Por Vicente Grez Yavar (1847-1909)
Escritor, periodista y Diputado

SEGUNDA PARTE

CAPITULO V
Vencer o morir

I

Despues de esta eterna despedida las dos naves iban ya a alejarse, cuando el Huáscar, en actitud de combate, desnuda su invulnerable torre i sumerjido su casco en el mar, lanzó entre ámbas su primer disparo de a 300, especie de estruendoso heraldo que proclamaba su llegada.
Esta jigantesca notificación no atemorizó a nadie i al contrario, se la recibió a bordo de nuestras naves con una exclamación de júbilo, con un ¡viva Chile! prolongado i unísono, salido del alma de todos sus tripulantes.
Aquellos hombres se preparaban sonriendo a la muerte: tenían frente a sí la siniestra aparición i en vez de recibirla con estupor, sus pechos rebosaban de alegría. Habia allí juventud que iba a morir, bellos sueños que iban a olvidarse, blancas gaviotas que iban a abandonar para siempre su flotante nido. ¡Cuántos recuerdos pasarían hiriendo el alma como flechas en esos momentos de adiós supremo a la vida! Pero ¡qué importa! ¿morir por la patria no es el sueño mas bello que puede ambicionar un alma pura y grande?
Fue en ese instante de solemne prueba cuando se reveló el alma de Arturo Prat. El héroe, que ya lo era, daba sus órdenes con esa impasibilidad soberana, con esa dulzura varonil que era la espresion de su pureza, de su amor i de su fuerza. Su fisonomía, que siempre que siempre había sido apacible i tierna, acentuó todavía mas sus caracteres. Los que le recuerdan creen verle aun rodeado de una aureola de gloria: sereno, terrible i magnífico, disponiéndolo todo para la muerte como un hombre que ordena i manda desde la eternidad. Su buque era viejo, podrido, inmóvil i con cañones que eran un adorno mas que un arma. ¿Qué podría hacer contra el invulnerable monstruo que arrastraba consigo el espanto y la ruina? Nada ¡sino pelear i morir con gloria! ¿Podria él entregar la nave que habían confiado a su honor? Otros, en circunstancias semejantes, lo habrían hecho sin mengua; pero él ¡jamás, jamás, mil veces la muerte! Los soldados de Ingaví, de Talqui i de Boyacá ¿podrian vencer jamás a los soldados de Chillán, de Chacabuco, de Rancagua, de Maipú i de Yungai? El dilema era vergonzoso i terrible; pero Prat i sus compañeros no lo dilucidaron un minuto, sino que lo resolvieron en el acto: se reducia simplemente a cumplir la vieja divisa de la patria: «vencer o morir».

II

Mientras tanto las dos naves peruanas evolucionaban para encerrar los buques chilenos en la bahía de Iquique: el Huáscar se había dirijido rápidamente hácia el Sur-Oeste i la Independencia cerraba el camino del Norte.
Las dos naves peruanas presentaban un aspecto mui diferente la una de la otra; mientras el Huáscar se sumerjia en el mar como un monstruo que fuera a luchar con los cetáceos, la Independencia se alzaba imponente i magnifica sobre la superficie de las aguas. Ambas naves arrastraban por el mar enormes i lujosos pabellones de seda. Los peruanos van a la guerra como los persas, haciendo ostentación de sus adornos i riquezas.
La Esmeralda se dirijia lentamente a ocupar su puesto de resistencia i combate lo mas cerca posible de la arenosa playa. Posicion admirablemente estratéjica que obligaba a los peruanos a hacer fuego contra la corbeta i contra la ciudad de Iquique, hiriendo igualmente al enemigo i al hermano.
La Covadonga seguía a retaguardia i habiendo quedado mas cerca del Huáscar, éste la hizo blanco de sus disparos. La goleta siguió avanzando al interior de la bahía, defendiéndose hábilmente a favor de los arrecifes que bordan la isla.
El monitor hizo entonces señas a la fragata, ésta se acercó por la proa i al costado de babor del Huáscar, e inmediatamente cesaron como por encanto las lujosas evoluciones, especie de preámbulo de la batalla, dando lugar a la lucha verdadera. Cada uno de los dos monstruos de fierro se encaminó hácia su débil presa. Iba a ser aquello una caza divertida i útil, pues serviria de ejercicio de maniobras a las poco preparadas tripulaciones de los blindados. El Huáscar se dirijió a tomar a la Esmeralda i la Independencia a la Covadonga, que huia rápidamente hácia el Sur; deslizándose con prodijiosa cautela i habilidad sobre los arrecifes…Sublime i dolorosa viacrucis que había de conducirla a la mas asombrosa victoria.

III

La Esmeralda quedó sola en la bahía esperando la muerte; pero resulta, como los antiguos gladiadores, a vender cara su vida.
Antes de iniciar la lucha, el comandante Prat hizo tocar atención e inmediatamente se estrecharon a su alrededor los tripulantes de la nave, descollando la figura varonil i resuelta de Ignacio Serrano, la romántica i pensativa de Uribe, la grave i melancólica de Riquelme i de todo ese otro grupo brillante, predestinado, casi bíblico, en que formaban Arturo Fernández i Arturo Wilson, Francisco Sánchez, Vicente Zegers, Juan Oscar Goñi, Antonio Hurtado, Agustin Cabrera, i Francisco Guzman, i mas allá, en un órden inferior oculto en medio de los ignorados, perdido entre la turba anónima i gloriosa, el sarjento Aldea, alma del pueblo, pura i grande como él.
Debió ser un espectáculo sublime el que ofrecia aquel grupo de hombres i de niños, iluminados por la fé del patriotismo i del deber, teniendo a sus piés el abismo del mar i sobre sus cabezas todos los rayos de la guerra, jurando sobre una débil tabla defender hasta morir la bandera de la patria !
Fue entonces cuando Prat, cubriendo con su mirada a sus compañeros de martirio i de inmortalidad, se sintió conmovido; pero recobrando al instante su serenidad, les dirijió esta arenga antigua, que todos los sobrevivientes del combate han conservado grabada en la memoria i en el alma.
– No es costumbre que un buque chileno arrie su bandera, i espero que ésta no será ocasión de hacerlo. Juro que mientras yo viva, ese glorioso tricolor no se arriará, i despues de mi muerte mis oficiales sabrán cumplir con su deber.
Prat, que no mintió jamás, no hizo concebir a sus tenientes la esperanza de una victoria del todo imposible.
Por eso aquellas palabras – como decía mas tarde el contra-almirante Riveros después de la victoria de Angamos – serán la órden del dia permanente de la escuadra chilena.
Cuando Prat terminó su arenga, descubrió su frente i ajitando al aire su gorra gritó con entusiasmo
-¡Viva Chile!
Grito que repitieron todos los pechos de la Esmeralda i al parecer todos los ecos del mar.

IV

homerico4 El Huáscar como museo flotante en Talcahuano

El combate estaba ya iniciado. El Huáscar disparaba de intervalo en intervalo sus cañones de a 300 libras, cuyo estruendo semejaba los bramidos de un monstruo furioso. La Esmeralda haciendo a su adversario los honores que merecía, disparó sobre él todas las piezas a la vez.
En los momentos en que la Esmeralda disparó sobre el Huáscar toda su batería, la Covadonga, perseguida por la Independencia, se perdía de vista … i al llegar hasta ella el estruendo de esa descarga de honor, nuestros marinos se imajinaron que la corbeta había hecho volar su santa bárbara, i prosiguieron su marcha bajo tan tremenda impresión.
Los disparos del Huáscar eran tardíos. Los bisoños artilleros del monitor, después de una hora de combate, no habían logrado acertar uno solo de sus disparos sobre el estenso blanco de la nave enemiga. Como un vergonzoso contraste, los proyectiles de la Esmeralda llovían sobre la invulnerable cubierta del blindado produciendo solo el infernal estrépito del choque, pero sin causar mas daño del que orijina la caída del granizo sobre la roca.
A bordo de la Esmeralda dominaba, la impotente impaciencia de la falta de poder material con que ofender al enemigo, i a bordo del Huáscar el colérico despecho de no saber emplear con acierto los poderosos elementos de la nave.

V

La torpeza i el terror de los tripulante del Huáscar había salvado a la Esmeralda durante mas de dos horas de combate. -¿Terror?- Sí, aquella nave poderosa cuyos cañones podían traspasar a la corbeta de banda a banda, cuyo espolón podía despedazarla con el mas leve choque, aquellos hombres ocultos dentro de torres i murallas de fierro no acertaban a dar crédito a lo que veian; no podían comprender el heroísmo sublime de nuestros marinos e imajinaron que semejante obstinada resistencia era el resultado de un propósito infernal. La Esmeralda estaria rodeada de torpedos; por eso había fondeado tan cerca de la costa para obligar su enemigo a perseguirla, atrayéndolo así a la insidiosa trampa. Grau, sus tenientes i todos los demás tripulantes de la nave invencible, creían firmemente en esta ridícula patraña. Era el león espantado al ruido de las hojas del bosque.
Dominados también en tierra por tal temor, se desprendió de la costa i se dirijió al monitor una embarcación que conducía a M. Chekley, práctico de la bahía de Iquique. M. Chekley, víctima de un terror imbécil, llegó asegurando el comandante del Huáscar que efectivamente la Esmeralda estaba rodeada de torpedos i que seria una imprudencia temeraria atacarla con el espolón. ¿Seguiria Grau el consejo de Chekley? Si lo seguía la lucha se iba a prolongar infinitamente; pues estaba probado en dos largas horas de combate que los artilleros del Huáscar no darían jamás en el blanco enemigo a trescientos metros de distancia.
Todos estos accidentes inesperados, toda esa vergonzosa prolongación de un combate ridículo, puesto que se combatía a una sombra, había embargado el corazón de Grau por vago rubor. Un incidente inesperado viene a cambiar oportunamente el carácter de la lucha; el general Buendía, comandante en jefe del ejército aliado del departamento de Tarapacá, ordena colocar en la playa algunas piezas de artillería de campaña para hacer fuego a laEsmeralda. La corbeta contestó el fuego con sus cañones y fusiles.
Desde este instante el combate se torna horriblemente sangriento. Los artilleros de la batería de estribor caen al pié de sus cañones heridos de muerte por la artillería de tierra. Todas las típicas pasiones de la guerra principian a tomar su horrenda fisonomía. Se goza ya con la sangre y la muerte.
La Esmeralda, a intento de escapar a los fuegos de la artillería de tierra que diezma su jente, se mueve lentamente hacia el Nor-Oeste.
El Huáscar, viendo desvanecida la línea misteriosa de torpedos con el movimiento de la Esmeralda, marcha entonces a interponerse entre la corbeta i la costa i al iniciar este movimiento acierta sobre el enemigo su primer cañonazo de a 300, que produce en la nave estragos espantosos.
El combate cuerpo a cuerpo en el mar entre el hombre i el monstruo va ya a dar principio. Los titanes se aperciben para escalar el cielo.

VI

La Esmeralda estaba ya mortalmente herida cuando Grau impaciente por la resistencia que oponía, se propuso terminar la tragedia con el espolón de su nave.
Grau no había venido a Iquique a pelear sino a anonadar; no quería, por consiguiente que esa sorpresa afortunada se convirtiera para el enemigo en una catástrofe gloriosa; le humillaba ver que el pequeño pudiera sobrepujar al grande; le irritaba la visión inmortal que entreveia.
Grau fue siempre el miedo, nunca el valor i la audacia; no persiguió sino a los débiles, no peleó sino con los que no podían resistirle, i así, para llevar a cabo sus fáciles empresas, se deslizaba silenciosamente en las sombras, sin respirar, siempre cauteloso y siempre tímido. A esto se ha llamado prudencia. Será prudencia cuando con un puñado de hombres se va a sorprender a un ejército, pero cuando con un ejército se va a sorprender a un puñado de hombres eso es una cobardía. ¿Acaso la guerra es sólo la destrucción i la muerte? no es también el heroísmo y la gloria?
Grau fue lo único que exhibió el Perú en la guerra marítima de 1879 i por eso los enemigos de Chile lo hicieron grande, i nosotros mismos, en nuestra bondad, aumentamos el bullicio del aplauso, porque es jeneroso aplaudir al enemigo. Grau héroe! ¿dónde están tus páginas heroicas?
Huyó siempre del fuerte i persiguió siempre al débil. Aplastaba a los niños i se arrodillaba en presencia de los hombres. Cuando pudo ser grande – en Angamos – el cañon vengador de Iquique lo despedazó al primer estampido, aventando sus cenizas. No quedó de él ni siquiera una palabra.
¿Qué les dijo a sus tenientes ántes del combate? Nada.
Se reconcentró en un silencio frio como el estupor. Seamos sinceros i justos: los grandes hombres no se falsifican. Las glorias de artificio duran lo que el barniz de una estatua de yeso: el sol lo quebraja i la lluvia lo deshace.
Grau fue sólo un marino prudente i entendido, capaz de conducir sin peligro un buque a la China i de hacer pingues negocios en cachemiras i porcelanas del Japón; pero de ahí a ser héroes, hai la inmensa distancia que de las llamas de una fogata a los rayos del sol.

CAPITULO VI
Los héroes

I

Una relación del combate de Iquique escrita por el poeta peruano Modesto Molina i publicada al dia siguiente en el COMERCIO, diario de esa ciudad, dice que «viendo el comandante Grau que era inútil toda consideración con la Esmeralda, resolvió despedazarla». De esta relación peruana se desprende que Grau estaba indignado de la sublime resistencia de los chilenos. ¡Qué crimen el de ser heroicos!
En efecto, Grau soñó algunas horas con la captura de la nave, quería llevarla como trofeo de victoria cuando regresara triunfante al Callao, ambicionaba colocar sobre sus sienes la brillante diadema de la diosa marina de Chile. La ilusión se disipó al fin. Grau comprendió que para vencer a laEsmeralda era necesario despedazarla y afiló para el sacrificio la formidable cuchilla del Huáscar. En ese momento, según se ha referido después, algo como un presentimiento terrible pasó por su mente, negras visiones batieron las alas sobre su cabeza: – Se acordó de la Independencia!
Dominado por misteriosos temores, imponente, ciego de ira, pequeño ante la grandeza de sus adversarios, Grau se lanzó sobre la Esmeralda, dando a la máquina del Huáscar la imponente velocidad de ocho millas por hora. Sabia el presuntuoso paladin que se iba a estrellar no contra corazas de cero sino contra muros de carne. Pero Grau tenia por adversario a un hombre superior i el golpe no fue mortal. Prat, al ver avanzar al monstruo sobre su nave, gritó: – «¡Toda fuerza a la máquina!» Orden que transmitió el guardia marina Wilson. El Huáscar sólo consiguió herir levemente en la proa a laEsmeralda.

II

Fue en ese instante en que parecía que todo se desplomaba, ménos el alma de Chile, cuando el comandante Prat, llevando su espada en una mano i en la otra un revólver, saltó sobre la cubierta del Huáscar, gritando a su jente:
– ¡Al abordaje, muchachos!
La voz del comandante se perdió en los ruidos del mar, en el estruendo de los épicos choques, de los gritos de rabia, de dolor i de odio, i sólo un hombre que no le abandonaba, que peleaba a su lado asombrado, dominado por su gran espíritu, el sarjento Aldea, saltó como él sobre la invulnerable cubierta.
Apenas el monstruo recibió sobre sus escamas de acero la carga de estos dos hombres que pesaban un mundo, se retiró rápidamente del costado de laEsmeralda. Era bastante.
Prat recorrió como un dios la solitaria cubierta del monitor, con su mirada fija en la Esmeralda, de la cual se alejaba. Todos los enemigos estaban ocultos tras las murallas de hierro, i sólo el teniente Velarde se había quedado descubierto, inmóvil i frio como una estatua de mármol. Prat se dirijió a la torre de comandante, i al intentar escalarla para batirse pecho a pecho con su adversario, como los antiguos paladines, cayó muerto sobre la cubierta. Una bala lanzada por oculto enemigo le había herido en la frente, como se hiere a los locos. Aldea, su sombra gloriosa, que le había seguido al asalto, le siguió también a la tumba!

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Corbeta Esmeralda en 1879

Museo Corbeta Esmeralda en Iquique

III

La muerte de Prat produjo en los tripulantes de la Esmeralda una impresión de profunda pena. Habia desaparecido para siempre ese espíritu dulce, sobrio i amado que supo revelarse jenio i heroísmo en el supremo momento de la lucha; pero su muerte ¡grandiosa muerte! no era para nadie un desaliento sino una enseñanza sublime. Las nobles palabras de su arenga estaban grabadas en el corazón i en la mente de todos: – «Mientras yo viva, ese glorioso tricolor no se arriará i después de mi muerte mis oficiales sabrán cumplir su deber».
La muerte de Prat, aunque mui sentida, no sorprendió a nadie: todos la esperaban desde que se reveló su alma i su jenio.
En efecto, tal presentimiento se esplica mui bien: los hombres como Prat, una vez que han cumplido su misión, deben morir! En la tierra no se puede ser demasiado grande sin molestar a muchos; sólo en la eternidad se puede crecer inmensamente sin sofocar a nadie; se puede ser ánjel o héroe impunemente, pues en el infinito hai lugar para todos i la envidia que se arrastra no puede subir hasta los cielos-¿En dónde habitaría Prat en la tierra si hoy viviera?

IV

Despues del jigantesco pero inútil esfuerzo hecho por Prat, parecía que el espíritu humano tendría que doblegarse ante el poder de la fuerza; pero el temple de aquellos corazones era del puro i bruñido acero con que se amolda el pecho de los héroes.
Prat había cumplido su promesa mas allá del deber i de la gloria, ¿podrían sus tenientes destruir o siquiera empañar su obra? La fortuna de Chile, la eterna gloria de Chile, iba a ser completa ese dia. El alma de Prat era también el alma de todos los tripulantes de la Esmeralda.
El sucesor de Prat en el mando de la gloria, teniente Uribe, hizo reunir en consejo a los oficiales de la Esmeralda. Jamas se congregó un consejo semejante en que los mismos jueces iban a acordar su sentencia de muerte. Ah! I bien sabeis vosotros, inmortales muertos, gloriosos sobrevivientes de la Esmeralda, sublimes mártires, jueces i verdugos de vosotros mismos, lo que en aquel momento resolvisteis! Todos, sin escepcion de uno solo, Uribe i Serrano, Fernández i Riquelme, Zegers i Wilson, Sánchez i Hurtado, Goñi, Cabrera I Guzman, todos resolvisteis no arriar jamás la bandera!
I para confirmar el solemne juramento mientras la Esmeralda principiaba a hundirse, el comandante Uribe afianzaba la bandera de mesana izando otra en el palo mayor. Era la muerte desafiando a la fuerza afirmando su poder (1)

(1) Se ha puesto en duda el hecho de que el comandante Uribe hiciera enarbolar en el combate de Iquique otra bandera en el palo mayor de laEsmeralda, como un duelo a muerte, como una resolución suprema de no rendir jamas la nave. El hecho fue efectivo, como el mismo capitán Uribe lo declaró en el siguiente brindis que pronunció en el banquete que Valparaiso dio a la oficialidad de la Esmeralda.
– He aquí esas palabras:
«En nombre de mis compañeros de armas i en el mio propio, les doi señores, a vosotros i al digno jefe de la provincia que así nos felicita los mas sinceros agradecimientos por esta espléndida manifestación. Nosotros no hemos hecho nada para merecerla.
Atacados en las posiciones que la Esmeralda estaba obligada a sostener, resistimos por orden de nuestro malogrado comandante. Mirando el honor de la patria en la bandera de la Esmeralda, mantuvimos en su puesto esta bandera, también por orden de nuestro venerado comandante.
I cuando éste, concibiendo i ejecutando instantáneamente el proyecto de adueñarse del Huáscar, cayó, victima de su patriótico arrojo, los oficiales de laEsmeralda, reunidos en consejo, resolvimos mantener a todo trance esa bandera, para cumplir las recomendaciones i deseos de nuestro malogrado jefe.
I aunque en el último trance la ordenanza me daba derecho de arriar esa bandera porque el buque estaba sumergiéndose, la mayor parte de la tripulación muerta o herida i la salvación era imposible, creí en mi conciencia que sobre la ordenanza estaba el honor de la patria, i afirmé la bandera de mesana izando otra en el palo mayor».

V

Cuando los oficiales de la Esmeralda vieron alejarse al Huáscar llevando sobre su solitaria cubierta sólo al comandante Prat i al sarjento Aldea, una nube de rubor cubrió sus almas. ¡Quién sabe si talvez pasaba en ese momento por la mente del héroe la idea, la angustiosa i terrible idea, de que sus tenientes lo habían abandonado! Esa mirada profundamente fija en la Esmeralda que se alejaba ¿significaba un adiós i un reproche a la vez? El que había consagrado al deber toda su existencia, luchando siempre por lo verdadero i por lo bueno, sufriendo una vida de curiosidad cuando llevaba oculto en el fondo de su alma un mundo resplandeciente, él, llegaría a creer en el instante de la suprema prueba que sus compañeros no habían sabido cumplir con su deber?-¡Qué gotas de amarga hiel destilaría su corazón si tal vez creyó!
Uno de los jóvenes guardia-marinas de la Esmeralda, Arturo Fernández, nos ha espresado que sus compañeros abrigaron por un momento tan terrible sospecha.- «Entónces, agregó Fernández, vivamente emocionado, para que el comandante Prat pudiera contemplar desde la eternidad que sus oficiales no le habían abandonado i que eran dignos de él, organizamos el segundo abordaje».
¿Hai algo mas puro i grande en la historia de la humanidad?

VI

El teniente Ignacio Serrano se puso al frente del segundo abordaje.
Serrano era un joven de carácter impetuoso i suave a la vez, alegre, charlador, discreto i audaz hasta lo increíble. Su alma arrojada i temeraria no conoció jamás los obstáculos. El peligro era su mayor dicha i para vencerlo vestia su mejor traje i calzaba sus mas ricos guantes, como quien va a una alegre fiesta. Reia de la muerte i podría decirse que casi la despreciaba, pues la había desafiado muchas veces i vencido siempre. Tenia esa cualidad rara, estraña, del que ejecuta algo prodijioso con una indiferencia i desden verdaderamente soberano. Era un hombre que habría arrancado una estrella para alumbrar un pantano.
Serrano, rápido como el rayo de la venganza, recorrió los cañones impotentes de la Esmeralda, que bramaban, no para ofender al enemigo, sino para saludar nuestra bandera, i escojió de todas partes los hombres que debían acompañarlo en su empresa. Su cólera alegre comunicaba el entusiasmo. Todos se disputaban un puesto en la sublime empresa.
Despues de haber dicho adiós a los amigos que combatían i estrechado la mano de los moribundos que partian, i a cuya comitiva él i sus compañeros se agregarían bien pronto en el camino, Serrano reunió a su jente en la borda, i allí, agrupados, hacha y revólver en mano, formando un grandioso conjunto de cabezas altivas i triunfantes, esperaron el segundo golpe del monitor. Eran sesenta hombres.
El Huáscar, mas veloz i furioso que en su primera embestida, despedazó con su espolón el flanco de la goleta. Inmediatamente Serrano y catorce de sus compañeros saltaron al abordaje por el hueco a que daba acceso la proa del monitor. Los demás no pudieron saltar por la rapidez de la retirada, pero lograron enlazar con cables la proa del Huáscar.
Por un momento el relámpago de la esperanza brilló en los ojos de nuestros audaces marinos. ¿Habria caído el águila en el lazo? Aquel combate único, inmortal, que no ha tenido semejante en ninguna época, en ninguna historia, en ninguna raza, ¿terminaria también con el triunfo material de los débiles? Imajinarlo era casi un absurdo, una locura, un orgullo satánico.

VII

El peligro era inminente para la gran nave si llegaba a ser invadida por mayor número de jente. Grau lo comprendió así, i, dominado su espíritu por el espanto, trató de rechazar aquel ataque que tenia para él algo de tenebroso. Le parecía una lucha de espectros. Si no hubiera sido dueño por completo de la fuerza, es posible que hubiera retrocedido a la vista de esos terribles visionarios que se arrojaban con la cabeza erguida i el pecho descubierto ante el negro muro de la muerte. Grau, en medio de su estupor, dio, pues, la órden de rechazar el abordaje.
Uno de los oficiales de la guarnicion del Huáscar, el mas impetuoso talvez, el teniente Arellano, dio cumplimiento a la órden del comandante, poniéndose al frente de los soldados que componían la guarnicion del monitor, i a quienes se denominaba los buitres. Arellano los estusiasmó con este grito guerrero i familiar:- Arriba mis buitres!
Aquellos infelices comprendieron que la muerte era no solo ignominiosa sino también mucho mas terrible en el interior de sus cuevas que sobre la cubierta de su nave, i salieron por las escotillas, abandonando el cobarde escondite i poniendo, por primera vez, pecho descubierto al peligro.
La lucha cuerpo a cuerpo fue espantosa. Eran catorce contra sesenta i todos murieron sobre la cubierta del Huáscar. Podria decirse que el último soldado chileno mató al último soldado peruano, pues los que de éstos no murieron, corrieron a ocultarse nuevamente en el interior de sus invulnerables guaridas. Desde la Esmeralda se hacia también a los buitres un fuego vivísimo. En medio del combate algunos soldados cortaron a hachazos los cables que unían el Huáscar a la Esmeralda. Grau mas feliz que Prometeo, respiró libremente.
¿I Serrano?
¡Ah! Serrano había avanzado terrible i colérico por el castillo del Huáscar con dirección a la torre del comandante. Iba a repetir la hazaña de Prat. Pero al llegar junto al muro cayó mortalmente herido esclamando:
-Yo muero! ¡pero no hai que rendirse, muchachos!

VIII

La Esmeralda era ya en esos momentos una ruina flotando sobre el inmenso abismo del mar. Todo lo que de ella quedaba podía ser destruido con un soplo. De sus doscientos tripulantes sólo vivían cincuenta, estenuados por las horrendas fatigas de un combate de cuatro horas, de un combate a muerte i sin esperanzas. En los rostros pálidos i demacrados de los tripulantes de la Esmeralda vagaba una sonrisa serena i altiva; parecía que sus frentes principiaban a iluminarse con la aureola del martirio. Eran hombres satisfechos de sí mismos, que despues de una noble tarea esperaban el premio de sus obras, es decir, la muerte. Habian cumplido todos sus deberes, habían intentado las mas grandes audacias, pero habían sido aniquilados por la fuerza.
Ni uno solo había desertado del santo sacrificio, ni uno solo había vacilado ante la muerte, i en el último momento, cuando no quedaba sino un cañon ¡i un cañon que no heria! Nadie se preguntaba:-¿Qué haremos? Sino que todos decían:- ¡Morir!
Entre ese grupo de agonizantes descollaba la figura del comandante Uribe: altivo, resignado, impasible, esperando la última hora con los brazos cruzados sobre el pecho i la mirada fija en la bandera, es decir, en la patria. Ya no tenia órden alguna que dar a sus tenientes. Todo había terminado para él i los demás.
La máquina de la Esmeralda había dejado de funcionar i el agua llenaba las bodegas. El ingeniero Hyat subió a la cubierta para comunicar que todo estaba concluido! Para llegar hasta ahí, Hyat se abrió paso con dificultad por entre los cadáveres que, rijidos i amenazantes, parecía que todavía defendían su nave.
Cuando Hyat, lleno de horror con el espectáculo que tenía delante de sus ojos, anunció al comandante Uribe que todo había terminado en su departamento, una bomba lo despedazó.

IX

El Huáscar se lanzó por tercera vez sobre la Esmeralda para dar fin a su agonía; i al mismo tiempo que enterraba su espolón en el flanco ya despedazado i medio sumerjido de la corbeta, uno de sus cañones disparaba sobre el centro su última bomba, dando muerte a todos los niños grumetes que ahí se encontraban. Aquella terrible ofensiva contra un grupo de hombres sublimes e indefensos era una cobardía. Se asesinaba a jentes desarmadas, reos del crimen de no rendirse, se cometia la vileza de hacer fuego sobre los heroicos náufragos. No se quería respetar su gloria: por eso no se intentaba el abordaje para hacerlos prisioneros. Grau no tuvo en este combate un minuto de hombre de corazón. Tenia miedo hasta a las miradas de aquellos niños. La abnegación i el heroísmo del adversario no elevó su espíritu un solo momento. Hai hombres que no se contaminan jamás con la grandeza.

X

Ya no quedaba de la Esmeralda sino el espíritu, i en ese momento supremo el espíritu de la Esmeralda se reconcentró en el alma de Ernesto Riquelme.
De pie sobre la flotante ruina, sobre los gloriosos despojos, sobre los inmortales cadáveres, sobre los cañones enmudecidos como corazones que hubieran dejado de latir, Riquelme se alzaba sobre esa inmensa tumba como un resucitado. Semejaba una de esas estrellas que brillan en el oscuro firmamento en noche de tempestad. Tenia solo veintisiete años, era poeta i estaba enamorado. Su frente triste i pura estaba iluminada por los resplandores del amor, del deber i de la gloria. A su lado yacia altivo el único cañon que no había sido inutilizado i que aun palpitaba, i su mano derecha levantaba su espada que en esos momentos parecía mas bien la palma de su glorioso martirio!
Cuando el Huáscar dio a la Esmeralda su último espolonazo, causando el rápido hundimiento de la corbeta, cuando la proa se sumerjia en el mar, cuando la invencible bandera descendia majestuosa para ocultarse en el seno de las aguas, Ernesto Riquelme se inclinaba sobre su cañon i hacia el último disparo, el último saludo a la bandera, el último adios a la patria, el último homenaje al deber, la última ofensa al enemigo!
Vibraba aun el estruendo de ese disparo cuando Riquelme caia muerto al pié de su cañon, atravesado su noble pecho por numerosos proyectiles enemigos!
Si los hechos sublimes llegan al cielo, el cañonazo de Riquelme debió de oírse en las alturas!
Sí, noble joven! Ese cañonazo que fue tu última inspiración, tu último arranque i también el último latido de tu jeneroso pecho, se oirá en todos los siglos i su eco glorioso resonará eternamente en el corazón de la patria.

XI

Mientras la Esmeralda se hundía majestuosamente, como un astro en el océano, sus tripulantes trataban de salvarse sobre los despojos de la nave.
El Huáscar echó al mar algunos de sus botes para tomar a los náufragos, a los cuales se les gritaba desde a bordo del monitor:
-Rendíos! Rendíos!
-¿Rendirnos? Esclamaban en medio de su agonía, jamás, jamás, ántes la muerte!
I agregaban indignados la famosa palabra de Cambronne en Waterloo, que nuestros marinos pronunciaban en situación más solemne i difícil que la del héroe francés. Palabra vulgar entre nosotros que la ha repetido siempre en los combates el último de nuestros soldados.
Cuando los tripulantes de la Esmeralda fueron conducidos prisioneros a bordo del Huáscar, encontraron tendido sobre la cubierta del blindado los cadáveres de Prat, Aldea i demás gloriosos asaltantes.
Parecia que el comandante Grau no se había atrevido a levantar a aquellos muertos. Temia que se pusieran de pie.
El teniente Serrano vivía aun. Estaba solo, abandonado i agonizante, junto a la torre que había intentado escalar.
Los oficiales de la Esmeralda solicitaron del comandante Grau la gracia de atender a su compañero con el cirujano de su nave, gracia que le fue negada. Serrano espiraba pocos momentos después sin que ninguna mano amiga le estrechara la suya, sin que ninguna cabeza se inclinara sobre su frente.

XII

Para recibir a los marinos e la Esmeralda, Grau había hecho formar sobre la cubierta a los tripulantes del Huáscar. Los trajes despedazados i el desnudo casi completo de nuestros marinos hizo reir a los peruanos. Se lanzaba sobre el sagrado infortunio de los náufragos burlas i risas repugnantes. No faltó ni el escarnio a su martirio!
Pero los tripulantes del Huáscar, al intentar echar abajo la gloria de los náufragos de la Esmeralda, hacían un cómico i siniestro esfuerzo. ¿Qué ideas tenían de la patria, del deber i de la gloria aquellos desgraciados que se burlaban de hombres sacrificados por una sublime idea i un gran pensamiento? Esa burla era, sin embargo, necesaria para el complemento de la gloria de nuestros marinos. ¿Qué pedestal no ha sido baboseado por la envidia, la cobardía o la ignorancia? ¿A qué héroe no se le ha hecho beber la cicuta? ¿Sobre qué noble frente no se ha clavado una corona de espinas?

Continúa Tercera Parte