Gabriel Valdés Subercaseaux, abogado, político DC, ministro, alto funcionario de la ONU, Senador  Presidente del Senado y embajador, también tuvo ocasión de ponerse al mando de un avión, como asimismo oficiar ocasionalmente, de mecánico de aviación. El relato que sigue es un recuerdo que hace Valdés de un particular vuelo a Santa Cruz en su libro “Sueños y Memorias”:

“En una ocasión, volando de regreso desde Santa Cruz, pedí al piloto -que era oficial del Presidente boliviano- que en lugar de volver a La Paz fuéramos a Sucre, avisando por radio el cambio de ruta. Yo tenía un especial interés en visitar esa capital tan famosa. La respuesta fue excelente y la autoridad se disponía a recibirnos, a pesar de que la cancha de aterrizaje estaba en reparaciones y se encontraba sólo la mitad habilitada. Comenzamos a volar sobre montañas cubiertas de bosques y, en un momento, el piloto me dijo: “Ahí abajo, en la selva que usted ve, está el lugar donde detuvimos al Che Guevara”. Le solicité bajar y, dando vueltas, él me mostró el lugar exacto donde se había producido un hecho tan histórico.

Cuando volvimos a ascender vi que la aguja que indicaba la velocidad del motor izquierdo comenzaba a oscilar; deteniéndose y volviendo a subir, a la vez que se producían algunas estampidas del motor. Yo conocía bien ese avión, un Aero Commander (1), porque había aprendido a pilotar uno similar que era propiedad de la CAP en el que volaba semanalmente a Concepción y a Vallenar. Comencé a preocuparme, porque veía que el motor hacía explosiones, quejándose, y la aguja se movía, lo cual indicaba que en cualquier momento ese motor se detendría. Seguimos subiendo lentamente, ya que el ascenso se interrumpía cuando el motor dejaba de funcionar. Vi que el piloto estaba desconcertado, lo cual me obligó a tomar la conducción. Mientras tanto, mi vecino se comunicaba con Santa Cruz, con Potosí y La Paz, pero en ninguna parte podíamos aterrizar, porque estaba lloviendo. Fue la primera vez que vi con certeza que terminaría destrozado en la selva y que después se diría que caí como le había ocurrido a un avión de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos que jamás se encontró en la espesura selvática.

Íbamos subiendo lentamente y debíamos llegar sobre los cinco mil metros para remontar la cresta de la montaña y bajar a Sucre. Con más voluntad nuestra que potencia en los motores, fuimos girando hasta alcanzar a pasar la altura sin que nos acordáramos, el piloto y yo, de ponernos las máscaras de oxígeno para respirar. Las radios habían avisado de nuestra peligrosa situación y por ello nos esperaban en la cancha de aterrizaje de Sucre todas las autoridades de la ciudad. Finalmente pasamos la cumbre y comenzamos a bajar lentamente a la altura de la ciudad. Vimos que la cancha estaba cortada. Entonces le dije al piloto que condujera él, porque el avión podía estrellarse y no era de mi responsabilidad. Felizmente, el aterrizaje se hizo con inteligencia: llegamos al borde de una acequia que cortaba la cancha, nos levantamos, sentimos los aplausos y recibimos abrazos eclesiásticos, civiles y militares. Antes de movernos ordené abrir el carburador, porque estaba convencido de que las interferencias se habían producido en el paso de la bencina. Efectivamente, en el receptáculo encontramos barro y mugre. Lo limpié personalmente y pedí no colocarlo hasta mi regreso, pues eran las tres de la tarde y no habíamos almorzado; además, me encontraba muy enojado y con los nervios alterados. Decidí visitar esa hermosa ciudad, que después de la experiencia me parecía más hermosa aún. A i regreso ordené instalar el carburador y así partimos de regreso a La Paz sin contratiempos. Desde aquella vez no he regresado a esa ciudad.”

***

unparticularvueloasantacruz_clip_image002(1) Efectivamente, pilotos que pertenecían a CAP en esa época como Rasko Brajovic y Carlos Arredondo, le cedían a Valdés los controles en vuelo crucero, ya que disfrutaba con ello. Cuando el Aerocommander sufrió el trágico accidente que le costó la vida al piloto Carlos Arredondo, CAP contrató a la empresa Icaro Services para satisfacer sus requerimientos de traslado. Ahí fueron los pilotos Amaro Bamón, Juan David, Guillermo Esquivel, Lautaro Hauyon, Julio Mattich, Kurth Thiele y José Sierra los pilotos que amablemente “cedían caña” a don Gabriel.

El Aerocommander siniestrado de CAP se habría precipitado a tierra al perder su cola por un incendio  generado por un tenue escape de combustible de uno de sus motores que gasificado, envolvió la cola, incendiándose ésta por una chispa del motor del lado contrario.

JMS