Acabamos de cumplir el nonagésimo segundo aniversario del despegue de un DH-60 Cirrus Moth desde la rústica “cancha” de El Bosque rumbo a la “posta” de Ovalle con  destino final de la “posta” de Arica. En la mañana del 5 de Marzo de 1929, ante una conspicua constelación de autoridades, la mano izquierda del  Teniente Arturo Meneses daba resueltos bríos a su motor en el cabezal norte. Al cabo de un corto recorrido su experto puño derecho haría elevarse al frágil biplano con su preciosa carga, una pequeña bolsa con correspondencia. Con ello escribía las primeras líneas de un libro cuya última página se seguiría escribiendo día a día hasta hoy. Una historia continúa de superación de dificultades, de espíritu de servicio y de progreso en beneficio,  primero, de las comunidades nacionales distantes y aisladas y posteriormente como miembro de la comunidad de aviación comercial internacional. Dejamos a los historiadores entrar en los detalles de esa epopeya.

Ante las dramáticas circunstancia que vive hoy  la industria del transporte aéreo quisiéramos centrar nuestra atención y homenaje a los que no solo hicieron posible transitar desde un frágil monomotor biplano a un – en comparación – gigantesco B-787, sino que mantuvieron también su ininterrumpida presencia a lo largo de estos 92 gloriosos años. Nos referimos a los seres humanos que iluminados por la vocación de volar hicieron de los aviones una herramienta insustituible al servicio  del mundo entero. En plena pandemia del Covid 19 ha quedado demostrado que su paralización ha significado un deterioro gigantesco en la calidad de vida y satisfacción de requerimientos imprescindibles de las personas. 

Hoy quisiéramos centrar particularmente nuestro recuerdo en los colegas pilotos que nos precedieron; en los tripulantes y en el personal técnico de apoyo necesario para la atención de cada avión que da nacimiento a un nuevo vuelo. Porque cada vuelo es una creación única e irrepetible, cada vez genera un nuevo desafío con certezas pero también con incertidumbres, una situación para la cual se exige y se cumple un permanente entrenamiento y preparación. Así ha sido en el pasado, lo es hoy y lo seguirá siendo en el futuro.

El colapso que la pandemia ha provocado en la industria ha obligado a recurrir a esas fortalezas dormidas que nos legaron nuestros precursores, a esa inquebrantable voluntad y tenacidad que nos legó nuestro Comodoro. Con un profesionalismo y creatividad ejemplar los conductores de Latam han ido superando escollo tras escollo en un camino de normalización de sus actividades. Los pilotos no han sido ajenos al proceso y aportaron lo suyo. Algunos aportes no solo fueron dolorosos, como la pérdida del trabajo, sino también otros,  que han estado revestidos de la natural preocupación  por la exposición frecuente al contagio por los desplazamientos a distintos lugares del territorio nacional y del extranjero. Los pilotos son parte de los miles de ciudadanos que se han sumado a atender incondicionalmente los servicios esenciales requeridos por la población. Felizmente se está asomando el fin de la incertidumbre y cierta luz al final del túnel. La vacunación mundial permitirá abrir las fronteras y disminuir las restricciones. Pero la reactivación obligará, sin embargo, a una reformulación del negocio del transporte aéreo: “Emergeremos como una compañía más cercana, más simple, más ágil y más eficiente” han declarado. Vaya nuestra más fervorosa oración para que así sea.

Categories: Crónicas

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