LOS ANDES (CHILE), 1929

 

(Extracto de la historia novelada “A cielo abierto” del escritor español Antonio Iturbe)

 

Vivir es nacer poco a poco

Antoine de Saint-Exupery

Piloto de guerra

 

      “Mermoz se dispone a buscar un camino entre moles de piedra de siete kilómetros de altura. Partiendo desde Copiapó al norte de Santiago de Chile, va en busca de un pasillo entre los picos de los Andes a bordo de un Laté 25. Desafiar todas las leyes de la física y de la prudencia.

      El jefe de aeródromo tiene canas en las cejas y los ojos entornados por haber visto ya demasiadas cosas con el paso de los años. Observa cómo mira Mermoz por la ventana hacia la cordillera con calma, pero también con avidez, como podría mirar a una mujer muy alta que alimentase su deseo de manera secreta. Lleva un rato callado dando vueltas a su taza de café frio. No le gusta la misión del jefe de pilotos, pero sabe que nada puede hacer para que desista.

– Busca usted lo imposible.

– ¿Y qué otra cosa vale la pena buscar?

       Mermoz lo mira y hay en sus pupilas un metal indestructible. El jefe de aeródromo asiente. Sigue dando vueltas al café. Ve alejarse al piloto hacia el avión seguido del silencioso Callenot (mecánico Alexandre Collenot) abrazado a su macuto de herramientas. No sabe si ese hombre es un héroe o un loco. Difícil precisar la frontera. Sorbe de la taza, pero la aparta con un gesto de desagrado. Por un momento envidia a Mermoz, él nunca toma el café frio.

No vuelan sobre los Andes, sino contra los Andes.

     Después de una planicie amable, les cierra el paso un ejército de montañas. Vuelan en paralelo a las rocas. Caracolean.  Zumban como moscas ante una ventana cerrada. Hay pequeñas aberturas tramposas, como calles cortadas de las que solo se puede salir con maniobras de retroceso acrobáticas. Los picachos están blancos de una nieve virginal y el sol los hace destellar como si fueran de mármol. Pero su blancura y su paz inmaculada son la paz y el silencio de la muerte.

       Detecta un paso prometedor, pero está por encima de su umbral de altitud. El Laté solo puede subir hasta los cuatro mil doscientos metros y la hendidura se abre por lo menos cuatro mil quinientos. No se puede.

¿No se puede?

        El cerebro le dice que no, pero el corazón le dice que sí. Hará que se pueda. Algo que ha descubierto en sus horas de vuelo y de observación es que el cielo es un mar de aire. Hay olas de viento, hay remolinos … y también hay corrientes. Lee en las vibraciones de las alas igual que un marino leería en la estela de espuma del barco. Sopla un ventarrón del noroeste No es constante. Ningún viento lo es del todo. Se trata de hacer como los surfistas hawaianos que describía Jack London en una novela de aventuras que leyó en la adolescencia, cuando prefería leer la vida que vivirla. Esperaban sobre sus tablas a que llegase la ola. Él espera la suya a cuatro mil metros de altura. Igual que un surfista, debes empezar a bracear antes de que la ola llegue si quieres subirte a ella. Maniobra, cae unos metros para ser empujado mejor y al poner el morro hacia el cielo nota el empujón. Se sube a caballo de una ráfaga fortísima y la corriente ascendente lo eleva en medio de una violenta agitación.

        Se elevan … cuatro mil trescientos, cuatro mil cuatrocientos …, el altímetro ya no tiene más números. El motor ronronea un poco atragantado. Mermoz agarra el comando con los nudillos blancos y trata de conducir el aparato hacia donde quiere. A uno y otro lado tienen los farallones escarpados. No se pueden desviar. Un roce en un ala seria el final. Las nieves eternas y la vida eterna.

Se van manteniendo en el centro del pasillo de aire.

– Sí, sí, sí….

Mermoz aguanta los bandazos de las turbulencias. Lo están consiguiendo.

– Un poco más …

Ya no queda mucho para atravesar las crestas más altas, ya ven la salida del túnel.

       Pero lo que te salva siempre es lo que te condena. La dirección del viento cambia caprichosamente. El que antes los sabía ahora los baja. Unas violentas corrientes descendentes los empujan hacia el fondo igual que si un gólem hubiera posado una manaza de piedra sobre ellos. El Laté cae de manera imparable en dirección a unos picos escarpados unos cientos de metros más abajo. Apenas puede controlarlo.

– Imposible remontar el vuelo!

       Los pilotos veteranos lo saben: si no puedes con el viento, únete a él. Se deja empujar tratando de reconducir en el descenso el Laté, pero está rodeado de montañas como serruchos descomunales. En diez segundos ha de tomar una decisión. La toma en dos. Fuerza en pleno descenso vertiginoso una virada hacia una meseta en medio de las puntas de piedra. Ha de ser ahí. Ahí o en ninguna parte.

– ¡Collenot, agárrate!

        Más que aterrizar, caen a peso sobre una pendiente no muy lisa. El impacto es duro y el avión da un par de saltos nerviosos antes de posarse definitivamente con un ruido de hojalata quebrada. Un eje del tren de las ruedas cede y el aparato acaba de frenar con el costado, echando chispas contra el suelo.

       Cuando se hace el silencio, se miran. Ellos han salido ilesos, pero saben que el avión no. Al bajar observan el desastre: el tren de aterrizaje hundido, los herrajes de cola doblados, el motor con varias piezas rotas. Es un milagro que hayan podido posarse en esa plataforma, rodeados de paredes inmensas, pero de poco les va a servir si no pueden salir de ahí. Al ir a hablar, a Mermoz le tiembla la voz. No por la situación desesperada, sino por el frio: están a quince grados bajo cero.

– Collenot, hay que reparar el avión.

– No es posible, señor Mermoz.

– Pues entonces habrá que hacer lo imposible. Aquí no nos podemos quedar a vivir. ¡No hay chicas!

        Collenot no se ríe. Tampoco replica. Se va en busca de su cofre de herramientas. Mermoz lo mira no solo con afecto sino con devoción. Sus vidas están en las manos laboriosas del mecánico.

       Collenot es un lutier. Sus violines son de madera y metal pesan dos toneladas. Sin apenas piezas de recambio, la reparación solo es posible para alguien coma él, capaz de construir él solo un avión entero con sus propias manos. Desmonta piezas secundarias para obtener chapas y tornillos. Fabrica pasta para taponar conductos rotos con cola, astillas de madera y trapos viejos. Se inventa un almacén de recambios en medio de la nada.

        Dos días de trabajo incansable y dos noches gélidas tumbados en la bodega del avión durmiendo lo más juntas posible. Han compartido todas las provisiones que llevaban a bordo: una naranja y un paquete de caramelos de menta. Agua no les falta, en forma de nieve. Son testigos de todo, unos cóndores que anidan en los riscos de enfrente y que los observan con una fijeza inquietante. Parecería que en cualquier momento van a lanzarse sobre ellos.

       Siguiendo las indicaciones de Collenot, Mermoz hace de herrero usando una llave inglesa y las manos coma tenazas para enderezar los hierros del tren de aterrizaje. A la mañana del tercer día, el mecánico levanta la cabeza del motor. Su expresión es tan neutra coma la de cualquier día de trabajo en el aeródromo.

– Señor Mermoz. Es todo lo que puedo hacer.

– Pero ¿funcionará?

– Es posible. No lo sabremos hasta probarlo. Y si funcionase, seguro que no mucho rato.

      Ha utilizado trozos de cuerda para sujetar herrajes, ha substituido bielas por alambres, ha rectificado piezas a golpe de martillo usando una piedra como yunque.

-Solo necesito que aguante diez minutos para salir de aquí. En el valle puedo aterrizar durmiendo.

        Los dos elevan la vista y ven las paredes altísimas que tienen enfrente. La visión es sobrecogedora. Salir de ahí es como salir de una tumba. No deja que Collenot sepa lo lúgubres que son sus pensamientos.

– ¡Muévete, Collenot! ¡Nos largamos!

       Se acomodan en el avión. Mermoz se frota las manos para desentumecer los dedos, abre el paso del combustible, acciona la ignición y … ¡arranca!

– ¡Funciona!

       El rugido de león viejo del Laté desafía un vastísimo silencio. Hasta Collenot sonríe. Pero una explosión agua la fiesta.

¿Qué ha pasado?

– El radiador ha estallado.

– Pues habrá que arreglarlo.

El mecánico asiente.

       Recurre a cola, barniz, pedazos de cuero y trapos viejos. Pasa horas para tapar las brechas. Si los maestros mecánicos vieran lo que está haciendo se echarían las manos a la cabeza. Collenot nunca ha hecho una chapuza semejante. Pero es la chapuza de un perfeccionista. Coloca los trozos de cuero encolado con una precisión de cirujano. El señor Mermoz le ha pedido diez minutos. Él va a dárselos.

       Se va el día y la temperatura cae aún más. Tienen las manos rígidas, el hambre raspa dentro de las tripas, los labios se agrietan por el frio. Están rodeados de un paisaje extraordinario, pero la belleza no puede nada contra la angustia.

        Collenot y el no han hablado esos días más de lo que solían hacer habitualmente cuando volaban. Frases cortas. Largos silencios. No hay nada importante que decir.

– Por la mañana nos iremos.

– Sí, señor Mermoz.

– A casa o al infierno …

       Antes de subir al avión, Mermoz ve alumbrarse las primeras estrellas. En esas  soledades brillan con una intensidad de antorchas. No sabe por qué, pero lo calma que las estrellas estén ahí, inmutables, donde siempre han estado. No puede saber que a diez mil kilómetros, con la madrugada muy avanzada, alguien piensa en él y vence la inquietud observando el cielo estrellado.

        La noticia de su desaparición ha corrido por toda la línea como un fúnebre tam-tam. Sobre el desierto, la noche es negra, mas diáfana. Tonio (Antoine de Sant Exupery) se pregunta si su amigo seguirá con vida en alguna parte de los Andes. Le consuela pensar que si no regresa habrá sido derrotado por un gigante, que habrá sido un duelo a su altura. Lamenta no haber pasado más tiempo con él, no haber abierto la armadura del gran Mermoz y haberse asomado dentro y haberle preguntado de qué sentía miedo. Porque todos sentimos miedo.

– ¡Sin novedad!

La voz del centinela en el cuartel español puntea una noche muy larga en Cabo Juby.

       En la cordillera amanece sobre un avión minúsculo que es una mota insignificante en medio de laberintos minerales. Por suerte, no ha nevado. El aparato se encuentra en una estrecha franja de terreno algo pendiente, a pocos metros: precipicio, sin espacio para tomar el impulso necesario para el despegue. La única posibilidad es llevar el avión más a arriba y dejarlo resbalar por la pendiente para que tome la velocidad suficiente, aunque la superficie no llegue ni a la mitad del tamaño de una pista convencional.

      Han de despejar piedra a piedra el recorrido. Luego. Tras tres días sin comer, soportando el mal de altura y el frio, de empujar un avión cuesta arriba. Vician el combustible sobrante del depósito, desmotan los asientos traseros, dejan un bidón con cuatrocientos litros de gasolina y todas las piezas no imprescindibles. Despojan a su globo de todo el lastre posible.

– ¿Y las sacas del correo, señor Mermoz?

Se acerca a la bodega y acaricia la tela áspera de los sacos.

– El correo va con nosotros. Somos carteros, Collenot. Hasta el final.

      Han de mover dos mil kilos. Empujan el avión como animales de cara. Collenot tiene llagas en las manos al minuto de empezar a estirar de la soga; Mermoz lo hace por los dos, o por cinco. No siente el frio. Convierte el cansancio en energía y la resistencia en un juego. Cada paso es una victoria. A Collenot le sangra la nariz. Esta mareado por el mal de altura, tan extenuado que le saltan las lágrimas. Mermoz hace como que no se da cuenta. Toma aire para que su voz suene más firme de lo que es.

       – ¡Collenot, necesito que hagas algo más importante que empujar! Necesito que a cada tirón que dé, tú calces con una piedra el avión para que yo pueda descansar.

         En recorrer medio kilómetro tardan ocho horas, las ocho horas más largas de sus vidas. Los cóndores, impasibles sobre el abismo, observan todo como notarios. Atardece cuando logran colocar el avión en el punto más elevado y le dan la vuelta para encararlo a la otra pared de piedra, algo más alejada. La mala noticia es que la bajada en esa dirección muestra dos escalones en el terreno. Uno de ellos de seis metros y el otro incluso algo mayor. Se miran.

– Señor Mermoz, será un milagro que el tren de aterrizaje aguante esos saltos.

-Nos hemos hecho expertos en milagros.

Mermoz se va para la carlinga. No pueden pensárselo. Pensar es un lujo.

– ¡Arriba!

    Collenot tiembla. Tiene un aspecto desolador: la cara quemada por el frio, la sangre  de la hemorragia nasal atrapada en la barba crecida, la ropa hecha añicos.

      No saben si el motor se encenderá tras esas horas de traqueteo empujando el Laté hacia arriba. Mermoz gira la llave de ignición. No le tiembla la mano. Un rugido sobresalta los acantilados y los cóndores se lanzan al aire despavoridos.

– ¡Funciona!

       Collenot y él se miran. Mermoz siente en ese momento por él un afecto infinito, pero no se dicen nada. Está todo dicho. Todo sabido. Todo en paz.

– Collenot, nos vamos a casa.

– Que Dios nos bendiga.

 

          Cuando da avante y empiezan a avanzar, Collenot se tapa los ojos con lo poco que queda de su cazadora de cuero. Mermoz lanza el avión por la pendiente. Llegan a la primera grieta. Ha de ser muy preciso en hacerlo caer en el lugar más liso de la roca. El Laté toca el suelo y ellos dan un salto brusco en sus asientos, pero el tren de aterrizaje no se parte, continúa rodando. Otro desnivel más de seis metros, quizá ocho. Mermoz suspira. Pero no piensa, solo salta y se concentra en caer lo más estabilizado posible. Topan las ruedas contra el suelo, pero la inercia del avance horizontal hace que el impacto menos duro, que rebote y siga directamente hacia el final de esa pista imposible: el gran precipicio. Y al llegar al vacío, tira de la palanca hacia él con todas sus fuerzas. En lugar de caer, se elevan.

Volamos …

    A Mermoz siempre le pareció maravilloso volar. Pero ese instante le parece sublime. No existe el frio, no existe el dolor. El aparato toma altura, Mermoz aprieta contra su entrepierna la palanca para que el morro se aúpe en el aire porque enfrente hay una pared inmensa. Pero eso le parece ya una maniobra menor, casi deportiva. Pone el avión casi de pie y trepa por el aire. La luz cambia, traspasan la cima del pico, recuperan la horizontalidad.

       Vuelven a estar donde estaban tres días antes. Ahí está el pasillo entre montañas unos cientos de metros por encima de ellos. Esta vez el viento no es tan fuerte. Espera la ráfaga, que no es tan violenta como la primera vez, pero suficiente para darles el empujón para meterse. Manotean en el aire. Se meten en el túnel de piedra. Salen al otro lado y un sol radiante borra todas las sombras.

       Un par de minutos después, como había vaticinado Collenot, los tubos estallan y el agua se escapa por todas partes. Pero desde tres mil metros, Mermoz puede descender planeando. Eso para él es un problema menor, casi un juego.

        Apaga el paso del combustible y enfila hacia el aeródromo de Copiapó, que ya se divisa al fondo del valle. Se abre con una virada elegante y encara el aterrizaje de manera tan precisa que los operarios del aeródromo ni siquiera se percatan de que lo hace a motor parado.

     Los empleados salen en estampida de las oficinas. Se corre la voz y el radiotelégrafo echa humo. Están perplejos de ver que hayan regresado de la nada Mermoz y Collenot tras darlos ya por perdidos, con el avión e incluso las treinta y nueve sacas de correo. En Cabo Juby la noticia llega entrecortada y cada palabra es una angustia en cuanto Tonio logra entender que el mensaje se encabeza con Mermoz y Collenot hasta que estalla la alegría y descorcha un vino tibio como si fuera sopa para celebrarlo.

        Al apagar la ignición del motor, Mermoz observa a su mecánico. Se le ve aún más escuálido que de costumbre y está palido como la nieve. No ha abierto la boca en todo el trayecto.

– ¡Collenot! ¡Alegra esa cara!  jLo hemos conseguido!

El otro asiente.

Mermoz alarga el brazo y le pone una mano en el hombro.

– Collenot… -le dice con gravedad-, me iría contigo al fin del mundo.

-Señor Mermoz, lo hacemos cada semana.

      Los empleados del aeródromo no dan crédito al relato de lo acontecido en las cumbres. Mueven sus cabezas chilenas con incredulidad. La cordillera no devuelve a los hombres. Los aviones no se reparan con alambres y bolas de trapo. Los trenes de aterrizaje atornillados no resisten caídas de varios metros. El director de aeródromo sabe del gusto de los pilotos por adornar sus historias y observa todo con una cierta distancia. Una expedición con mulos puesta en marcha al día siguiente llega hasta el lugar descrito por Mermoz. Ante la estupefacción del jefe de aeródromo, la caravana regresa desde cuatro mil metros con los asientos, el bidón de gasolina, el depósito de aceite y la manga de la cazadora de Mermoz.

       La historia corre como la pólvora. Jean Mermoz, el piloto de los cabellos rubios, está tocado por la providencia. Lo llaman el Arcángel. La gente modesta se santigua al escucha su nombre. Cuando llega a Buenos Aires tras haberse repuesto espera un recibimiento apoteósico: está invitado a todas cenas importantes, hay bailes en su honor, se pone su nombre a perfumes, chocolates y hasta una marca de cigarrillos.

      Él sobrelleva con educada irritación toda esa atención. Una llamada transoceánica le pone al habla con Daurat (Didier Daurat, Jefe de Explotación de la empresa en el aeródromo de Montaudran – Toulouse).

-Llega usted con retraso, Mermoz. Pero me alegro tenerlo de vuelta.

– Gracias, señor Daurat.

      – Tenemos que inaugurar esa línea a Santiago antes del verano. Rechace todas las invitaciones y celebraciones. Ya lo propondremos para una medalla del Aeroclub de Francia.

-¡No quiero medallas, señor Daurat! ¡Quiero un avión para cruzar el Atlántico!”

 

***

El Latécoère 25 fue un avión de transporte postal y de pasajeros construido en 1925 para uso de la línea aérea propia de Latécoère y sus subsidiarias.
 
Un motor Renault de 482 HP
Capacidad: 1 Piloto, 4 pasajeros
Velocidad máxima: 190 km/h
Alcance: 850 Km- Techo: 4.200 mt
Longitud: 9,44 m – Envergadura: 17 m
Peso vacío: 1 700 kg – cargado: 3 280 kg
Fabricante: Groupe Latécoère
 
Primer vuelo: febrero de 1926
Latécoère 25, preservado en el Museo Nacional de Aeronáutica de Argentina.

 

Pierre Georges Latécoère fue fundador de “Lignes Aériennes Latécoère” que opera un servicio de correo regular entre Toulouse y Marruecos en 1919. Luego crea la “Compagnie Générale d’Entreprise Aéronautique” y en mayo de 1922, la “Société Industrielle des Avions Latécoère”, encargada de construir y suministrar el material aéreo. El servicio se extendería más tarde (1926) hasta Dakar.

 

Antoine de Saint Exupery es a la fecha piloto y Jefe de Posta en la posesión española Cabo Juby. Más tarde pasaría a ser piloto Jefe de la línea Buenos Aires – Rio Gallegos de la Aeropostal.

 

En 1927 el 93% de la compañía es comprado por el empresario francés radicado en Brasil, Marcel Bouilloux-Lafont dando origen a la “Compagnie Generale Aeropostale” que a su vez daría vida a

Aeroposta Argentina S. A. El servicio de correo se extendería hacia el sur de la Patagonia argentina y Santiago de Chile y se conocería como el servicio de la Aeropostal.

 

El Jefe de Pilotos es Jean Mermoz. Tras hacer los primeros vuelos a Chile, instala en la ruta a Henri Guillaumet.

 

El libro “A cielo abierto” se concentra en la participación de tres pilotos de la compañía: Jean Mermoz, Henry Guillaumet y Antoine de Saint Exupery.

 

Mientras Jean Mermoz es protagonista en la estructuración del servicio de correo entre Santiago (Chile) y Toulouse (Francia), e intermedios, el Comodoro Arturo Merino aguijoneado, en parte, por su ejemplo, empujaba el primer servicio aeropostal regular chileno entre Santiago y Arica (Ver en Nuestra Historia – Ago 14, 2016 EL COMANDANTE ARTURO MERINO BENITEZ Y SUS MUCHACHOS).