Lucia era hermana del también ex piloto de Lan, Hernán Salas Reyes (Ver Sección “Alma Mater” – Curso 1944) de modo que se podría decir que había una cierta atracción familiar por los aviones. A su vez una hermana de Lucía se casó con el ingeniero Jefe de Lan, Enzo Marmentini, uno de los protagonistas de los turbulentos momentos que se vivieron durante la administración del Vicepresidente de Lan, Juan del Villar. Es probable que junto a su hermano y su cuñado cayera ella también en desgracia con la administración del Sr. Villar lo que explicaría la brevedad de su paso por Lan.

Continuaría, por un tiempo, como auxiliar en la compañía Ala  entre 1954 y 1957. Fue Piloto de vuelo instrumental (1952), piloto comercial en 1957, destacada profesional en el campo de las estadísticas aéreas en la OACI en 1958 y en la DGAC 1958 – 1977, Encargada de estadísticas de transporte aéreo de la JAC entre 1961 y 1969; miembro del Instituto de Investigaciones Histórico Aeronáuticas de Chile desde septiembre de 1991, socia cooperadora de Águilas Blancas ingresada en diciembre de 1983.

Marta Llaguno, también ex auxiliar de vuelo Lan y madre del actual Comandante de B-787 Sebastian del Rio, recuerda a Lucia como compañera de competiciones de natación en el Stade Francés.

Igual como Dora Koeppen (conocida como Mucky). Lucia Salas no solo fue una de las primeras auxiliares de Vuelo de Lan sino también piloto civil del Club Aéreo de Antofagasta (Licencia 834 del 18 de diciembre de 1945).

A pesar de su retiro, Lucía se mantuvo activa en el ámbito de las “aviadoras”.  Así participa el 1 de Julio de 1986 en la creación de la Agrupación de Mujeres Pilotos de Chile. “Alas Andinas”, ocupando junto a la Presidenta María Eliana Christen, la Vice Presidencia. El resto del directorio queda conformado por las señoras Carmen Luz Ovalle, Elvira Matte, Ursula Meyer, Margot Duhalde y Marta Escudero.

María Eliana Christen Jiménez recuerda de esos tiempos: “Cuando comencé a juntar las mujeres pilotos para formar la Agrupación de Mujeres Pilotos Alas Andinas, (1985) ella fue mi brazo derecho, me acompaño a recorrer Chile buscando a las mujeres pilotos para invitarlas a integrarse, luego fuimos juntas a Hawai donde nos incorporamos como Ninethy Nines (Mujeres Pilotos del Mundo) y en Chile volábamos mucho, juntas. Ella ya no tenía la licencia vigente, pero partíamos al Sur especialmente la Isla Mocha en mi PMB. Yo también siempre la recordaré como una mujer alegre, sincera y comprometida”.

El Sr. Hugo Marín Lezaeta, en representación del Instituto de investigaciones histórico aeronáuticas de Chile leyó en el Cinerario algunas sentidas palabras que recordaron su vasta trayectoria aérea.

Con mucho afecto nuestra asociación se suma a las condolencias a la familia de Lucía.                  

Varios pilotos obtuvieron sus alas en el L-3B antofagastino, incluyendo a la aviadora Lucía Salas Reyes (Chile Aéreo). Foto incluida en Monografia de Aeronaves Colección MNAE Nº 2  Aeronca L-3B de Alvaro Romero Perez.

 

Nuestro amable lector Oscar Avendaño Godoy, Director Secretario del IIHACH, nos brinda un particular recuerdo de Lucia que quisiéramos agregar a este obituario para perfilar la tremenda personalidad y vocación de Lucia. Oscar tuvo la oportunidad de conocer a Lucia durante su período de servicio como oficial de la Fuerza Aérea en la Base del Grupo Nº 1 “Los Cóndores” en Iquique entre los años 1955 y 1958. Era costumbre entonces que el Club Aéreo local recurriera a la Fuerza Aérea para obtener el apoyo de un instructor, función que cumpliría Oscar:

“No bien habíamos empezado con las prácticas de vuelo cuando el motor de uno de los Aeronca con que contaba el Club, se “agripó” al experimentar una falla de lubricación siendo necesario enviarlo a Santiago para su reparación y el Club se quedaba con un solo avión con muy pocas horas disponibles.

Se citó a una Asamblea extraordinaria de socios ya que la situación era de emergencia. Allí se analizaron diversas alternativas una de las cuales era adquirir otro Aeronca, aprovechando una oferta hecha por el Club Aéreo Linares que se encontraba en proceso de renovación de su flota.

Venía ahora la operación traslado del avión desde Linares hasta Iquique.

Luego de escuchar varias opiniones, se vio que lo más indicado era hacerlo en vuelo, pero había que encontrar un piloto que se ofreciese para ello.

Los pilotos del Club se veían complicados ya que sus actividades profesionales les hacían imposible abandonar Iquique por el largo tiempo que tomaría trasladar el avión. Así, poco a poco, la Asamblea se fue disolviendo hasta que solo quedó la directiva. Fue entonces cuando Rafael Montero, Tesorero y Ayudante de Instructor que colaboraba activamente con el Club, les recordó que en esos días se encontraba en Santiago Lucía Salas Reyes.

Lucía contaba con su Licencia de Piloto vigente, periódicamente viajaba a Iquique donde permanecía por largos periodos compartiendo con los pilotos del Club Aéreo como Socia en Tránsito e incluso haciendo Instrucción ya que tenía su Habilitación de Ayudante de Instructor de Vuelo.

Ella había llegado a convertirse en una de las regalonas del grupo que frecuentaba el Club y además había demostrado que tenía experiencia en aviones “GRANDES” como el Cessna 140, el Taylorcraft 15 A y el Stinson Voyager.

La pequeña gran diferencia era que ahora se trataba de un chonchón de cuatro picantes cilindros con una velocidad de 65 MPH si el Buen Dios le ponía viento de cola, una autonomía máxima de 03:00 horas sin reserva, en un recorrido de 900 millas terrestres.

Peor aún porque esa distancia era desde Santiago a Iquique y ahora había que agregarle 170 millas más al tener que ir a buscar el avión al Club Aéreo de Linares. Si todo andaba bien tendría que prepararse para un vuelo de unas 15 horas con el siguiente instrumental: Un compás magnético, un altímetro, un velocímetro y……. nada más. Ni siquiera tenía radio.

El Consejo de Ancianos del Club, machista 100%, ni siquiera había considerado esta posibilidad pues no concebían que fuese posible delegar tan delicada misión en.…. ¡¡ una mujer!!

Para sacarse el pillo, alguien propuso que lo mejor sería traer el avión por tierra para evitar riesgos. Otro sugirió esperar el motor que se había enviado a Santiago, aunque se demorase. El Jefe de Mantenimiento les hizo ver que pensar en desarmar el avión para transportarlo por tierra sería una aberración por el costo que significaría, más la complicación que se echarían encima al tener que armarlo al llegar a Iquique y pedir Ingeniero a Santiago para la Certificación.

Considerando los pros y en contra de la situación el Directorio, con un tremendo nudo en la guata y echándose la culpa unos a otros, aprobaron la moción, se contactaron con Lucía y ella, sin poner reparos ni condiciones, empezó sus preparativos para tan ardua tarea.

Muchas primaveras han transcurrido desde esa fecha. Las playas de Iquique han sido acariciadas millones de veces por su suave oleaje; las parejitas que pololeaban en Cavancha ya son abuelos y no obstante ello, ahora (se refiere a una entrevista sostenida con Lucia entre abril y junio de 2002) tenemos la oportunidad que Lucía nos relate personalmente esa lejana experiencia”:

 

*

 

“Cuando me avisaron de que se trataba, no lo dudé ni un instante y me comprometí con mis amigos para cumplir esta linda tarea. Sabía que contaba con la confianza de mis “muchachuelos” de “Los Cóndores” del Grupo 1.

Viajé a Linares el 06 de Septiembre de 1956. Los trámites de la compra se habían hecho desde Iquique de modo que solo fue necesario firmar los papeles de la transferencia para convertirme en dueña de un Aeronca

Ese mismo día me lo llevé a Santiago en un vuelo que me tomó dos horas y veinte minutos de acuerdo al tiempo registrado en mi bitácora. Siguiendo instrucciones del Club Aéreo de Iquique, aterricé en el Aeródromo “Lo Castillo” donde debía contactar a Don Tito Sandoval dueño de la Maestranza ubicada en el mismo aeródromo. La idea era tratar de aumentar la autonomía del avión ya que había tramos que superarían su autonomía original.

Allí, Don Tito procedió a instalarle un estanque suplementario junto al asiento trasero, provisto de una manguera y una bomba de mano para trasvasijar el combustible hacia el estanque principal. La gracia era que esta maniobra se podía hacer con el avión en vuelo.

Planificaba ir rellenando el estanque cada vez que la bencina llegase hasta el punto crítico, aterrizando donde me pillara el bajo nivel.

La planificación del vuelo y especialmente los cálculos de consumo los hice apoyada por mi hermano Hernán Salas, en aquella época Piloto de ALA. Además, durante mi travesía, conté con su permanente “vigilancia” ya que en cada una de sus pasadas al Norte o al Sur, chequeaba con los encargados de los Aeródromos el desarrollo de mi “safari”. Todavía conservo el papelito en que me anotó los tramos sugeridos y los consumos calculados. Estos los hicimos coincidir con los aeródromos de ruta, sin dejar de lado algunos potreritos amigos por si acaso.

Llegó el día 09 de Septiembre de 1956. La costa estaba cubierta como era tradicional en esa época del año de modo que no pude salir de madrugada como era mi intención. Recién a las 15:15, con mi carga de combustible completa más mi minúsculo equipaje consistente en una escobilla de dientes y otras menudencias que dejo a la imaginación del lector, salí desde “Lo Castillo”, rumbo 360, más solitaria que Toribio el Náufrago.

Secretamente tenía la pretensión de opacar a la “Kontiki”, una balsa con la que un noruego loco intentaba cruzar el Atlántico en aquellos años. Y así, como “Kontiki”, bautizaron mi avión los “Buenos Amigos” que fui encontrando en las diversas escalas del vuelo.

Muy lentamente se fueron deslizando bajo las alas de mi avión Los Andes, San Felipe, Putaendo, Petorca. Mi intención era buscar pasada hacia la costa, pero como esta seguía cubierta, tuve que irme hacia el interior y volar bajo una capa de nubes que me ocultaba todo el cielo, pero me dejaba los cerros a la vista.

Iba extasiada mirando la cordillera nevada cuando de pronto…….BRRRRRR….un estremecimiento en el motor vino a cortar mis reflexiones. Una oleada de adrenalina me recorrió el cuerpo, pero recordando a mi Instructor procedí a ejecutar uno a uno los procedimientos de emergencia: Estanque positivamente conectado, aire caliente al carburador, “primer” asegurado y hasta ahí no más llegué pues al colocar aire caliente al carburador, el motor se tranquilizó y recuperó sus normales latidos por minuto. La capa de nubes bajo la cual volaba había contribuido con unos cubitos de hielo en el carburador.

Pasado Illapel me dio la impresión que el bichito se había detenido en el aire pues se demoró un mundo en llegar a Combarbalá. Durante mucho rato tuve Punitaqui a la vista y no llegaba nunca a Ovalle.

Finalmente, a las 17:45, o sea después de dos horas y media de vuelo sin escala, avistaba el aeródromo de Tuqui, mientras una sigilosa capa de estratos empezaba a insinuarse en el horizonte, avanzando tierra adentro desde la zona de Tongoy. Por precaución y al completar dos horas de vuelo, había procedido a bombear 10 litros de bencina desde mi estanque auxiliar al principal, no fuese que el motor me reclamara que tenía sed. Luego de dejar mi avión bien amarrado, bajé a la ciudad donde pernocté en el Hotel Turismo de Ovalle.

Al día siguiente, 10 de Septiembre, la meteo amaneció medio porfiada y solo pude hacerme al aire a las 13:00 horas luego de haber rellenado a full mi estanque y los de mi avión. Volando sobre la carretera interior desde Ovalle a La Serena, me metí por la Cuesta de Las Cardas para ir a caer al vallecito frente a Coquimbo. Recién terminaban de disolverse los típicos estratos de La Serena.

Me empezó a preocupar mi velocidad terrestre pues me había demorado una hora en un tramo de 45 millas. Ya eran las 14:00.

Con la idea de avanzar lo más al Norte posible, me comí una escuálida colación en el Club Aéreo de La Serena, reabastecí mi avión y a las 15:45 salía rumbo a Vallenar. A partir de aquí el paisaje empezó a mostrar su rostro desértico. Los vallecitos que rumbeaban hacia el mar se fueron haciendo cada vez más escasos, sobreviviendo solamente aquellos más cercanos a la costa que, cual breves pinceladas verdes, resaltaban en la arena café rojiza.

El sol había recorrido más de dos tercios de su diario camino cuando las ruedas de mi Aeronquita se posaban en la áspera pista de Vallenar. Más de alguna arruguilla facial se la debo al Astro Rey que insistentemente trataba de encandilarme mientras iba en final a la 28. La Torre de Control registró mi llegada a las 17:00. Ese día me había volado otras dos horas con quince minutos.

Encontré allí antiguos y buenos amigos que me invitaron a alojar en el edificio del Aeropuerto donde comimos en medio de recuerdos y fantasías.

 

Amaneció el 11 de Septiembre y como Vallenar está bien escondido al interior del valle, lejos de la costa, los estratos no se hicieron presente de modo que pude despegar a las 10:20 sin problemas meteorológicos. Mi destino era Copiapó.

El desierto del Norte Chico se hacía presente con sus arenales mostrando las profundas huellas de los que hace siglos, fueron caudalosos ríos que fluían libremente hacia el mar. Algarrobal con su vientre pleno de cobre, Estancia Castilla con su verde vergel artificial y Chañarcillo con sus alforjas llenas de plata me hacían señas al pasar la sombra de mi avión sobre sus poblados.

Pensaba como era posible que, en algunos inviernos, bastaba la humedad de una llovizna para convertir este paraje, aparentemente estéril, en la maravilla que es el Desierto Florido. Ya a lo lejos se empezaban a insinuar los cerros tras los cuales se acurrucaba Copiapó. Luego de una hora y media, el tren de mi avión se deslizaba por la pedregosa pista de Copiapó, recordándome que alguna vez ese también fue el cauce de un río. En esa época aun no existía Chamonate.

El reloj registraba las 11:50. Sentía que estaba llegando a la mitad de mi viaje y daba gracias a Dios por que todo si iba cumpliendo como lo había planificado.

Al reabastecerme de combustible, mis amigos Copiapinos me sugirieron asegurarme la autonomía de mi “Kontiki” pues podía encontrarme con sorpresas en Tal Tal. Para ello no encontraron nada mejor que conseguirme un chuico de vidrio forrado en mimbre con el cual aumentaba mi autonomía en otros 15 litritos. Este simpático y poco tradicional pasajero, quedó instalado en el asiento trasero, muy amarrado y con la promesa de portarse bien.

Agradecimientos a mis amigos, breve inspección general y al aire nuevamente. Eran las 13:50 y me preparé para un vuelo no superior a dos horas. Despegué y empecé a derivar hacia la costa, buscando pasadas bajas hacia Tal-Tal. Caldera fue quedando atrás y me preparé para chequear Chañaral que me indicaría que estaba a medio camino del último tramo del día. Pronto me di cuenta que un fuerte viento Norte me estaba afectando llegando a una muy baja velocidad. Me tranquilizaba el hecho de contar con mi estanque de reserva lleno y había comprobado que la bomba manual funcionaba a la perfección.

Por fin Chañaral quedó atrás, luego vino la Quebrada de Pan de Azúcar y al pasar Cifuncho, empecé a bombear combustible pues había completado dos horas de vuelo. De nuevo el avión parecía haberse detenido en el aire pues en un tramo de 10 millas se demoró 20 minutos. Por fin apareció el aeródromo de “Las Breas” el cual me pareció de terciopelo cuando las ruedas tocaron la pista pavimentada y lisa como mesa de billar. Eran las 16:15. Me había demorado dos horas y veinticinco minutos habiendo calculado una hora y cincuenta y cinco.

Siguiendo las señales que desde la plataforma me hacía un viejito bien viejito, me estacioné junto al terminal LAN, cuyos aviones aterrizaban periódicamente en Tal Tal. Antes de pensar en comida o alojamiento quise atender a mi Aeronquita, procediendo a la faena de carguío de combustible. Para ello recurrí al chuiquito, que hasta ese momento solo había disfrutado del vuelo, procediendo a sacarlo del asiento trasero. Verme en ello el viejito y correr a ayudarme fue una sola cosa. Más hubiese valido que no me ayudara. Agarró el chuico por una oreja y encaramándose en una escala   toda tembleque trató de vaciarlo en el estanque.

Al hacerlo perdió el equilibrio y para salvar el combustible yo me vi en la necesidad de agarrar el chuico con una mano, al viejo con la otra, mientras con una pierna trataba de enderezar la escalera. Me hubiese gustado que alguien hubiera filmado la escena para después reírme a gritos de lo acontecido.

Esa tarde bajé a Tal Tal donde luego de cenar me acosté y me dormí como un “tronquito” pues el cansancio me estaba pasando la factura.

Así llegué al día 12 de Septiembre. Por su cercanía al mar, Tal Tal amaneció con los habituales estratos costeros los que no me permitieron despegar hasta el mediodía.

Con la “tremenda” potencia del motor de mi avión ni siquiera pensé en sobrevolar la Sierra Vicuña Mackenna de modo que tan pronto dejé contacto con la pista empecé a descender por el valle hacia Tal Tal hasta quedar entre cielo y mar, volando rumbo Norte.

Contemplaba el acantilado que se elevaba a mi derecha en forma vertical hasta los 8.500′; hacia la izquierda agua y más agua hasta Australia; hacia abajo roqueríos y rompientes de espumosas olas. Gran cantidad de guanayes, miles de ellos, también se desplazaban hacia el Norte en perfecta formación siguiendo a su líder.  Me daban deseos de incorporarme a sus bandadas como un número más.

De pronto me dije: “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué me obliga a permanecer horas y horas encerrada en este bicho por puro amor al arte? Y la respuesta vino en seguida: ¡¡Qué rico es estar volando!! ¡¡Qué rico es estar haciendo lo que a mí más me gusta, lo que me ha fascinado desde siempre, lo que ha llegado a formar parte indispensable de mi vida y ello es….volar…., sentirme integrada a una máquina que se llama avión, sentir que soy capaz de conducirlo, comprender los principios del vuelo y cumplirlos, sentir la libertad de desplazarme por el aire ajena a las ataduras de la tierra, aunque sea por minutos o por horas, sin importar la velocidad ni la altura que pueda alcanzar…simplemente…..volar.

Ya estaba por cumplir una hora con cincuenta minutos de vuelo y me preparaba a bombear bencina desde mi estanque auxiliar, cuando apareció el Cerro Coloso y al otro lado de la bahía se insinuaba “La Portada” y Cerro Moreno.

Un suspiro de alivio ensanchó mis pulmones y me preparé para iniciar mi aproximación. Había decidido dar por terminada la jornada de ese día pues quería permanecer en Antofagasta hasta la mañana siguiente.

Justo a las 14:00 y luego de dos horas en el aire, aterrizaba en Cerro Moreno donde procedí a cancelar mi Plan de Vuelo. Pero algo me faltaba. No me quedaría tranquila hasta que a las 14:30 despegase en vuelo local rumbo a La Chimba, donde tenía su base el Club Aéreo de Antofagasta.

Era el mismo en el cual había hecho mi Curso de Piloto y que tantos recuerdos me traía a la mente: mi “Primer Vuelo Sola” cuando recién me empinaba por los 18 años, mi aceitoso bautizo, cuando ni siquiera me dejaron sacarme la tenida de vuelo, la alegría de mi Instructor Hugo Braithwaite y de mis compañeros de Curso y en fin todas esas vivencias que solo los pilotos saben aquilatar. Recuerdo con especial cariño al entonces Capitán de Bandada Rogelio “Bambumba” González quien se desempeñaba como Jefe de Instrucción en el Club Aéreo de Antofagasta.

Luego de reabastecerme de combustible en La Chimba, regresé a Cerro Moreno y luego a la ciudad para tomar mi merecido descanso. Desde allí me contacté con el Club Aéreo de Iquique, comunicándoles que al día siguiente esperaba cumplir la última etapa del vuelo.

Me contaron que me había convertido en personaje muy importante pues en “La Estrella de Iquique” se había publicado un párrafo en el cual se hacía una reseña de mi vuelo y se comunicaba de mi próxima llegada para el día siguiente. También conservo como reliquia el trocito de diario en que salió la noticia.

Pero no me envanecía pues consideraba que mi premio había sido volar tanto como lo había hecho hasta ese momento.

13 de Septiembre de 1956. Se aproximaba la última etapa. Esa mañana le hice un prolijo pre-vuelo al Aeronquita. Algo nos decía que al terminar el día tendríamos que separarnos; yo para seguir con mis actividades habituales y él para asumir la misión de continuar con la instrucción de los alumnos que impacientemente lo esperaban en Iquique.

Como la meteo amaneció simpática pude despegar a las 10:00 de la mañana. En esta oportunidad no cargué el chuiquito pues sabía que había combustible en Tocopilla y como tendría que ascender hasta los 4.000′ para aterrizar en “Barriles”, no resultaba conveniente cargarlo más de lo necesario.

Al aproximarme a Mejillones, la turbulencia omnipresente en esa zona, nos hizo bailar rock and roll junto con mi pequeño avión, pero como todo iba bien amarrado, nada salió volando por su cuenta. Pasamos vertical Hornitos en un ascenso continuo contemplando mar y playas hasta que a la cuadra de Punta Tames ya había alcanzado la altura necesaria para entrar a “Barriles” desde Tocopilla.

Justo a las 11:20 estaba sobre el puerto y a las 11:30 ingresaba a final corto, aterrizando en esa pista que tiene pendiente cuesta abajo y que da la impresión que se va arrancando a medida que uno va sentando el avión.

Menos mal que allí no había viejito como el de Tal Tal sino que todo un servicio de la Esso que en forma rápida y eficiente atendió mi avión como si se hubiese tratado de un cuadrimotor internacional.

Apurando el tranco pues ya me faltaba solo un suspiro para llegar a mi destino final, puse en marcha y a las 12:35 le metía las espuelas de plata a todos los caballitos del motor, despegando rumbo al mar, descendiendo por la quebrada que lleva a la ciudad. Tuve oportunidad de ver el tren minero que se deslizaba por la línea férrea, igual que una cuncuna, en busca del puerto. Es curiosa la situación de este trencito pues desde que aparece en la parte alta de la pampa, tiene siempre a la vista Tocopilla pero entre vueltas y revueltas siguiendo el trazado de la línea, demora como dos horas en llegar hasta el plan.

A medida que avanzaba hacia el Norte me fijé que en algunas playas iban apareciendo ciertas áreas marcadas con conchuela, con ángulos, círculo central y T, meras planicies donde, en caso de apuro, se podía aterrizar sin problemas. 

Recordé lo que me habían contado mis amigos de Los Cóndores, el “Conejo” Avendaño entre ellos, que esas eran las pistas donde aterrizaban en los T6 cuando tenían faenas de playa.

Lentamente me fui aproximando a la desembocadura del río Loa, el más largo de Chile que, cual un gigantesco cuchillo, ha cortado la pampa de alto abajo, ciñéndole una grieta profunda que termina ensanchándose al morir en la playa.

Desde allí se fueron sucediendo puntos de chequeo que ya me resultaban más familiares: Caleta Chipana, Pabellón de Pica, Punta Patache, Patillos, Chucumata.

¿Quién hubiese podido imaginar que justamente allí, en Chucumata, 40 años más tarde construirían su nido “Los Cóndores” para dar alero al legendario Grupo de Aviación Nº 1?

Desde Chucumata ya empecé a vislumbrar Punta Gruesa lo cual me indicaba que en unos veinte minutos más aproximaría al Aeropuerto de Cavancha, Iquique. Mientras cruzaba la bahía me amononé un poquito. No quería que mis “muchachuelos” aviáticos viesen huellas de cansancio en mi rostro. Estaba por cumplir dieciséis horas y media a bordo de mi “Kontiki” volador, desde el día 6 de Septiembre, cuando lo fui a buscar a Linares. Habíamos permanecido juntos una semana completa volando, inquietos a veces, felices la mayor parte del tiempo pues ambos habíamos compartido nuestro común elemento, el aire.

Una pasada sobre la pista pidiendo Luz Verde luego de la cual procedí a aterrizar por la 18. La satisfacción que sentí al ver mi misión cumplida todavía me acelera el corazón.  En la losa de Cavancha estaba toda la Plana Mayor del Club y mis inolvidables amigos de la Fuerza Aérea. Poco menos que en andas me sacaron del avión para estrujarme en apretados e innumerables abrazos, besos, palabras de cariño y bienvenida. Había vuelto a “mi” casa y una vez más estaba entre los míos.

Para terminar mi tarea como corresponde salimos a hacer el Vuelo de Entrega del avión con el Mayor Juan Maluenda, Jefe de Instrucción del Club Aéreo, en un circuito en el que sobrevolamos Iquique y que nos tomó exactamente quince minutos. Completaba así Dieciséis horas y cuarenta y cinco minutos a bordo de mi “Kontiki” querido.

Aquella noche en la Quinta Casablanca, en el corazón de Cavancha y en medio de una fastuosa comida de camaradería, lolos y lolas dimos rienda suelta a todas las emociones y alegrías de la jornada.

Familiar se hizo el grito de: ¿LUZ VERDE?  formulado por el “Conejito” (Oscar Avendaño) y la respuesta: ¡¡¡ MEZCLA RICA!!! coreada por todos los presentes, instaurando así un brindis que se repitió una y mil veces, hasta el amanecer y que todavía resuena en mis oídos.

En esa misma oportunidad el Presidente, en emotiva ceremonia, en nombre del Directorio y de todos los integrantes del Club, procedió a nombrarme “Socia Honoraria” del Club Aéreo de Iquique, distinción que conservo y conservaré como uno de los más preciados recuerdos de mi vida de Piloto”.

 

*

 

Finaliza Oscar su entrevista en 2002:

“Lucía permanece (a sus 75 años) semi recostada en su sofá como sumergida en sus recuerdos; la Bitácora que registra su vida de Piloto reposando sobre el regazo, sus dedos aun entre las páginas que hojeaba durante su relato, los ojos semi cerrados mirando tal vez el pasado….

Casi como en un susurro le pregunto si hay algo más que desee comentar y al no recibir respuesta, me levanto lentamente del sillón donde permanecí escuchando su historia en jornadas que se extendieron por cuatro meses y la dejo, disfrutando aun de ese vuelo inolvidable.”

Categories: Obituario

1 Comment

Flavio · Diciembre 29, 2018 at 7:57 pm

Bella historia de una valiente y aventurera. Un saludo donde estés Lucia

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