(Según testimonio de los Comandantes Ezequiel Sanhueza y Max Astorga)

 

El Santo Padre Juan Pablo II llega a Chile el día 01 de Abril de 1987. Es recibido en Pudahuel por el Presidente de la República Augusto Pinochet Ugarte. Posteriormente inicia su viaje al sur del país con un vuelo el día 4 de Abril a Punta Arenas. La tripulación del vuelo estaría compuesta por los Pilotos: Exzequiel Sanhueza, Julio Reti y Fernado Rueda; la tripulación de cabina, por Francisco Cortés, Vanina Anabalón, Rafael Gárate, Maria Violeta Rentería, María Soledad Buseta y como Mecánico a Bordo, Edgardo Acevedo

 

Del relato del Cdte. Exzequiel Sanhueza, responsable entonces de las operaciones de LAN Chile, condensamos lo siguiente:

 

– “Por instrucciones superiores debes asumir la función de Comandante del vuelo Papal” – fueron las escuetas palabras por teléfono de Eduardo del Campo (Vice Presidente Técnico de Lan Chile). Con anterioridad se habían escogido los Comandantes que harían los distintos vuelos requeridos durante la visita papal: En el B-737, los pilotos Jorge Alcérreca, Fernando Rueda y Julio Reti; en el B-767, Max Astorga.

La aeronave elegida fue sometida primero a un check C, su cabina rediseñada y el salón privado del Santo Padre a la altura de su alta investidura. El escudo del Estado Vaticano no sólo estaba pintado en el fuselaje de la aeronave, también adornaban la vajilla, los apoya cabezas, la cristalería y el respaldo de los asientos.

En el primer tramo del viaje, Santiago – Punta Arenas (Exequiel Sanhueza y Fernando Rueda), el LAN 01 sobrevolando Coyhaique recibe el siguiente mensaje por radio del Obispo de Aysén:

– “Su Santidad Juan Pablo II, todos los fieles de Coyhaique, Puerto Aysén y sus alrededores nos encontramos congregados en la catedral y Plaza de Armas de esta ciudad, para rendir desde los confines de esta noble tierra, un mensaje de cálida bienvenida, de amor…” –

Terminada esta transmisión, el Santo Padre, tomó uno de los micrófonos que para tales efectos habíamos preparado y respondió el mensaje en español a aquellos compatriotas que desde muy temprano y con bajas temperaturas esperaban el paso de la aeronave, mientras dos blancas estelas se dibujaban en el cielo azulado a 35.000 pies, simbolizando tal vez los dos milenios de la civilización cristiana.”

 

El 6 de Abril el Santo Padre aborda un B-767 de Lan en Antofagasta para abandonar Chile rumbo a Buenos Aires. La tripulación está compuesta por los Pilotos Max Astorga, Ricardo Pizarro y Cristián Prado; la tripulación de cabina, Francisco Cortés, Vanina Anabalón, Asunción Henríquez, Maria Soledad Buseta, María Violeta Rentería, Cristina Irarrázabal, Rafael Gárate, Paulina Areco, Dolores Beperet, Yanina Sepúlveda y Luz María Acuña. Este vuelo inspiró al Comandante Max Astorga para el siguiente relato:

 

MI VUELO PAPAL
(Por el Cdte. Sr. Max Astorga)

 

Junto con Cristián Prado y Ricardo Pizarro fuimos seleccionados para efectuar el vuelo final de la visita del Papa Juan Pablo Segundo, el 6 de Abril de 1987 desde Antofagasta a Buenos Aires. Este vuelo se efectuó en el Boeing 767 “Nº 761” y lo recuerdo como el vuelo más importante de mis cuarenta y un años en que tuve el honor y la dicha de ser piloto de LAN CHILE, mi gran amor y a la que fui fiel desde 1959 hasta el 2001, año en que me retiré de vuelo al cumplir los 65 años, dedicándome posteriormente a la Instrucción y Calificación de los pilotos del Boeing 767.

 

El vuelo Papal había sido preparado con bastante anticipación, en que los detalles técnicos y de protocolo se analizaron y se cumplieron rigurosamente de acuerdo a las exigencias del Vaticano, del Gobierno y de LAN CHILE. El Santo Padre había llegado en ALITALIA desde Roma a Santiago, recorriendo durante una semana Chile entero, volando en nuestros Boeing 737 y finalizando su visita en Antofagasta. Allí comenzaba nuestra misión.

 

Pero la verdad, es que esta comenzaba en Santiago, ya que esa mañana temprano deberíamos transportar en condición” Ferry” (vacío) el “Nº 761” para posicionarlo en Cerro Moreno; pero esto no ocurrió, ya que, en la víspera, me avisaron como Comandante del vuelo, que el Presidente de la República, el General don Augusto Pinochet Ugarte había decidido viajar al norte para despedirse personalmente de Su Santidad. Esto inmediatamente cambió el protocolo debido a que viajaría con su esposa y el séquito correspondiente de VIPs, lo que convirtió el vuelo Ferry en un vuelo Presidencial, el que posteriormente se transformaría en un vuelo Papal, con toda la parafernalia que esto significa de cambio de banderas protocolares, vajilla, decoración interior del avión, etc.

 

Esa mañana de a principio de Abril, el día amaneció hermoso y los preparativos ya estaban listos cuando llegó la Comitiva Presidencial. Después de los honores militares correspondientes acompañados marcialmente por la banda de guerra, los ilustres pasajeros subieron a bordo; se cerró la puerta y allí comenzaron los problemas.

 


Después de hacer partir los motores, se encendió una luz de advertencia indicando que uno de los generadores estaba desconectado. Como el avión tiene tres generadores, después de conversar el tema con el Presidente de la Empresa, Don Patricio Sepúlveda Cerón, quién estaba a bordo y de acuerdo a la reglamentación técnica, decidimos con Cristián Prado hacer el vuelo en esa condición, debido a que era engorroso tener que detener el motor, con la banda aún tocando marchas para abrir las capotas del motor y tener que reconectar el agraviado generador a la vista y asombro de quien estuviera mirando.

 

La maquinaria comunicacional se puso en marcha inmediatamente y ya antes del despegue se había coordinado con Ingeniería que un Lear Jet FACH llevaría un generador de recambio y los técnicos correspondientes. Ya íbamos volando por Tongoy cuando nos avisaron que el avión con el repuesto venía detrás nuestro, así que todos los que sabíamos del problema respiramos aliviados y alcanzamos a tomar un desayuno apurado antes de aterrizar en el Aeropuerto de Cerro Moreno, llegando a la losa sin mayor incidente con las banderas presidencial y nacional flameando en las ventanas laterales desde sus mástiles metálicos, lo que desde afuera se ve muy bonito, pero que no deja de ser otro problemilla, ya que si una se suelta de su amarra mecánica en el borde inferior de las ventanas laterales del cockpit, es muy probable que la succione el motor de ese lado lo que no es chiste, así que Patricio Sepúlveda y Ricardo Pizarro fueron una gran ayuda, sujetando desde atrás los bellos emblemas y así pudimos llegar a la losa de estacionamiento a itinerario.

 

Todos los viejos pilotos y funcionarios de la empresa sabemos que San LAN existe y en esta oportunidad nuevamente nos tendió la mano, ya que el famoso generador estaba solamente desembriagado y su reconexión se hizo en un minuto, lo que estuvo muy bueno, ya que después de nuestro aterrizaje, el protocolo de seguridad cerró el aeropuerto y el Lear Jet tuvo que irse a Calama a aterrizar.

 

La espera en Antofagasta fue relativamente larga porque habíamos llegado con intencional anticipación y en el ínter tanto, se hicieron los cambios y preparativos correspondientes. El avión estaba dividido entre tres clases. En la Primera de doble corrida de asientos se había habilitado el recinto Papal. En la Ejecutiva viajarían todos los dignatarios eclesiásticos y las personalidades invitadas y en la Turista, los periodistas y funcionarios de apoyo de la travesía.

 

Mi gran responsabilidad como Comandante de este vuelo tan especial, además de su importantísima Carga de Pago, era el riguroso cumplimiento del itinerario, ya que además de salir a la hora, lo que podría tener alguna flexibilidad, era indispensable que aterrizáramos a la hora exacta en Aeroparque en Buenos Aires, porque allí estaría el Presidente Alfonsín y toda la Plana Mayor del país hermano con el cual veníamos saliendo de las conocidas y fraternales disputas fronterizas y cuya compostura había sido el objetivo principal del viaje de Su Santidad y eso me lo habían recalcado moros y cristianos varias veces. La última con amenaza de excomunión, ya que a los presidentes no se les hace esperar.

 

Pero ese detalle solamente le importaba a un pequeño grupo, ya que la comitiva Papal se demoró bastante en llegar de la ciudad a Cerro Moreno y cuando Juan Pablo Segundo apareció en la losa, frente al avión, había una larga hilera de personalidades en forma de “U” frente al avión, y Su Santidad tuvo que despedirse de todos ellos, uno por uno, mientras que el suscrito, en el cockpit se le acalambraba el brazo izquierdo de tanto mirar la hora.

 

Finalmente, el Papa subió la escala y desde arriba se despidió de Chile, mientras nosotros adelante, esperábamos anhelantes que se cerrara la puerta. Cuando ello ocurrió miré por la ventana lateral y me encontré con “otro” problema. La hilera de personalidades se había replegado al frente del avión en una larga fila – con el Presidente de la Republica vestido de gala al medio – y lucían toda clase de sombreros y kepís, más los hombres que las mujeres. La dificultad estaba que debía encender los motores en esa posición y luego, para salir de la losa, debería doblar hacia la derecha, hacia la pista de taxeo en un ángulo de casi noventa grados, dejando a los espectadores a la espalda nuestra y relativamente cerca de los enormes escapes de las turbinas con la posible voladera de gorras y otras prendas, lo que podría ser tremendamente embarazoso, por decir lo menos. Pero San LAN nuevamente me socorrió; la losa de estacionamiento tiene bastante gradiente, así que, al soltar los frenos, el avión cogió velocidad y no tuve que apoyar la vuelta con los aceleradores, como habría ocurrido en otro lugar.

 

Cuando enfrentamos la pista de despegue mirando hacia el mar, ya llevábamos como quince minutos de atraso, pero esto se me olvidó cuando nos autorizaron a despegar y persignándome, le dediqué ese maravilloso despegue a mi Dios que tanto me ha favorecido y la maniobra salió suave y elegante como si los ángeles hubieran cogido las alas de mi Boeing ayudándolo a sumergirse en el Cielo.

 

Dimos una larga vuelta sobre el mar en nuestro ascenso y luego enfilamos rumbo Sur Este y a medida que el avión tomaba altura hubo un “mandan-dirum-dirum-dam” de mensajes protocolares de agradecimiento entre el Presidente y El Santo Padre por la radio y mientras Cristian Prado tomaba el control de la aeronave, tuve que transmitirlos en mi mejor dicción ya que ambas personalidades supuestamente los escuchaban por sus receptores, además de las nubes y a la pampa.

 

El vuelo estaba planificado detalladamente por las aerovías chilenas que empalman con las argentinas, allá en la cordillera en el paso de Monturaqui, detrás de Antofagasta y que siguen sendas espaciales demarcadas por los faros aéreos VOR y no había ninguna que fuera directa a Buenos Aires, pero cuando cruzamos la frontera ya nivelados a diez kilómetros de altura, el Control Aéreo Argentino nos autorizó derechito a nuestro destino y así pudimos recobrar los minutos de atraso, amén de volar a la velocidad máxima permitida, cercana al ochenta cuatro por ciento de la velocidad del sonido… por ahí por los novecientos kilómetros por hora.

 

Al acercarnos a nuestra meta, fuimos interceptados por una escuadrilla de cazas de la Fuerza Aérea Argentina que nos escoltaron hasta nuestro arribo. Dicen que se veían muy bonitos, tres a cada lado de las alas de nuestro avión; pero yo iba tan concentrado en mi vuelo y en la coordinación de velocidad y rumbos que debía mantener con ellos, que la verdad es que no me atreví a levantar la vista de mi panel de instrumentos. Al sobrevolar Aeroparque, hicieron un desprendimiento alar hacia arriba y hacia los lados que cuentan que fue magnífico, pero que tampoco pude apreciar. Solo alcancé a escuchar la despedida del jefe del escuadrón con quién mantuve contacto permanente.

 

¡Y finalmente aterrizamos! Creo que todos los que íbamos en el cockpit nos desinflamos en una enorme exhalación. LAN CHILE había transportado de regreso al Santo Padre sano y salvo.

 

Cuando arribamos a la losa, había una larga alfombra roja frente a la cual estacioné el avión. De reojo pude ver a la comitiva presidencial y a un grupo de Granaderos formados a su alrededor y a los periodistas que corrían por todos lados. Cuando vino el silencio de los motores que dejaban de girar, nos estrechamos las manos mientras desde afuera se escuchaban otras marchas marciales alegrando nuevamente el trascendental momento.

 

Había un compás de espera. El protocolo establece que Su Santidad no apareciera en la puerta del avión hasta que los periodistas y los elementos de seguridad que viajaban en el vuelo pudieran bajar y organizarse allá en la losa. En el ínter tanto, los pilotos fuimos llamados a saludar al Santo Padre. Por alguna razón fui el último en sentarme a su lado. Juan Pablo Segundo vistiendo su tradicional atuendo blanco estaba acomodado al lado izquierdo de la nave. Me miró con sus profundos ojos azules y sentí que escudriñaba mi alma. Su mano cálida tomo la mía y me dio su bendición, agradeciendo nuestro cometido. En ese instante, se escucharon las salvas de bienvenida de los Granaderos y el Santo Padre, sin soltarme la mano, miró hacia fuera por la ventanilla y luego, mirándome sonriendo, agregó en su perfecto castellano…

 

– ¡No me diga que ya empezó la guerra! –

 

Luego me miró fijamente y apretándome la mano me dijo: – Usted es un hombre bueno…dele mis saludos y bendiciones a su familia. –

 

Después se puso de pié, mientras todos los que estábamos a su alrededor lo aplaudíamos y luego de detenerse un momento en el umbral de la puerta, bajó por la escala a besar la tierra argentina.

 

Y así finalizó el vuelo más hermoso de mi vida.