuela de Aviación. También él lo levantó con energía; después l unísono gritamos la vieja frase:
-¡Toda la vida, atrasados!
En verdad, siempre llegábamos atrasados a esas filas con caras azoradas, mientras el resto de los pilotos, ya estaban listos, con sus overaIls, gorros de vuelos puestos, y aviones designados para el vuelo de rutina.
¡Cómo se reían de nosotros esos oficiales, tan cumplidores!
Recuerdo que siempre que quedábamos solos en el casino levantábamos el índice como ahora. ¡Toda la vida, atrasados!
Ahora fogueados, con nuestras caras quemadas por todos los climas y el desierto repetíamos lo mismo, porque nada había cambiado en nuestras viejas costumbres, quizás un tanto filosóficas.
¡Toda la vida, atrasados!
Nos reímos. Nuestras caras quebradas mostraban entonces recuerdos de pura amistad en esos abrazos viriles llenos de palmoteos tan terribles que después de varios días creíamos sufrir, lumbagos prematuros.
-¡Viejo!, -me dijo,- vamos al auto a conversar. Aquí hace frío…Te presentaré a mi novia.
-¿Estás de novio? … ¡Hombre! ¿Por qué no me lo habías dicho?
-¡Bueno; … Son detalles! – contestó.
Llegamos al auto. Allí estaba la novia que me recibió con una fresca sonrisa en su bonita y picaresca cara, cuyo centro mostraba una naricita apuntando al cielo.
-¡Buen gusto! pensé.
-Abre la puerta y siéntate atrás, insinuó. Aquí estaremos más cómodos.
La abrí con cierto recelo, pues, sabía lo bromista que era este diablo que, en ese momento me miraba, con cara de Satanás en recreo.
Quedé con la puerta tomada y mi cara debió haber expresado un enorme asombro, pues, dos carcajadas unidas a otra más discreta, sonaron alegres.
No sabía qué hacer, si entrar o quedarme de pie, si reír o saludar, porque ahí estaba con su cara arrebolada por la emoción, la niña de mis secretos amores. Ahí con sus ojos brillantes, húmedos y su suave sonrisa. Yo la miraba con una cara de bobo sin hablar, ni saber qué hacer.
-¡Siéntate, tonto, me dijo Carlos,- ya dentro del auto. Habla…conversa, no creo que te parezca mal que te vengan a ver.
-¡Dí algo, hombre!
-Bueno, … bueno,-contesté- un tanto picado. Después ambos se dieron vuelta, luego salieron so pretexto de mirar el avión.
¡Solos…Los dos solos! Nunca nos habíamos hablado, pero nuestras miradas muchas veces se cruzaron sobre las calles de la ciudad cuando estuve en esa guarnición.
Ahora, la veía aquí, a mi lado, tan cerca que podía tocarla…Tocarla.
Con este pensamiento miré sus manos que estaban juntas, apretadas, sus ojos bajos miraban a sus manos nerviosamente, nada nos decíamos hasta que el rum- rum de la hélice me sacó del ensimismamiento para decirme tácitamente que todo estaba listo para la partida.
¿Partir? Esto fue un golpe. Rápidamente miré su cara que lenta se volvió para mirarme.
El motor roncó más fuerte.
¡Lo están probando, dije! y mostré con el índice, en un gesto estúpido, hacia el pequeño avión.
-¿Si? -moduló.
-Sí, contesté, vagamente. No sé por qué las mujeres tienen esos ademanes calmosos y graves cuando más azorados estamos.
Tres toses secas, y humo espeso salido por el escape me hicieron levantar más la cabeza.
Al viejo se le ocurría fallar y, … ¡qué a tiempo!
¡Oh! ¡Desvergonzado! -pensé,- tú también vienes en mi ayuda, pero no has sido capaz de contestar a las preguntas de nuestra conversación aérea y te has reído.
¿De qué color eran esos cabellos que al sol tenían… la miré con una sonrisa que luego desapareció para decirle con el seño fruncido.
-¡Usted se tiñó el pelo! …¿Por qué?
Me miró desconcertada sin contestar.
-¿Por qué? -Volví a preguntar angustiosamente.
-¡Porque el pelo es mío! Me dijo con una sonrisa más dulce aún. Me dieron deseos de llorar; tristemente la miré a la cara, a esa cosa tan bonita y tan serena.
-¡Es cierto!, perdone mi estupidez,- musité.
-¡No! perdone la mía; replicó, y llevando sus dos manos la cara comenzó a sollozar.
¡Oh! pobrecita. Tomé sus dos manos y pregunté casi llorando la causa de esa pena.
-Perdón, creí que usted me querría así… Creí que podría llamar su atención ya que nunca ha tratado de hablarme, de ni siquiera conocerme.
-¡Pero, Dios Santo! ¿Ha hecho esto por mí? ¡Oh! es terrible, yo,… te quería porque tus cabellos eran tan hermosos que me gustaba en la soledad soñar con ellos, siempre tenía una pregunta dulce que ni siquiera mi avión podía contestar.
-¡No entiendo lo que usted dice!
-No importa; le dije. Sólo sé que te he adorado ayer, hoy, mañana y siempre.
Otro largo rato de silencio siguió a esto, mientras nuestras manos se comunicaban todo lo que las palabras no podrán jamás decir.
¡Nuestras manos!, otra vez las manos. ¡Y cómo hablaban éstas!
Yo sentía los fluidos dulces que me comunicaban las suaves manos de mi amada, sentía que cada gema de sus sutiles dedos me decía una palabra de amor. ¿Para qué hablar?
Creo que lo hemos dicho todo, murmuré.
-Sí, -contestó con voz lejana apretando más mis manos en un gesto de retención.
Había en su rostro un ensueño azul. Después una de mis manos se escurrió lenta y fue a posarse en la tersura de su mejilla. Ahí quedó temblando.
Nunca he visto una sonrisa más luminosa que la de ese amor.
Acerqué mi rostro más y más, hasta sentir el calor de su vida, luego…un trompo gigantesco bailó frenético en el éter…cerré los ojos para abrirlos después de quizás qué eternidad y ver que unos ojos cerrados estaban muy juntos a los míos, mis labios se apretaban a los de ella, ¿después?…después sentí que pedía perdón mientras mi mano se desunía a la suya y miraba al frente, a un punto fijo, lejano, a…nada.
Mordí mis labios, sentí un gusto salado y olor a mar, mientras las suaves manos de ella volvieron a las mías implorantes.
Nos sonreímos mirándonos a los ojos en donde danzaban dos almas que ya se entendían sin palabras, soñando quizá qué mundos azules.
-Oye viejo, hace rato que el avión está listo. Mándate cambiar!-gritó el Jefe de Posta.
Si no hubiera sido mi mejor amigo lo hubiera golpeado. Ese grito al deber me produjo igual efecto que el despertar a cañonazos a un hombre totalmente dormido y cansado.
¡Salvaje! pensé.
-Perdona viejo, me dijo, sé que te ha parecido mal.
-No, Carlos tienes toda la razón ya que por algo somos amigos…Y lo decía de veras.
Me levanté pesadamente, sentí dolor a los huesos, estaba cansado como al término de un largo raid. Pensé que me faltaban mil Km. aún para llegar a puerto – término, y, por primera vez, encontré larga la jornada.
Por culpar a alguien, me dije…Estas botas aprietan terriblemente, en la altura me sentiré mejor. Pero mi corazón repetía sin cesar. Hay un cansancio dulce, enervante, suave, tu esqueleto ridículamente celoso te lo recuerda; es tu esqueleto el que sufre, pero, ¿qué me dices de tus pensamientos y tu corazón? Ahí los tienes ahora, cantando la más bella canción de tu vida.
Así fue como abracé con una fuerza imprevista a mi amigo cuando nos separamos.
Recuerdo que le dije:
-¡Carlos!, me siento con ánimos de hacer algo grande, furioso, fuera de lo común. Una cosa que ponga blancos los ojos de los cobardes y que haga a las cortesanas modular su primera oración.
-No lo podrás hacer con ese viejo, dijo mirando mi pequeño avión, como pensando. ¡No hagas tonterías!
-Entonces, lo haré después.
-Yo también lo haré, contestó lejano.
El mecánico estaba aún en la máquina auscultando los últimos detalles.
-Bájate gordo, le grité con cariño; con ese cariño que se tienen los que juntos han sufrido grandes pruebas de nervios. El mecánico Orellana era mi viejo amigo. Una tarde salimos volando; llegó la noche, y nosotros estábamos aún en el aire…Llovía en todas partes sobre el desierto. Luego llegó una oscuridad entre dos capas de nubes…el compás daba vueltas, vertiginoso, loco.
Bueno,…es una larga historia. Mi mecánico Orellana, siempre gordito y como gordo, simpático, leal, amigo de sus amigos, les podrá relatar una historia negra, porque todo era de ese color cuando aterrizamos sin novedad en un punto desconocido del desierto, donde las gotas de lluvia caían por primera vez. A la luz del otro día vimos que el avión estaba a mitad de falda, en un empinado cerro, más allá, una quebrada mostraba su boca negra.
Mi mecánico Orellana, el gordito, podrá decir lo demás porque es un gran charlador.
-¿Verdad gordito?, dije cuando salía del avión en el momento que narro esta historia.
-¿Verdad?, -le repetí.
-¿Verdad…¿qué? contestó.
-Di que sí hombre, le dije.
-Así debe ser mí Teniente ya que usted lo dice.
¡Mí viejo amigo Orellana! Cuánto hemos sufrido ambos a través de años de incomprensiones y aún estamos en la brega.
¿Verdad Abarzúa?
¡Oh! los viejos amigos de la heroica y legendaria LAN.
Y son tantos que al colocarlos aquí, sólo darían un placer al editor; nunca a ellos, porque son sobrios, hoscamente sobrios.
Os pido perdón camaradas, por el pecado de atreverme a ser comunicativo y hablar de lo que siento… Necesito hacerlo para desfogarme. Sé que cometo un pecado en estos momentos, pero, sé también que soy uno de los vuestros. Perdonen éste ya que él no es peor que otros.
Así podremos seguir queriéndonos con ese cariño único, en hombres apretujados, unidos, en contra del tornillo que se suelta y puede terminar con la vida de hombres y cosas.
¡Oh!, los viejos y nuevos mecánicos que me tienen aún viviendo! Cómo agradecer vuestros desvelos, vuestro trabajo amoroso para el avión, vuestras sonrisas de seguridad, después de las cuales yo coloco los motores a full y canto feliz. Cuando las ruedas se esconden y los caminos son rectos, como rayos de plata, sobre montañas inaccesibles.
¡Cuánto os agradezco, queridos mecánicos amigos! Nadie ni nada me ha hecho soñar más maravillas, ni querer más esta vida digna de ser vivida; nadie me ha hecho desearla tanto, porque ella es pura cuando se la conoce a través de un avión en vuelo y de ustedes.
¡Amigos! Gracias.
Probé motor y, satisfecho del examen, bajé para despedirme de todos.
-¡Feliz tú, Carlos que te quedas!, le grité riendo.
-Son más felices los que parten; contestó ella, con ojos opacos y triste sonrisa, cuando mi mano se unió a la suya.
Nada dije a esto, pero la miré como se mira algo que se quiere retener siempre dentro del alma. Vi por última vez su cara tostada, sus hermosos dientes que resaltaban más blancos aún, y, por último, su mano desmayada en un postrer saludo.
Después…Montar, subir con mi avión y mis pensamientos.
Me saqué la gorra, quería tener más fresca la cabeza.
Otra vez me observé cantando.
¿Por qué siempre canto cuando vuelo? Debe ser porque la música es todo. Una orquesta nos hace a veces sollozar, otras sentirnos alegres. A instantes el sonido de un ukelele a la luz de la luna hace el milagro de una eterna amistad o poner brillantes los ojos como los de un gato en el primer agosto de su vida, otras, el son lejano del ángelus fabrica el beso único.
¡Cuántas veces el ruido del motor me ha llevado a las fantásticas regiones del ensueño, porque al extraño compás de sus notas he compuesto quizás qué raras canciones, cuya mitad se perdió en el éter o en los vericuetos de mis sueños. No es música de la tierra, por eso, debe ser algo incomprensible. Pero yo la tengo dentro de mí. Estos son los primeros balbuceos que quiero hacerlos vivir sobre la tierra, antes que mueran al nacer.
Otra vez tres mil metros de altura — ¡Qué rápidos se perdieron los minutos!
El motor roncaba con voz igual. La hélice parecía un trompo dormido.
-¡Bien! ¡Bien, viejito, te portas como amigo, -dije, acariciando al mismo tiempo su costado hecho de tela pintada.
¡Qué fragilidad para transportar pensamientos! Pero, cuando se pisa tierra firme, a veces las incomprensiones hacen más frágil la misma tierra que esta tela pintada, hay caminos allá abajo que son equilibrio sobre cuerda floja, evitando siempre caer al vacío seguido de risas crueles.
¡Pero! …  Pero yo, quiero ser ameno y relatarte, lector, una historia interesante, cuando de pronto he sentido que me salgo del tema.
Con tu perdón volveré a entrar.
Sigo…
Suave ronquido del motor, tres mil metros sobre agudas montañas…Muy cerca del mar para evitar los sacudones de vientos culebreantes. Un pasajero y tres asientos vacíos.
Miré el altímetro.
Sí … Tres mil metros, pero, la brillantez del cristal sobre el fondo negro del cartón numerado reflejaba una cosa viva.
¡La mano derecha olvidada!
Ahí estaba con sus dedos largos, largos, retorcidos de uñas sucias, esa terrible cara amarilla hablándome de cosas no escritas ni siquiera imaginadas.
Por primera vez mi respiración era anhelante. A esa altura las respiraciones siempre tienen ritmos que espantan; falta el aire, hace frío.
Pero el ritmo acelerado de la mía no era por esos motivos. Era que mis ojos de párpados fruncidos por la ira y el despecho, miraban desesperadamente, una mano que se reía a carcajadas.
-Maldito chino; -me dije.
Sobre el mismo montante vi esa mano conocida, cuyos dedos separados tomaban todos el tubo de acero, después se abrían en abanico y comenzaban a moverse sin ritmo como si su dueño estuviera contando un chiste graciosísimo… O riéndose de mí.
Así pensaba cuando de pronto di un salto en mi asiento, porque la mano se apretó con fuerza, mientras la uña pulgar se incrustaba en el índice con inaudita crueldad.
La mano se había puesto furiosa de repente. Después el pulgar aflojó, el índice lentamente se levantó otra vez. Mis ojos se agrandaron.
Habíame prometido no mirar el rostro del chino. Tenía el presentimiento de ver una cara de dolor intenso. O, un rostro retorcido por el miedo al vuelo, como los había notado ya, en otros pálidos e interrogantes, en días tormentosos.
El índice seguía levantado; pero, ahora movía con rapidez las falanges, como invitándome a mirar.
Volvió otra vez a mí la extraña angustia y ya sin poder soportar el sufrimiento, di vuelta mi cabeza para mirar al chino.
Iba a clavar en él una mirada fija, interrogante, pero, como por instinto ella se fue a su mano izquierda que, aferrada también al montante de ese lado, tenía los gestos de su compañera. Después, ya más tranquilo, miré la cara del pasajero.
Pude observar entonces que las manos fueron a posarse suavemente en sus rodillas y,…una sonrisa amarilla, acompañando una venia de Mandarín, iluminaron la cara más tranquila que he visto en hombre burgués.
Sonreí también e imitando su “honorable” venia di vuelta mi cabeza para mirar la ruta.
¿Qué me lleve el diablo!- pensé.- Si ese chino, no es el más hipócrita de los hombres.
Con rabia apreté fuertemente el bastón de comando a cuyo gesto el avión se movió bruscamente.
Solté después el bastón. Miré mi mano culpable que con sus dedos agarrotados, sucios por el aceite, mostraban su palma transpirada, diciéndome:”¡Imbécil!”
Reí a carcajadas mientras miraba la mano que seguía en la misma posición: A ratos parecía una gran araña recorriendo el techo de esas casas de allá abajo. Otras, un sucio rapazuelo, que al observarme con el rabillo del ojo tratara de decir otra grosería.
Mientras reía, algo se posó en mi hombro…
Era la maldita mano.
¡Oh! Pero ahora la veía de frente, no a través de un vidrio.
Terminó la risa. Sus uñas estaban más sucias aún, la flacura era mayor, vi que con rapidez las falanges juntaban la punta de los dedos sobre mi hombro y lo movían lento.
Otra vez me di vuelta. Entonces vi otro cuadro. Era otra la cara que me miraba a los ojos, y en ella se desdibujaba esa sonrisa fingida que es sólo crispación de labios.
-¿Qué pasa?: le grité.
-Poh favol. ¿Dónde estamoh? -preguntó ahuecando una mano cerca de sus labios.
-¡Ah! -contesté: Vamos a la cuadra de Cachina.
-Glaciash; pelo poh favol dígame cuantah cuadras noh quedan, polque yo vaco plósimo puelto.
No podía, explicarle el término “a la cuadra de”, usado por los navegantes, pues, habría sido muy largo.
-Bueno… nos quedan… Nos quedan más o menos sus veinte litros, -dije por decir algo:
-¡Glaciah! -contestó,- uté muh atento.
El hombre había pasado por alto el disparate. Me quedé pensando en el nuevo rostro que había observado en el chino, hasta que por fin caí en cuenta que éste tenía un susto horrendo al ver que mis hombros se estremecían por algo que él no podía ver, -mi risa- y había creído, con toda razón, en algún repentino ataque de su piloto. Entonces trató de indagar lo que pasaba y me habló. Cualesquiera respuesta habría sido igual para él.
¡Chino desvergonzado!
Quise pensar en aquel amor ya tan distante; pero, cosa curiosa, su rostro se había borrado de la imaginación y no pude bosquejar su hermoso perfil. Cerré los ojos para deleitarme un momento en el suave recuerdo del primer beso en aquellos labios con olor a mar, eso, me pareció inaudito, lejano, irreal, ridículo.
¿Por qué pediría ese perdón intempestivo después de haberla besado?
¿Por qué me quedé tontamente callado cuando en mi cabeza había hermosas frases para expresar el gran amor que sentía?
Estaba indignado conmigo mismo.
¡Cómo se estarían riendo los tres de mi cara de pregunta; de mis movimientos sin ritmo, como los del hombre que a todas luces se ve que está embarazado, absorto!
-¡Oh! ya me las pagarían los tres. De regreso les haría saber que…bueno,…aún no lo pensaba, pero ya me las pagarían.
-¡Chino, estúpido! grité…
¿Por qué?
Bueno, bueno, todo es estúpido. ¿Y qué?
¿Acaso él va a ser una excepción con sus uñas sucias?
-No seas tonto, tú estás molesto, te duele el amor propio.
-¡Que amor propio, hombre, ¿Acaso crees tú que es la primera mujer a quién beso?
¿Sabes?, tengo una novia en Santiago.
Como me puedes preguntar si sé eso cuando tú y yo somos una misma persona.
¡Diablos! ¿Me estaré volviendo loco?, pensé.
Pero mi otro “yo” seguía persistente haciendo preguntas curiosas.
-Ahora me pareces una doncella histérica me decía. ¿Por qué has tratado de imbécil al chino?
-¡Cállate! Porque se me antoja, eso es todo.
-¿Ves?, tengo razón, además, al mirar tu mano, has reído como un alienado.
-¡Oh! viejo, te acepto muchas cosas de tu buen criterio y tranquilidad, pero no te introduzcas en algo que no entenderías; pues esto es cosa muy fuera de tus matemáticas.
Creo que no debemos seguir discutiendo.
-¿Tienes miedo a la crítica?
-No, pero si yo no te comprendo ¿Te entenderán los demás?
Claro que sí, pues, cuando se escribe como se piensa, cuando se dicen cosas verdaderas, aunque sean residuos perdidos del último rincón del alma y se habla sin palabras que retumben, preocupándose poco de la aristocrática retórica, soñando no en la forma sino en el fondo, entonces, sólo entonces, puede otra alma en- tender a todas y…a ésta. Por eso siento que la pluma se me desliza, a veces, otras, corre desbocada, pero, todo con una serenidad que quiero hacer tan suave como la mano de mi amada y de tu amada.
-¡Otra vez nuestra amada!
-¡Oh! Viejo Salomónico. Ahora sé que eres tú el que me encontró estúpido hace pocos momentos. Si pedí perdón por haber dado ese primer beso fue pensando en una novia de otra latitud, pero, ahora no habrá más novia. Se lo diré todo honradamente porque no me interesa ya. ¿Y sabes por qué? Pues, porque quisiera seguir volando eternamente y no llegar nunca allá…Después, hacer algo grande, terrible, que ponga blanco los ojos de los imberbes y haga que los rojos labios de las cortesanas modulen su primera oración.
¿Será el amor que llega?
-¿Por qué hablas de las cortesanas?
-Porque son las pobres mujeres que más sufren tratando de atrapar una estrella lejana que nunca podrán lograr.
-¿De qué estrellas me, hablas?
De la que tiene luz más pura, la luz del suave y romántico amor. Solo los que tienen esa estrella pueden pensar en el feroz vacío de la vida en otros seres sin amor.
-¿Filosofías? O es que te estás poniendo decadente?
-No sé; debe ser esta miserable altura tan llena de luz, en la que me siento como el pájaro que sale de su jaula y empieza a ver que el mundo es más grande, más grande, siempre más grande. Ahora siento, por eso, que mi alma está llena de odio y pavor al pensar en aquella neblina de las cosas cercanas que pronto me rodeará, cuando llegue a la orgullosa ciudad para ver que los pensamientos son tan mezquinos como los del gusano que, deslumbrado por la luz, vuelve a meter su cabeza en la oscuridad del fango y quedar ahí tranquilo, feliz, ciego y sordo, a lo que no sea su sibaritismo hecho de estiércol.
-¿Pero no estás contando la historia de unas manos amarillas?
-¡Deja esas manos! Ahora están repitiendo el mismo gesto.
-¡Mira, en este momento cuentan una historia obscura, ancestral, en su idioma chino, para terminar en un prosaico restregón de dedos, tal vez a causa de una gran picazón.”

***
“Amigos míos desconocidos: pasajeros de mi avión:
Gracias porque son ustedes los que me han hecho pensar y después escribir estas sinceras frases.
Han sido sin quererlo los inspiradores de mis pensamientos más íntimos que ahora, como ofrenda se los doy a conocer en palabras que deseo sean claras.
Gracias, amigos desconocidos, porque ustedes me han hecho seguir, seguir en una brega heroica cuando la Línea Aérea, era heroica, yo lo sé y lo sabía entonces…”Heroica”.
Pero, ustedes me pasaban sus manos y en sus ojos veía la más verdadera de las sonrisas al llegar a puerto – término.
Desde entonces me he sentido feliz porque Dios me dio la oportunidad de ver en caras humanas, sonrisas divinas.
Por eso seguí amigos.
¡Y sigo..aún!
Gracias pues, porque ahora sé que soy un piloto, un simple piloto de “Línea Aérea” y un amigo vuestro.”

(César Lavin, “Alguien golpeó a mi puerta” – 1943)

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Una de las postas intermedias de su itinerario está a cargo de su compañero y amigo piloto militar Carlos, el Teniente 1°, Carlos Collao Carmona, ambos incluidos en la Rama del Aire en el Escalafón de Guerra establecido a mediados de 1930. El entrañable amigo y camarada piloto, fallecería un año más tarde con sus tres pasajeros aproximando el aeródromo San Ramón de Chillán en un Fairchild similar al del relato.

El Coronel R.A. ® Alberto Echazú Collao (Esc. De Aviación 1950-1952), recordaba a Carlos Collao, como el tío que se deleitaba volando a ras del techo de la casa de su hermana (madre de Alberto) en Maipú, como era la manera usual en aquellos tiempos de demostrar su audacia y pericia. Su exagerada alegría de volar le fue más tarde fatal en aquella aproximación “táctica” en el aeródromo de San Ramón que lo precipitó a tierra. Carlos Collao Carmona no sólo tenía nexos familiares con los Echazú Collao, sino también con otros dos pilotos pioneros de Lan Chile: Héctor Lopehandía Collao y Luis Carmona Lopehandía, padre de dos hijos que siguieron con la tradición de ser pilotos de LAN.

Pero Lavín no sólo encaraba con su avión las áridas extensiones de nuestro desierto nortino. En los inicios de la Línea Aérea Nacional, a los pilotos de procedencia militar se les podía comandar a diversas misiones y tareas, abordando, como veremos, a distintos tipos de aeronave. Es así como lo vemos participando el 28 de mayo de 1937 en un vuelo de la Línea Aérea Experimental Pto. Montt – Pta. Arenas creada dos años antes con la finalidad de preparar y organizar los elementos necesarios para extender un servicio a Magallanes y dejarlo en condiciones de ser entregados posteriormente a la LAN. Se trata de un vuelo regular a Punta Arenas en el avión bimotor anfibio Sikorsky S-3 “Magallanes” recientemente adquirido.

Relata Alberto Fernández Donoso en su libro “La Aviación en Magallanes”:

“Para los pilotos, el Comandante Felipe Latorre y el teniente César Lavín era un vuelo más. Sin embargo al poco rato de haber iniciado el viaje, se encontraron en medio de una niebla espesa y de una lluvia torrencial que les impedía el progreso seguro del viaje e incluso, el regreso al punto de salida. Ante estas condiciones, Latorre decidió amarar y esperar una mejoría en el agitado mar cercano a la Isla Talcán. Con unos pocos metros de visibilidad horizontal y viendo la superficie por entre los jirones de la nubada, Latorre pudo posar su avión a pesar del fuerte oleaje y cuando maniobraba para llevarlo a la playa, una filuda roca oculta por la marejada, se incrustó en la quilla dañando el casco y el tren de aterrizaje.
Pese a las graves averías del anfibio, éste pudo mantenerse a flote sin mayores riesgos para sus tripulantes y esperar el auxilio del escampavía Yelcho y del remolcador Foca, que acudieron al lugar tan pronto escucharon los dramáticos SOS de la nave aérea.”

El vuelo siguiente al sur del otro Sykorsky, el “Chiloé”, se haría el 1 de Junio. Después de asistir con los repuestos requeridos al “Magallanes” continúa su vuelo pero se regresa por mal tiempo a Pto. Montt. Al día siguiente vuelve a salir a pesar del amenazante tiempo. Un violento amarizaje en el golfo de Ancud cerca de la localidad de Cabo Domingo es la última noticia que dan algunos testigos desde tierra. En el accidente se destruye el avión y perecen los 4 pasajeros y los pilotos Rodolfo Marsh y Darío Aguilera.

Lavín formó parte activa de toda esa generación de pilotos que a punta de coraje, obligados a hacer en casi todo “camino al andar” participan en la construcción de las bases para nuestro transporte aéreo.

Por años César Lavín fue el piloto N°1 de una relativamente escasa dotación de pilotos LAN que en aquella época; fluctuaba alrededor de los diez, similar a la cantidad de aviones. Por eso no es de extrañar que haya sido el primero en cumplir la “hazaña” en esos años, de acumular un millón de KM volados en un servicio aerocomercial. Lo que con el transcurso de los años pasó a ser un hecho cada vez más rutinario y frecuente, debido al espectacular aumento de la velocidad de los aviones, y que finalmente se olvidó por completo, entonces, se consideró un logro merecedor de las mayores distinciones. Así fue como LAN le ofreció optar como premio nada menos que entre un automóvil o dos meses de sueldo, que fue por la que se decidió César Lavín.

Gran admirador de la obra del Comodoro Arturo Merino Benítez, creador de la Línea Aérea Nacional, la Fuerza Aérea y el Club Aéreo de Chile. Lo reconocía como… “nuestro líder espiritual. Su nombre pasará a la historia. Gracias a sus sobrehumanos esfuerzos; sin dinero, combatiendo y combatido; pudo este hombre, todo energías, hacer esto que hoy es un orgullo para el país. Su estupenda obra merece – libro aparte-.”(1943).

Una de sus primeras misiones, precisamente, fue la que el entonces Comandante Merino le encomendó a un grupo de oficiales a comienzos de 1929. Interesado en implementar la ruta aérea a Punta Arenas, era urgente la necesidad de explorar a lo largo de la ruta los sitios apropiados para instalar aeródromos de apoyo, como asimismo reunir nuevos antecedentes geográficos para perfeccionar las cartas de aeronavegación que se requerirían. Del grupo de oficiales designados, a César Lavín le tocó internarse a la región del río Baker.

Los anhelos de Lavín del “libro aparte” que se merecía Arturo Merino, se vieron realizados más tarde gracias a otro extraordinario piloto LAN que había sido su copiloto: Alfonso Cuadrado Merino. Con gran perseverancia, cariño y acuciosidad, Alfonso Cuadrado Merino dio vida a la más completa reseña histórica de su tío, el Comodoro, legando a todos los amantes de la aviación una obra de gran valor histórico y cultural.

Cesar Lavín vivió de cerca la triste historia de la operación de los aviones Potez 56 en Lan Chile, cuya sucesión de accidentes y muertes deben haber herido profundamente su sensibilidad. Estos bimotores para 1 piloto y 5 pasajeros, con equipo de radio, tren retráctil y motores de 230 HP habían llegado por barco en Septiembre de 1936. Armados en la maestranza de Los Cerrillos, entraron en operación un mes más tarde. Marcados por el infortunio, sufrieron uno tras otro, severos accidentes llevando a la muerte a pasajeros y a tres pilotos de la empresa: Eduardo Arndt Brieva, Francisco Larraín Peró y David Vivero Carrasco, su compañero de promoción. Cabe recordar que Alfonso Cuadrado M. haría, en 1945, su primer vuelo al mando como Capitán en el único Potez, de los seis originalmente adquiridos, que aún quedaba a esa fecha en vuelo.

Más adelante César Lavín participa, ya como piloto de los aviones Lockheed Electra A-10 (10 pasajeros y dos motores de 450 HP), que habían iniciado sus operaciones en LAN a principios de 1941, en funciones de reconocimiento y evaluación de distintos aeródromos nacionales, prestando con ello un enorme aporte al desarrollo y a la seguridad de las operaciones de Lan Chile. En ese año de la incorporación de los seis Lockheed Electra a la flota LAN, Santiago Polanco, a la sazón Teniente de Ejército en Iquique, escribía:
“Un equipo de pilotos avezados, de muchas horas de vuelo que redundarán en una gran experiencia para el mejor manejo del avión, de hombres de una vida privada intachable y de una comprensión cívica a toda prueba, luce para su desempeño el servicio que nos ocupa. Nombre como Lavín, Lazo, García Huidobro, Lopehandía, Arredondo, Bischoffshausen, Moreira, Mujica, se han hecho familiares del diario vivir de las provincias nortinas y, muy en especial, de los que usan con cierta frecuencia del servicio aéreo, para quienes cada uno de los nombres señalados representa un símbolo de rectitud, de abnegación, de notable espíritu cívico”.

Poco tiempo después de que las Municipalidades de Arica, Iquique, Tocopilla, Antofagasta, Copiapó, Vallenar y La Serena lo distinguieran en 1944 junto a los pilotos, Lopehandía, Moreira y García Huidobro con una medalla “Al Mérito”, se acoge a retiro tras una fructífera carrera como piloto durante la cual gozó siempre con la simpatía y admiración de todos sus colegas pilotos.

Pero César Lavín como dijimos al principio, no sólo fue un apasionada aviador. Su espíritu siempre inquieto lo llevó a poner por escrito, vivencias y pensamientos con los que pretendía sincerarse consigo mismo, con sus amigos y con los misterios de la vida. La publicación de sus libros “Verticales” y “Alguien golpeó a mi puerta” mereció elogiosas palabras de diversas personalidades del ambiente literario chileno.

Para Joaquín Edwards Bello, “César Lavín se ha superado y vuela con audacia a los planos superiores de la literatura”.

Mariano Latorre prologa “Alguien golpeó a mi puerta” en los siguientes términos:
“ALGUIEN GOLPEO A MI PUERTA” – EL POEMA DE UN AVIADOR
“Libro vivo, aéreo, rico de inquietud el de César Lavín. Habla el autor de alguien que golpea a su puerta y en la dinámica plenitud de los relatos la puerta evoca la tierra, la estabilidad y la arremansada vida burguesa.
Alguien golpeó en la vidriera de su cabina, diría yo, los leves nudillos del dios del aire, más bien, en su corazón, en su cerebro, hecho a mirar hacia abajo, verticalmente, según su expresión, y al paisaje que semeja huir asustado del pájaro dominador que no se detiene (no conoce el cansancio) en la rama de un árbol o en la playa de un río, sino que busca las nubes y los altos espacios silenciosos. No le importa que los árboles den frutos y reverdezcan los prados, porque ni frutas ni yerbas son su alimento y su perennidad, sino el hombre y su afán de porvenir. De la entraña misma de la tierra hizo brotar el petróleo y de entre los hombres, escogió al aviador, equilibrio admirable de fuerza y de inteligencia.
Recuerdo a César Lavín en la Escuela Militar, donde fue mi alumno.
Vivaces pupilas claras, anticipadamente hinchadas de aire de inquietud, ya que el alma del aviador es como un resumen consciente de la cósmica grandeza del otro aire que su voluntad domina. Lo veo, muy moldeado en su uniforme de cadete, respondiendo a un interrogatorio de filosofía, sin ceñirse a textos, sino dejando volar su imaginación y encontrando inesperadas soluciones a una pregunta escuetamente pedagógica.
Lo perdí de vista durante años. Una mañana de invierno lo hallé en el aeródromo de Los Cerrillos, convertido en un piloto de la Línea Aérea Nacional. Conversamos largamente. Me recordó mis juveniles años de profesor de la escuela y explicó, a una pregunta mía, el por qué de su amor al vuelo y al avión. Evocó, emocionado, sus cerros nativos, sus excursiones en busca de siemprevivas y huiquis, sonrisa floral de los ásperos cerros. Corría por esas quebradas y por esas cumbres, en busca de nuevos valles, pero miraba hacia arriba y le atraía la maravilla del aire, palpitante de astros o convulsionado en ruidosas ventoleras, pero vencedor de cordilleras y de olas alteradas.
Y volando, su pensar se hizo poema. En sus “Verticales” está su emoción personal frente al aeroplano y a su responsabilidad. Es el velívolo d’ annunzziano y el enigma del vuelo. Para su segundo libro escribo estas palabras prologales. Lavín es ya dueño de su estilo y de su técnica. Coincide el poema con su pericia de aviador. En palabras vivas, aéreas, ricas de inquietud, plasma su monólogo interior. Ebullición de imágenes que aparecen y mueren, mueren y tornan a su germinar dentro del cerebro del piloto, cuyo gesto es de hierro y cuyas manos se aferran como garras conscientes a los comandos del avión. Monólogo fluctuante, caprichoso, rico de movimientos, de recuerdos de la tierra y de nuevas sensaciones, apenas el avión se alejó del suelo y se mojaron de luz sus alas de aluminio.
Así lo expresa Lavín: “Mi alma tiene un color verde transparente y su forma es cambiante. Cuando quiere ir al cielo se retuerce y alarga como un tornillo”.
O bien: “En un claro de niebla hay risas suaves como envueltas en gasas que se deslizan fugaces por una montaña de cristal, sobre el sendero pulido de un cielo nocturno.”
La imágenes recientes, el dibujo vivo de un chino que entrevé el piloto al volar sobre el desierto, se une con el recuerdo de la amada, sólo un segundo, para separarse después, en un vértigo fantástico. Reflejo en el cerebro del aviador, del vuelo de su aparato, enhebrando una cumbre con otra cumbre, mediante el hilo de plata de un río o respirando, apaciguado, sobre la planicie violeta del mar, donde corre la sombra vertiginosa de su casco.
Y el aviador poeta, rubrica: “Estoy volando con mis pensamientos y mi música, bajo los cielos, llenos de mí mismo.”

José Dolores Vásquez se refiere a los libros de Lavín en su columna de EL IMPARCIAL (1948) en los siguientes términos:
UN LIBRO DE CÉSAR LAVÍN
“Cuando madure el pensamiento a la luz alucinante del azul, para hacerse verbo dúctil y maleable, en donde la sencillez reine hasta llegar a ser un chispazo acusador en los hombres de almas cerradas, entonces, sólo entonces, el hombre estará más cerca de Dios y de los hombres, porque podrá comprender sus preceptos y hacer que la humanidad tenga en sus ojos el brillo que da el éxtasis de cosas nuevas, horizontes antes obscuros; alturas radiantes, en donde hay otros soles, otro sentido de la vida, donde otra música toca cuerdas vírgenes dentro de si.”
“Yo he oído esa música inolvidable, bajo los cielos, dulce música que hace temblar las estrellas más distantes y el éter de los horizontes abiertos. Música que, acompañada de las notas roncas en los motores de mis alas, son opio, cuando las horas tragan latitudes en proas que bucean, dejando tras de mí la espuma invisible del éter enmarañado por el tirabuzón de la hélice y de los pensamientos.”
“Oh, caminos azules, suaves caminos en donde el polvo impalpable es polen oloroso.”
“¡Que ángeles te conocieron antes? ¡Por dónde va el más bello?”
“Aquel que conduzca a la luz que haga buenos a los hombres, ¿por dónde va?”
“Estoy volando solo, mientras mi vista abarca horizontes sin fronteras, como mis pensamientos”…
Así escribe César Lavín, el escritor aviador, cuya pluma tiene vuelos más hermosos y más elevados que las alas de su avión.
Cuando este poeta del aire escribió su primer libro “Verticales”, Carlos Silva. Vildósola, que lo prologó, descubrió en él, ipso facto, un extraño talento, llamado a arrancar nuevas formas de belleza, en los sublimes paisajes de los espacios azules. Y lo instó a escribir sin temores, entregando a la avidez de los públicos las supremas visiones de su exuberante y fina fantasía. También le recomendó que no se hiciera literato; es decir, “literato” en la acepción vulgar de la palabra, ni novelista y ni cuentista, sino que fuese “únicamente” el escritor aviador, sin otra misión que reproducir, con las sencilleces prístinas de su ingenio, sus propias impresiones, surgidas ante los horizontes, “sin fronteras”, como sus pensamientos, en las vastas y silenciosas latitudes de sus vuelos.
Pero, con o sin consejos, César Lavín habría sido lo que es: un escritor individualista por excelencia, un genial filósofo y poeta, sublimado en los infinitos espacios donde sólo hay soles y estrellas y luminosidades no holIadas por las pasiones humanas.
Después de “Verticales”, dio a luz su último libro, “Alguien golpeó a mi puerta”, que acabo de leer, embriagado por las esplendorosas bellezas de forma y de pensamiento que llenan sus páginas.
No existen predecesores de César Lavín en este plano de creaciones. Su originalidad es absoluta, alucinante y virginal. Ora nos deslumbra con su prosa sólo comparable a la de los más felices cultores modernos de la frase diáfana y sencilla, apretada de potentes ideas y aladas sugerencias; ora, nos asombra con audaces y novedosos pensamientos, nítidos y agudos, comprimidos en brevísimas palabras que se disparan como doradas flechas por la ilimitada atmósfera del espíritu, llenando de estupor y embeleso al lector culto.
¿Dónde aprendió este hombre, todavía joven, a pensar y a escribir de este modo?
A veces, su verbo deslumbra como los más afortunados giros de grandes poetas clásicos; a veces, su profundidad, su audacia innovadora, nos lleva a Nietzsche o a los más hondos pensadores de la moderna filosofía.
He conversado a menudo con él, tratando de hallar, en sus íntimas confidencias, las raíces anímicas o simplemente literarias de su genio; y sólo he comprobado una facultad innata, un don extraordinario y maravilloso, que él mismo ignora en qué alta medida posee. Lee muy poco, no gusta de desarrollar temas ni fábulas, ni nada que lo vincule a clases ni escuelas. Es sólo un poeta que sueña o un filósofo que piensa, mecido en el éter, mirando doloridamente hacia la humanidad que gime y se arrastra sobre la costra terrestre, desde las serenas y musicales alturas donde él tiene sus ondulantes caminos.
Por eso sus libros están hechos a golpes de luz; son brochazos rápidos, profundos, armoniosos y breves, en los que resplandece, con inolvidables coloridos, su enorme potencia de ver y sentir, en donde el ser vulgar nada siente ni ve. Y qué riquezas, qué tesoros relucientes y nuevos descubre, para dejarlos caer sobre las almas, como un tibio polen de estrellas, que las fecunda en esperanzas y ensueños.
La literatura nacional tiene en él, indudablemente, a uno de sus más recios y afortunados creadores, a uno de esos que saben abrir nuevos horizontes a la belleza y que sólo, se producen muy de tarde en tarde en los campos del pensamiento y de las letras.”

Pero a Cesar Lavín la vida no sólo le regaló el goce supremo de su actividad de vuelo y la capacidad para elevarse a las altas esferas del pensamiento. En las postrimerías de su vida las miserias humanas, las estrecheces económicas y las dolencias físicas y psíquicas lo sometieron a duras pruebas. Separado de su primera mujer, encuentra finalmente la comprensión y el cariño junto a Elena, la mujer que estaría junto a él hasta su muerte.

A pesar de todo, muchos de sus amigos y camaradas pilotos no lo abandonaron. Uno de ellos, con la finura que siempre lo caracterizó pero sin dejar traslucir la firmeza que las circunstancias requerían, se ve obligado a defender a su amigo “Bonzo” en 1963 en los siguientes términos:

“Hace muchos años lo conocí formando parte de un hermoso hogar, en una linda casa donde nada faltaba y donde era un agrado llegar por la forma simpática y gentil con que atendían a sus invitados, César y Mary.
Eran los tiempos en que yo era copiloto del “Bonzo” y con el cual convivía continuamente, debido a nuestros vuelos entre Santiago y Arica. Su alma bondadosa, a quien todos queríamos en la Línea Aérea Nacional, había logrado que nos peleáramos los pilotos jóvenes, el derecho a volar a su lado.-Su fino humorismo, su modo de enseñar, las diferentes maneras de salir de una emergencia o de encontrar la pista en medio de una lluvia torrencial, nos hacía pedir a los jefes, que nos pusieran en vuelo en los aviones que “El Bonzo” comandaba.
Cuando se retiró de LAN, lo perdí de vista muy a mi pesar y lo vine a encontrar años después, destruido y desorientado. Apareció entonces Elena, a quien vi comenzar a salvar, primero la vida y después la psiquis de César.
No lo conocía, pero llevada de su interés profesional y humano, puso tal interés en el enfermo que los médicos le indicaron, que al poco tiempo César era un individuo completamente cambiado. Lo interesó en la escultura y poco a poco lo fue alejando del hábito del alcohol al que se aferraba con increíble terquedad. Después de sanarlo de un absceso pulmonar que lo tuvo desahuciado, el Chato pasó varios años normalmente para caer, hace unos tres, en las garras del cáncer. Esta enfermedad fue atendida por Elena quien le curaba las fístulas y llagas además de hacerle la comida. Esta lucha fue de años.
Me resulta difícil creer, lo mismo que al numeroso grupo de amigos que César cautivó con su radiante simpatía, que pueda negarse a Elena la cesión de la casita en que, César pasó sus dos últimos años. Dicha casa, por lo demás, fue comprada con un dinero (E° 4.000.-) que facilitó una hija de Elena.
Los bienes de César Rodolfo Esteban Lavín Toro se reducen a la casita de la calle Diego Rutal 2735. El sueldo de César no daba para ahorros, créanme, que la pobreza en que vivían fue lo que me hizo ayudarlos tanto económica como moralmente.”

Qué dolor y qué amargura para alguien que amó tanto la vida y pasó años entregándose por entero a los demás. En el olvido quedó su generosa siembra, se apagaron los aplausos y se desvanecieron los homenajes. Su fulgurante luz, que alegró a tantos en los cielos y en la tierra de su patria, oscurecida por la ingratitud monstruosa e inveterada del hombre.

Un final que César Lavín Toro, nuestro primer piloto millonario del aire, por cierto no se merecía. Transitó en su vida, con pasión y alegría, por el firmamento de los cielos y le tocó, al fin de sus días, beber la amargura de los abismos de la tierra. Quiera Dios que la hermandad de los pilotos no vuelva nunca a repetir, con uno de los suyos, tan triste designio.